No soy de los que me quejo por la evolución musical acontecida en los últimos 20 años, sobre todo a partir de la llegada de Internet, sumando lo positivo y lo negativo, creo que salimos ganando, pero recuerdo que anteriormente hubo otro artilugio que marcó un cambio de patrón, se llamaba casete y significó una nueva concepción de la música.
La cinta de casete originalmente fue desarrollada por la compañía holandesa Phillips, en 1963, pero al principio su calidad era baja y solo se usaba para dictáfonos (aparatos para grabar y luego transcribir discursos). En 1970 esto cambió y empezaron a ser utilizadas para la música. Phillips decidió también autorizar el libre uso de su patente, con lo cual otras compañías adoptaron el formato sin tener que pagarle parte de los beneficios. Debe ser una de las medidas comerciales más generosas que haya conocido en mi vida.
A mediados de los años 70 estas cositas de plástico que cabían en cualquier bolsillo, estaban por todas partes. En los casetes cabía un poco más de música que en los elepés, pero lo más importante era que se podía grabar y que eran más resistentes. El cambio fue considerable: la gente comenzó a grabar, ya fuera cantando para la abuela, copiando sus elepés favoritos o grabando programas de radio.
Las compañías de discos trataron de disuadir de las "grabaciones caseras", tal como las llamaban. Les preocupaba que la gente grabara canciones de éxito de la radio y no compraran nunca más singles de 45 rpm. Organizaron una enorme campaña, que resultó ineficaz. Su eslogan era "las grabaciones caseras matan la música". Es la vieja cantinela de que lo nuevo asesina a lo viejo; en la música al final se dramatiza en la idea que esta corre riesgo de desaparecer. Actualmente estamos en lo mismo, los más pesimistas, o lo más interesados, dicen que la tecnología acabará con la música. Pero si algo ha demostrado esta última a lo largo de la historia es que no hay barreras que la detengan porque justamente las convierte en trampolines. La tecnología sería la Gran Barrera de Coral y la música el Mar del Coral al noreste de Australia que fluye y deja fluir. Un bien superior, adaptable y con vida propia.
Las mixtapes eran las recopilaciones que todos hacíamos. Eran muy variadas y no había límites. Había quien grababa cintas melancólicas para los días tristes, o animadas para los días eufóricos. Las mixtapes significaban estados emocionales. Una especie de psiquiatra que te consolaba. También grabábamos por la radio y aprendíamos a depurar el proceso, creyéndonos por momentos incipientes productores musicales.
Luego estaba los regalos de mixtapes. Primero hay que decir que eran una especie de potlatch, la costumbre de los indios nativos americanos de regalar algo esperando lo mismo recíprocamente pero sin plazo de entrega, tácitamente. Yo te regalaba una cinta, pero no estaría mal que tú también hicieras lo mismo por mí.
Esas cintas estaban llenas de ilusiones y guiños, al menos así lo esperábamos. Un pedacito de nosotros iba dentro de cada una. Una cinta podía decir: "este soy yo y por mi música me conocerás". Por lo general estaban fabricadas con mucho cariño y en muchos casos permitían decir lo que la timidez impedía.
Cuando una persona especial nos regalaba una mixtape la escrutábamos al milímetro, creyendo descifrar significados ocultos tras sus metáforas. A menudo te venías arriba según descubrías mensajes acompañados de bellos acordes musicales, pero luego inesperadamente podías bajar al lodo creyendo que todo era pura fantasía propia, en otro momento podías subir de nuevo con otro posible significado… todo un tobogán emocional tan atractivo como misterioso. La música afectaba a nuestro estado emocional y viceversa.
¿Y cuando éramos nosotros quienes regalábamos una mixtape? Pues poníamos toda nuestra voluntad y creatividad al servicio esperando que la otra persona fuera capaz de reconocer los mensajes velados que le enviábamos. Si no lo hacía, no pasaba nada, en este caso no había que justificarse: la música tenía vida propia. Era como un secreto no verbalizado, solo insinuado.
Grabar cintas se convirtió en una experiencia vital y poder escucharlas en el coche fue todo un boom (y no me refiero a aquellas cintas variadas que comercializaban todas las navidades, aunque también). Coches y cintas y viajes amenizados. Un amigo mío siempre tenía una bolsa llena en el maletero. Una bolsa tamaño saco para que se hagan una idea. Un día nos dirigíamos a una fiesta de unos colegas. Rebuscó en el interior y sacó una al azar: apareció en su mano una cinta Yoplait de Félix Rodríguez de la Fuente que versaba sobre los pumas y jaguares en Sudamérica; la convertimos en un potlatch mutuo e instantáneo. No era música pero lo acabó siendo, o digamos que era música de la naturaleza. Cuando llegamos y aparcó al lado de la casa en cuestión, el eminente zoólogo que nos hablaba desde el otro lado de la cinta nos había hechizado de tal manera, que durante veinte minutos fuimos incapaces de bajarnos hasta no terminar la audición. Si cierro los ojos, todavía puedo recordar los sonidos de la selva y sentir su espesura así como los rugidos de los esbeltos y esquivos felinos, y, por supuesto, la chamánica voz del druida Félix.
