Guía de las entrañas de las ciudades: Londres, Nueva York y Roma

No se me olvida una frase de un amigo, César Carballo, también conocido como Cecé, uno de los mayores aventureros que ha conocido la isla de La Palma, o por lo menos que yo he tenido la suerte de conocer. La pronunció en una terraza de Santa Cruz de Tenerife, tras el concierto de Rubén Blades. Éramos un puñado de palmeros, algunos residentes en Tenerife y otros que realizamos el viaje desde La Palma (en el caso mío a cumplir un sueño). Tomábamos algunas cervezas y charlábamos alegres tras el apoteósico concierto. César contaba algunas de sus aventuras viajeras por los diferentes continentes del globo terráqueo, porque creo que sin ser La Antártida ha estado en todos. Y es posible que también haya estado en la Antártida en algún viaje secreto de exploración pero, justamente por eso, por ser secreto, no lo pueda contar. Hablaba de Edimburgo, la ciudad escocesa,  sus palabras resultaban  atractivas y escuchábamos atentos. Entonces dos de los presentes dijeron que ellos habían estado en Edimburgo y no les había parecido una ciudad tan fascinante. César les preguntó cuanto tiempo habían estado. Una semana respondieron. "Ustedes no conocieron las entrañas de la ciudad" fue su sabia y contundente sentencia.

Entrañas de la ciudad…, he vuelto a recordar esa frase de César Carballo leyendo Todas las historias y un epílogo, de Enric González.

Enric Gonzáles es un periodista nacido en Barcelona en 1959. Ha sido corresponsal de El País durante muchos años en algunas grandes ciudades. Fue sacando libros sobre esas ciudades: Historias de Londres (1999); Historias de Nueva York (2006); Historias de Roma  (2010). El libro que yo tengo es una recopilación: Todas las historias y un epílogo (2012).

No es una guía al uso de las ciudades. Son libros difícilmente clasificables. Es una mezcla entre diario personal, historia, periodismo, biografía… contienen humor, melancolía, información, intimismo… Una miscelánea que va conformando una visión panorámica y soterrada de las ciudades: Una guía de sus entrañas.

La aventura comienza en Inglaterra, a donde Enric se fue valientemente. Tenía su trabajo asegurado en España como redactor de El País. Pero le apetecía irse a Londres, así que le dijo al jefe que renunciaba a su puesto. Una decisión arriesgada, incluso inconsciente. Pero al poco de llegar su jefe le llamó y le dijo que le contrataban como corresponsal en la ciudad del Támesis. Este hecho habla a las claras de su calidad como periodista, él es modesto y no lo dice pero la situación es bastante explicativa, así como su prosa. No creáis que los periódicos son siempre tan compresivos, esconden intereses, que te den facilidades una vez no significa que te las den siempre.

Se instaló con su mujer, Lola, y durante diez años vivió en esa magnífica ciudad. Nos cuenta el amor de los londinenses por los gatos, el particular urbanismo de la ciudad, entendiendo esto como plan urbano, o mejor dicho, no plan urbano, porque al contrario de otras grandes ciudades Londres nunca ha tenido uno específico (eso explica la singularidad de sus calles y barrios, alambricados que son); la historia de los pubs, el origen de los clubes de fútbol de Londres, la cultura política de los británicos, su particular relación con la seguridad social del país, anécdotas de su cosmopolita población…

A Enric le costó irse de Londres, estaba muy a gusto, y por lo que cuenta, es una de las plazas más deseadas en el mundo periodístico (algunos se preguntan si no se podría vivir del aire allí). Pero un día le llamó el director, Jesús Ceberio,  y le dijo que le tenían reservado un nuevo destino: Nueva York. Enric le preguntó que cuando quería una respuesta. Jesús le respondió que la quería ya y afirmativa. Ya les dije que no todo iba a ser color de rosa.

En Nueva York Enric vivió unos 4 o 5 años. Le pilló el atentado de las Torres Gemelas, aunque en esos momentos estaba de viaje en Washington D.C, donde asistió al ataque del Pentágono. De Nueva York nos cuenta el origen de la ciudad, fundada por holandeses, Nueva Ámsterdam fue su primer nombre, y como todavía se percibe en cierta filosofía de la ciudad en comparación con otras ciudades estadounidenses. Habla de los mejores restaurantes de carne, grandes amantes los estadounidenses del  steak, esos enormes filetes rojizos vacunos. Al caso cuenta una anécdota con el tema lingüístico. Se pronuncia "stéic", con una e notoria. Pero algunos extranjeros lo pronuncian como "stick". Un amigo suyo creó revuelo al pedir en un restaurante mustard for the stick, literalmente "mostaza para el palo", con un poco de malevolencia… Por lo visto eso tiende a divertir a los camareros y a  inquietar al resto de los comensales.

