La Cartuja de Parma – Stendhal

Dicen que releer es mejor que leer, siguiendo esa regla no escrita,  releer por tercera vez debería ser todavía mejor…

Acabo de terminar la tercera revisión de La Cartuja de Parma, y mientras revolotean y parlotean sobre mis hombros sus fascinantes personajes cual elocuentes y libertarios pajarillos silvestres, no dejo de preguntarme que me lleva a perseverar en su lectura. ¿Conocer más sobre la obra y el autor? ¿Profundizar en el alma humana: la de los demás y la mía? ¿Volver sobre un texto que se que tiene la virtud de hacerme disfrutar? ¿Vivir aventuras que nunca me ocurrirán? Supongo que un poco de todo….

La primera vez que la leí me hizo levitar en cuerpo completo; la segunda vez mi vuelo fue más raso; esta tercera ha sido una témpera mezclada en dos colores: el azul de la elevación al cielo y el marrón de la tierra donde escarbé soterrados sentimientos; todo ello sin dejar de sorprenderme nuevamente. Y de aprender. Y así, la novela, como la vida,  refleja nuevas enseñanzas a ambos lados del espejo.

La Chartreuse de Parme fue escrita por Stendhal en 52 días, algo extraordinario cuando pensamos en que es una de las mejores novelas del siglo XIX. No sucedió ello por inspiración divina ni por suerte. Sucedió así porque Stendhal la llevaba en su interior, cristalizando gran parte de su experiencia vital: Italia, el amor, Napoleón,  el liberalismo y el antiguo régimen, la libertad… Ciertamente es una novela quijotesca de vasta y heterogénea: novela histórica, novela de amor, crónica de sociedad, novela de aventuras…

Henri Marie Beyle, más conocido por su seudónimo, Stendhal, fue un escritor francés con alma italiana. Vivió a caballo entre los dos países y admiraba la capacidad de los italianos para demostrar sus sentimientos públicamente, para confesártelos aunque no te conocieran, su predisposición para emocionarse con naturalidad, sin cohibirse, pero, aunque en principio más introvertidos, reconocía de los franceses su determinación para pasar a la acción a la hora de la verdad.

Es famoso por dos obras maestras: Rojo y Negro y La Cartuja de Parma, y, aunque es muy apetecible la eterna discusión de cual es mejor, solo voy a hablar de la segunda ya que es mi favorita, sin que por ello deje de apreciar y admirar los logros de la primera. La Cartuja de Parma fue escrita en 1838,  a la sazón Stendhal tenía 55 años.

En la novela se desarrollan dos triángulos amorosos. Su héroe, Fabricio del Dongo, un animoso joven ávido de gloria es amado por su tía, hermana de su padre putativo, la fascinante y temperamental Gina, que a su vez es amada por el amable y maquiavélico Conde Mosca, primer ministro del príncipe de Parma. Pero Fabricio está enamorado de Cleli Conti, hija de su carcelero, que viene a ser Julieta en la medida en que él es Romeo.

Asistimos gozosos a esta partida de ajedrez mientras sus piezas se despliegan en el tablero del amor. Stendhal era el más romántico de los románticos, sus personajes se mueven llenos de vida y de pasión, y nos confabulamos con él, para desvelarnos y desear por ellos, mientras nos mueven a la pena y el asombro. Esa es una de sus grandezas: su capacidad para arrastrarnos consigo, para convertirnos en cómplices; pero siempre respetando nuestra personalidad, porque creía en la libertad de cada cual por encima de todo. Alguna vez podemos sentir que nos está halagando, pero lo hace con la mejor de las intenciones.