En esas fiestas los poderosos eran quienes contrabandeaban con mixtapes. Los que rompían la pana para entendernos. Llegaban con amplias sonrisas y mochilas y cintas temáticas y decisión en sus andares. Música disco, música salsa, música rock, música de garrafa, música para las chicas, música para emocionar a las chicas (no es lo mismo), música rara para compartir con los amigos, música para fase incandescente, música para fase decadente, música para la resaca (esa tenías que llevársela a tu casa, sin que nadie te viera, claro). Existían tantas etiquetas como momentos podíamos imaginar.
Los casetes no han pasado a la historia, actualmente hay un resurgimiento. A menudo ocurre que cierta tecnología pasa a ser material de coleccionistas. Donde mejor se puede comprobar este hecho es en la soleada California, allí existe un importante mercado de carros de segunda mano que traen el antiguo casete incorporado, así que algunos artistas aprovechan para ofrecer tiradas limitadas y exclusivas de sus trabajos, logrando incluso que quienes compren autos nuevos soliciten la instalación del viejo artefacto. Finalmente todos ganan, los consumidores disfrutando la música en casete y los músicos fabricando productos artesanales que son apreciados.
Los tiempos han cambiado, la música está mayormente digitalizada y circula a velocidad de vértigo a través de la red de redes. Pero no podemos olvidar que en su momento el casete cumplió una función parecida, solo que la música era analógica y transcurría de mano en mano y de oreja a oreja a velocidad de burro. Como dijo una vez un locutor en la radio: "me encontré un casete de una banda española que ni conocía a la venta en un puesto ambulante en el mismo corazón de África, y la compré solo porque no dejaba de preguntarme ¿cómo llegó esta cinta hasta aquí? Me fascinaba imaginar el proceso desde que salió de su lugar primigenio hasta llegar a ese lugar tan recóndito y las vueltas que habría dado. Posteriormente localicé al grupo y les hice una entrevista". El Casete era toda una filosofía de vida.


Don Miguel, acabo de asomarme a esta "ventana palmera", y confieso que me llevé una alegría cuando te vi encaramado en la cabecera de los blogs.
Tu prolongado silencio, nos hizo pensar, al menos a algunos, que el viaje empezaba a ser largo en demasía. Estupendo reencontrarte.
Además, vuelves con tema realmente interesante y apasionante, fiel ejemplo de lo rápido que evolucionan las nuevas tecnologías, y con ello como bien dices, los modos de vida. Parece que fue ayer cuando los casetes revolucionaron el modo de escuchar música, y casi sin darnos cuenta han desaparecido del mercado. Ha ocurrido algo similar con las diapositivas, revolucionaron la imagen y hasta los métodos docentes, para en apenas tres décadas pasar a ser estampas demacradas, olvidadas en archivadores y cajitas de plástico.
Saludos, reiterando nuestra alegría.
Estimado camarada, casi hace usted bueno el dicho de aquella hermosa canción de Silvio Rodríguez "Te doy una canción", cuando habla de "Y como pasa el tiempo, que pronto son años"…
Lo más importante y ahí va implícito mi deseo de que te encuentres bien, y sigas viviendo con esa intensidad, con esa "gogia de la vita" que dicen los italianos, quienes también saben vivir. Ya lo creo.
La evolución del antiguo magnetófono Philips de los años sesenta, que por cierto pesaba lo suyo, al casete, fue toda una revolución para los melómanos y amantes de la música. Aún conservo unos doscientos y pico que guardo como recuerdos no tan lejanos y llenos de buenos momentos. Algunos de ellos, grabaciones caseras que hacíamos sin cable, a micrófono. Y cómo nos recreábamos posteriormente escuchándolas.
Para que veas, Miguel, con tan poco y lo felices que éramos. Que no tengamos que pasar otra diáspora, para saber nuevamente que existes
Hasta luego.
Lo primero de todo, muchas gracias queridos camaradas tanto Pedro Luis como Pevalqui por vuestra preocupación, interés y buenos deseos. Solo puedo desearles buenos deseos igualmente, aunque por el tono de las misivas se nota que estáis tan bien y en forma como siempre. Me alegro mucho.
Por diferentes motivos no había podido atender esta humilde “ventana palmera” como merece pero ahora esperamos ponerle más lumbre para que el caldero sobre la fogata mantenga un punto de cocción mínima y siempre se escuche un chup chup chup.
Sobre este tema, los casetes y los mixtapes, es curioso, fue comentarlo y encontrar cintas más a menudo, ya sea por la tele, amigos (conversaciones) o físicamente. Seguro que antes estaban igualmente pero esto ha sido como una especie de exorcismo que me hacen ver que no están olvidadas por completo.
Abrazos y hasta la próxima.