También nos cuenta sobre los cinco grandes barrios de Nueva York, cuatro de ellos situados en islas, las nevadas de invierno, la Pequeña Italia, los equipos de béisbol, la cruzada del alcalde Rudolph Giuliani contra el crimen y la delincuencia… En fin, y mucho más que,  como en el caso de Londres, es imposible resumir aquí.

Enric dice que amó Nueva York pero que no sabe si volverá. Una ciudad apasionante pero estresante. Cuenta que es maravillosa cuando el alma goza de salud, pero potencialmente fatal en días escasos de esperanza. Un día lo llamó el jefe y le dijo que tenía tres destinos para elegir: Pekín, Buenos Aires y Roma. Pidió un par de días para pensarlo. Se lo concedieron aunque le dijeron que no se demorase. Pekín era la mejor opción profesional, a Buenos Aires le fastidiaba no ir… Su mujer Lola le dijo que reflexionara sobre lo que realmente quería hacer, que se olvidara de las Olimpiadas de Pekín, eran próximas, y de los Boca – River de Buenos Aires (es muy futbolero). A Enric le gusta aprender de los sitios donde va, y en esos momentos buscaba la belleza -lo explica así-, finalmente se decidió por Roma.

En Roma vivió 5 años.  Nos cuenta historia romana: papas, obispos, iglesias, emperadores, generales… Nos habla de los mejores monumentos y de algunos de los mejores secretos. Por ejemplo, dice que es altamente improbable pero si por casualidad estamos en Roma y nieva (si, es raro, pero ocurre alguna vez), hagamos lo que hace cualquier romano informado: correr hacia el Panteón. Hay que entrar y mirar al techo de la cúpula. Los copos entran en el templo y quedan suspendidos girando en el aire. "Tal vez tengan ocasión de contemplar un espectáculo más sublime, pero dudo que sea en esta vida". 

Nos habla de la idiosincrasia romana, de los mejores restaurantes (de los conocidos y no conocidos), de la gastronomía italiana. En palabras suyas: "Yo diría que Italia es el país del mundo en el que mejor se come. No abunda en restaurantes exquisitos, pero casi en cualquier parte se come bien, y, en las casas particulares, mejor que bien". O del que para muchos es el mejor café del mundo, el que preparan en la Piazza de San Eustachio, tostando los granos con leña cada mañana y moliéndolos sobre la enorme cafetera. De ahí sale el gran caffé, el sensacionalmente cremoso doble café del San Eustachio.

Dice que a los que le visitan siempre les hace un juego en esa plaza: tienen que adivinar porque en la iglesia de enfrente, la iglesia de San Eustachio, no quieren casarse los romanos. Entonces nos cuenta la historia del santo. Se llamaba Placidus y era un general romano que combatió a las órdenes de Trajano. Un día, mientras cazaba, vio una cruz luminosa en las astas de un ciervo y se convirtió al cristianismo. Fue martirizado en el año 118, durante las persecuciones de Adriano, y santificado como San Eustaquio. Ahora, solo tendrían que mirar hacia el techo de la iglesia, donde se alza una cruz sobre una cabeza de ciervo, dotada de una fenomenal cornamenta. "Evidentemente, a los romanos no les gusta salir de su boda bajo la sombra de los cuernos". Si visitan Roma con alguien, ya saben que juego pueden proponer. Si acierta, se le invita a un café cremoso, en caso contrario, paga él/ella. 

De Roma dice que es buen lugar para un niño, al contrario que en Londres, donde son un estorbo. "En Roma son un tesoro, se les trata bien en cualquier parte". Cuenta el caso de una periodista de El Mundo, destinada en Roma tras abandonar su corresponsalía en Londres, plaza que no abandonó con alegría. Eso le hizo desarrollar una especie de fobia hacia lo romano. Ella le llamó y comieron juntos. Quería consultarle sobre la ciudad. Enric le tranquilizó, le dijo que Roma cuesta un poco al principio, pero que termina ganando. Añadió que para criar a un niño era una ciudad fantástica. Antes de irse la volvió a ver, tenía un hijo italiano, que había comenzado a ir a la escuela. Todavía pensaba en Londres, pero ya no quería irse de Roma. Su hijo tampoco.