El comienzo de la novela se desarrolla en Waterloo. Asistimos a la  batalla más corta y la derrota más estrepitosa que sufrieron los franceses en toda su historia. Seguimos, con el alma en vilo, a Fabricio, un jovencísimo idealista napoleónico que corre hacia todas partes entre el humo y el barro buscando su regimiento de húsares, oyendo estruendos y griteríos, estorbando el cortejo del mariscal Ney,  pasando al lado de Napoleón sin reconocerlo, viendo sangre y muerte,  el triunfo y la derrota: lo ve todo y no ve nada… en la retaguardia tras nuestro héroe nada entendemos. Está considerado el primer campo de batalla de la literatura contemporánea. Tolstoi declaró una vez: "¿quién antes había descrito la guerra de este modo, es decir tal y como es realmente? (…) Lo repito, para todo lo que yo sé de la guerra, mi primer maestro es Stendhal".

Tras la guerra, la crónica de sociedad irrumpe con fuerza. En el palacio del Príncipe de Parma se suceden las intrigas y el ansia de poder. Y entramos de lleno en las pasiones privadas. Todos los personajes nos encantan: tienen orgullo, gallardía, honor y lujuria, aparte de seguridad en si mismos; en resumidas cuentas, tienen energía. La epopeya napoleónica queda relegada a la memoria colectiva mientras Italia vuelve a otra época anterior, pero el mensaje queda encarnado por algunas almas privilegiadas que se resisten a aceptar el destino así como renunciar a sus ansias de libertad. Todo salpicado de aventuras: líos de alcobas, duelos a muerte, venganzas, bromas y humillaciones públicas,  conflictos a capa y espada… que nos harán más interesante la de por si interesante novela. Y el amor….

El amor merece un capítulo por si solo (toda la novela es amor). Algunas de las páginas más sublimes las he leído aquí. Descubrimos sus mil facetas: desde la pasión verdadera a la simple aventura, desde el acto de generosidad que puede llevar a la locura  a la emoción que embarga al cuerpo y lo eleva al cielo. Stendhal nos ofrece algunas de las disyuntivas propias del amor. La palabra: ¿hablar o callar? Hablar es actuar pero callar es permanecer dueño de la situación, aunque puede ser un arma de doble filo. La mirada: la palabra puede ser falsa o hipócrita por ser instrumento de la inteligencia y de la razón pero la mirada es el intérprete del alma y garantiza la intencionalidad de la persona.

Stendhal aprendió sobre la arbitrariedad de las grandes pasiones, también que en el amor, la pasión no deja de ser un juego. Ya saben, como esa frase que dice que en el amor como en la guerra todo vale; algo así.  Otra moraleja puede ser que en el centro del amor apasionado está la vanidad, o bien que lo que no es patología es vanidad (verdad difícilmente aceptable). Esto podrá inquietar al lector, pero también lo iluminará (sobre todo si está enamorado).

De los personajes principales destacan Fabricio y Gina.

Fabricio del Dongo. Es el héroe principal de la novela. Su personalidad no está del todo formada, lo vemos crecer desde niño hasta la edad adulta ante nuestros ojos, pero su inmadurez le otorga un encanto inmenso. Representa al nuevo hombre de la época, y del futuro: el hombre libre. No tiene más ataduras que sus propios afectos y ningún poder o autoridad le alcanza. La opinión de los demás le es indiferente. Es alegre y animoso, también voluble. Esa misma inconstancia hará que no todos los vean con buenos ojos, pero no podemos dejar de admirar su libertad interior, la búsqueda de su felicidad y la de los que lo rodean más allá del poder y del destino.  

Gina  – La Condesa Sansaverina. Es la heroína en la misma medida que Fabricio es el héroe. Es una figura tan vital como fascinante. Su personalidad tiene grandes defectos, pero no impide que aumente nuestro interés por ella. Es vehemente y apasionada, rara vez prudente. Una belleza morena,  sus ojos siempre están llenos de fuego y curiosidad, y es capaz de enfrentarse a cualquiera sin pensar en las consecuencias. Seguramente es el mayor logro de Stendhal en lo que a personajes se refiere: Gina es su gloria.