A Enric la muerte del papa Juan Pablo II le pilló en Roma y nos cuenta sus vivencias como ciudadano y como periodista. Nos habla de sus amistades, hizo amigos de todo tipo, del Opus Dei también. Una frase suya me llamó la atención: "Si la religión es el opio del pueblo, el Opus Dei es la heroína". Versa de cine italiano. De la política italiana y de Berlusconi. Del fútbol. De hecho, mientras residió allí publicaba unas crónicas semanales en El País, todos los lunes, muy esperadas y leídas, llamadas Historias del Calcio. Están recopiladas en un libro.

Tras cinco años abandonó la ciudad. Pudo elegir Berlín pero se decantó por Jerusalén. Cuenta que la eligió por lo de siempre, por educarse un poco y por salir del lujoso "circuito del perfume" que había recorrido hasta entonces. De Jerusalén no ha sacado libro, no tiene intención de hacerlo pero si nos cuenta un poco sobre la histórica ciudad en el epílogo.

Así acaba nuestro recorrido por algunas de las grandes urbes mundiales. Un interesante y adictivo viaje a sus lustrosas fachadas y a sus fétidas alcantarillas. Cuando estamos en una ya queremos conocer la otra, y luego la otra. Londres tiene este color y olor mental… ¿como será Nueva York? ¿Y Roma? Finalmente tenemos ganas de desandar el camino, o mejor, visitarlas directamente para comprobar las cosas que nos cuenta el bueno de Enric. Aunque para eso se necesita tiempo, curiosidad, paciencia, instinto…  Por eso, como guía no al uso de las entrañas de las ciudades no tiene precio.


COMENTARIOS (3)

  1. Anelio Rodríguez Concepción dice:

    Magnífico repaso, sí señor. Hay que leer el libro, desde luego. Gracias, Miguel.

  2. Luis Rollán dice:

    Tres ciudades con idiosincrasias muy diferentes. Particularmente de las tres, prefiero a Londres, aunque históricamente entronca mucho con los romanos. No en vano se llamaba “Londinium”. Avísanos la próxima vez que quedes con “Cece”. El libro, para leerlo, sin duda alguna. Dos mil años de historia bien merecen la pena.

    Edimburgo tiene un enorme encanto e igualmente mucha historia, especialmente la vista desde la calle Princess St, encimando la estación de trenes, domina las estribaciones más altas, con el Edimburgh Castle reinando, mientras en su parte inferior, desviando la mirada hacia la derecha, nos ofrecerá la oportunidad de visionar la Royal Mile, para darte con posterioridad la oportunidad de explorarla. El sonido de las gaitas que resuena a través del viento (corre mucho el viento por allí), que ejecutan los gaiteros ocultos tras las esquinas, acaba por dejar un recuerdo imborrable y animarte para seguir hacia las High Lands, tras disfrutar de la campiña escocesa (Low Lands), adornada de vetustos castillos, ruinas que se han mimetizado con el paisaje, tan sólo afectado por el balido de los rebaños de ovejas. ¡Bien de ovejas!

    Nueva York o la gran urbe, sí señor, para volverte loco, o hundirte en la miseria. Con dólares o una generosa American Express Visa card en el bolsillo, mucho mejor.

    Siento contradecir a Enric; el mejor “corto” (expreso) de Roma se toma en el aeropuerto de Fiumicino. El problema es que es tan “corto”, crema tan deliciosa, que deseas repetirlo. 1.50 euros aproximadamente, tienen la culpa. Mucho más más económico que el del Caffe Greco en la Via Condotti, aliviando el bolsillo y mejorándolo en sabor y textura. Lo mejor allí, un buen gelato, si es artigianale, veramente magnífico y “il vero limoncelo” de Capri, igualmente fresquito para combatir el estío romano, o tumbándote a la sombra en Villa Borghese.

    Hasta luego.

  3. Juan C. Bartolomé dice:

    Gracias Anelio. Es un libro que estoy seguro le gustará. No está París, pero creo que esa ya la conoce usted.

    Gracias cámarada Pevalqui por su aportación. Como siempre un lujo. Además, nos amplía Edimburgo.

    Siempre dije que me hubiese gustado ver sentados en la misma mesa comiendo y charlando a mi padre y José Antonio Labordeta por sus conocimientos sobre la España más profunda. Una mesa Cecé –Pevalqui también sería la mar de interesante, más desde el punto de vista internacional. Dirigido y moderado por nuestro estimado y admirado Anelio sería lo más de lo más.

    Abrazos para todos.

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