Escuchando a Gina podemos sentir toda su grandeza:

 "… lo amo instintivamente. (…) Amo en él su valor, tan simple y perfecto que ni él mismo sabe que lo tiene. (…) Comencé a ver en él esa perfección tan atractiva. Descubrí su grandeza de alma. (…) En resumen: si él no es feliz, yo no puedo serlo".

Fabricio porta los valores del corazón, que en este caso tienen alma masculina. De Gina se da por descontado el valor del corazón  (su generosidad es inmensa), pero en torno a ella se agrupa la fuerza, la energía y la inteligencia, valores tradicionalmente masculinos. O sea, se subvierten los roles tradicionales trazando un camino hacia el nuevo ser que en el futuro se vería con más normalidad. Porque en su momento no fue del todo comprendida la novela por esto mismo que contamos. Por supuesto, todo ello es un reflejo de la personalidad de Stendhal: tenía un gran sentimiento de igualdad entre los dos sexos. Era un adelantado a su época, un idealista que escribiendo daba rienda suelta a esos sentimientos y valores que no eran tan fácilmente aceptados.

Aparte de Fabricio y Gina son muy importantes los personajes de El Conde Mosca y Clelia Conti.

El Conde Mosca es el amante de Gina, es el de mayor edad y el más maduro. Es el ministro del interior de la corte del príncipe de Parma, y es muy amable pero también muy maquiavélico. Es más irónico que Fabricio y utiliza la estrategia no solo para la política sino para la vida. Intuye los sentimientos de Gina por su sobrino y aunque su mentalidad está más entroncada con el antiguo régimen sería capaz de dejarlo todo por el amor… el amor, ese sentimiento del que a veces solo basta una palabra para poseerlo pero cuan difícil puede ser arrancarla. El Conde Mosca controla los mecanismos del poder en la misma medida que va comprendiendo que los del amor están en otra dimensión y no son directamente aplicables. El amor, ese animal salvaje tan sorprendente como desconcertante.

Clelia Conti es la joven hija del carcelero y enamorada de Fabricio. Es la contraposición de la Condesa Sansaverina, no solo físicamente (es rubia de ojos claros) sino emocionalmente. Su mirada es serena, introspectiva, pacífica… parece indiferente ante el mundo de la corte. Es más sumisa que Gina pero también hay que decir que su gran fuerza interior es no traicionar jamás esos valores que, puede que sean muy altos y poco elásticos, pero son suyos, solo suyos y se debe a ellos con una fidelidad absoluta. Otra cuestión importante es la mirada. El atractivo y la expresión de los personajes así se aprecia. De las dos protagonistas no sabemos elegir quien es la más hermosa, y no es tanto  la belleza física ni la juventud lo que prevalece, sino el valor de la mirada (Gina está cerca de los cuarenta años y Clelia tiene veinte-pocos). Muchos de los cortesanos se inclinan por los ojos de Gina porque están llenos de viveza, de chispa y pasión, en tantos que otros ven en la serenidad, ausencia y  piedad de los de Clelia una profundidad no manifestada. Yéndonos a los hombres, los ojos alegres, animosos y candorosos de Fabricio destacan por encima de los ojos grises y serios de la corte, y aunque El Conde Mosca tiene momentos de ojos alegres sabemos que siempre serán empañados por la frialdad y  la ironía del poder absoluto.

Este texto stendhaliano no estaría completo sin  mencionar  alguna de sus emociones típicas. Stendhal admiraba de los italianos su facilidad para emocionarse sin ocultar sus sentimientos, su capacidad de abrirse sin sentir vergüenza por ello. Que difícil puede ser si no eres italiano,  aunque…  visto por otro lado… yo tengo diastema (separación de las paletas). En España siempre se ha asociado esta característica de los dientes a la falsedad. En Francia significa fortuna. Y en Italia es sinómimo de felicidad.  Siempre he preferido la tradición italiana, y si me caso con alguna es con esa. Desde ese punto de vista…. puede que tenga alguna conexión con Italia.También puede que esté hilando muy fino…  o justificando mi siguiente paso… en fin, las elucubraciones son así.  

En honor a Stendhal,  vamos a intentarlo (además, está directamente relacionado con él). Siendo adolescente tuve un momento íntimo en que me emocioné y lloré desconsoladamente sin poder evitarlo. No sabía que me pasaba y ciertamente me asusté; pensé que era malo, acrecentado por ese sentimiento más o menos establecido de que no es bueno llorar y menos en los hombres. Además, era tan joven que era grande mi desconocimiento sobre mi propio cuerpo y mis emociones. Al cabo de unos años, que pudiera ser un lustro, leyendo a Stendhal (en mi primera lectura de la Cartuja de Parma con 23 años) comprendí que no me había pasado nada malo sino que había llorado de felicidad. Eso que me había asustado y no había comprendido era algo bueno y positivo. Stendhal no solo me lo señalaba sino que se encargaba de corroborarlo a través de las páginas del libro. No pude menos que darle las gracias interiormente por iluminarme. Es curioso cuanto se puede aprender de psicología y del calado humano con los grandes escritores y obras de la literatura. Hay  información que ahí está y aunque no venga catalogada ni subrayada escarbando y leyendo entre líneas se pueden explicar, sentir y comprender sentimientos que nos ocurren y gobiernan durante nuestras vidas.

Stendhal ha perdurado hasta la actualidad en forma de síndrome. Se encargó de ponerle nombre a un proceso psíquico-emocional. El Síndrome de Stendhal. De forma personal yo lo suelo resumir y explicar así: "emocionarse más de la cuenta a través del arte". Viene a ser cuando a través de la contemplación (sobre todo de la pintura y música) sentimos tal gozo interior ante una gran belleza artística que entramos en  un estado febril que puede hacernos llorar,  y/o provocar sensaciones como aumento del rimo cardiaco, vértigo, confusión e incluso alucinaciones. Sthendal ya adelantó una primera descripción en uno de sus libros de crónicas de viaje (Nápoles y Florencia: un viaje de Milán a Reggio):

"Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dados por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mi, andaba con miedo a caerme".

Decir que esto actualmente está tipificado: durante la segunda mitad del siglo XX diferentes psiquiatras han recogido cientos de casos de este tipo que le han ocurrido a personas que han visitado la ciudad de Florencia.

Puede que alguna vez nos haya ocurrido el Síndrome de Stendhal sin darnos cuenta. Es cuestión de buscar en nuestro interior retrospectivamente. Y lo podemos extrapolar a nuestra época, a lo personal, fundiendo artes, sin seguir catálogos psiquiatras sino nuestro libre albedrío. Por ejemplo, creo que una vez estuve cerca de ello en una playa (La Zamora, como no), contemplando un atardecer muy bonito con los audífonos puestos en las orejas. Escuchaba Burial, que es una música electrónica muy etérea, casi fantasmagórica. La playa se vació de gente  y me quedé solo entre la arena y las guijarros; el atardecer era como un pintura natural llena de rojos, naranjas y amarillos  zigzagueantes; el aire era sereno y cálido; el mar quieto;  la música era la banda sonora que condensaba el tiempo, sublimaba todo lo que me rodeaba y el momento; yo era un espectador de lujo ante la imponente belleza de la naturaleza (el paisaje), del ser humano (la música) y la metafísica (la percepción del tiempo)… por suerte ya conocía a Stendhal cuando ello me sucedió, así que intuyendo lo que me estaba ocurriendo, no me preocupé, simplemente me dejé llevar a orillas del mar… más no era un mar salado sino un lago de agua dulce del que bebía efusivamente.

¿Porqué leer La Cartuja de Parma?  ¿Porqué leer a Stendhal? Considero que Stendhal es un escritor vitalista que nos contagia su felicidad y alegría por la vida, consiguiendo echar una mirada más amable a los demás y a nosotros mismos. De hecho, esa es una  de las cosas que más admiro de la novela y que me sorprendió la primera vez: la capacidad de empatía que te provoca, casi adelantándote a los deseos de la otra persona. Luego está el tema de la relectura, que siempre es positivo, pero en Stendhal  se amplifica. Como dijo Richard Howard "las mejores obras de Stendhal merecen ser releídas". Estoy de acuerdo. Por su forma de escribir, por su personalidad, por su estilo apasionado y aparentemente desordenado, releerlo es seguir aprendiendo, nunca dejamos de sorprendernos. No voy a adelantar nada pero tengo el ejemplo con uno de los personajes de la novela. La primera vez que lo leí no tenía del todo claro un sentimiento suyo, la segunda vez, curiosamente, menos claro todavía, y esta tercera, sin embargo,  me ha quedado más claro que el agua cristalina: no solo poseía ese sentimiento sino que era infinito. Mientras, no dejaba de preguntarme como no lo había percibido antes. La Cartuja de Parma, aplicado a la literatura, es el dicho de no te bañarás dos veces (ni tres) en el mismo río. Los personajes no son inmutables,  contienen vida propia que nos ofrecen nuevas enseñanzas y perspectivas en la misma medida que nos transformamos como personas. Stendhal nos iluminará, nos llenará de felicidad a pesar de la desesperación y la paranoia de la vida y del amor, nos hará conservar nuestro buen humor, nos ayudará a conocer sentimientos ocultos… en resumidas cuentas: pocos novelistas nos harán tanto bien.

COMENTARIOS (4)

  1. Eduardo Cabrera Capote dice:

    Bien está hablar de literatura, y si tiene el nivel de Stendhal tanto mejor. A ver si la gente espabila y lee algo en estos días de campo y playa.

  2. Queen dice:

    Lástima, sólo recuerdo los títulos de haberlos estudiado para "aprobar la literatura" en bachillerato, con doña Emilia, nuestra magnífica profesora en el Alonso Pérez Díaz.

    Cuántas cosas nos perdemos por "falta de ignorancia".
    Vamos a ver si encontramos la oportunidad de al menos leerla "una vez"… Los "ejercicios espirituales" de esta Semana Santa los estoy dedicando don Mario Conde: "De aquí se sale"… si él lo dice… Bueno sería que tuviese razón. Admito que en mucho de lo que diagnostica, me parece certero su análisis… Vamos a ver cómo termina. Una cosa parece estar clara: apenas percibo romanticismo en sus páginas. Tampoco veo por ninguna parte el "síndrome de Stendhal".

    Volviendo al "síndrome"… Nada sabía del mismo, pero recuerdo perfectamente haberlo sentido en distintas ocasiones, abrumado por la belleza de escenarios o instantes inolvidables… El caso de Florencia es paradigmático, tanto en su conjunto global, como en "imágenes" concretas: parajes, cuadros, esculturas… impregnadas de arte de verdad, por mucho sufrimiento (y placer) que se esconda tras el mismo.

    Gracias don Miguel, por cultivarnos y enseñarnos.

  3. Luis Rollán dice:

    Con Stendhal, nuestro Pedro Luis y un servidor, tal y como decía mi añorado padre, estamos inscritos en el mismo "libro del infortunio", ya que mi experiencia con él es muy similar a la de Pedro Luis. Y no será por falta de interés sino por no encontrar el momento, o recuerdo adecuado para que tal situación se diera.

    Por lo tanto, puesto que no me le leido el libro, nada puedo opinar del mismo.

    Espero y deseo, no obstante, que sea un ejemplo, uno más recurrente para que en futuro próximo acometa la lectura de Stendhal.

    Hasta el mismísimo síndrome que lleva su nombre, lo experimenté en Florencia, supongo que como tantos otros, como nuestro admirado y estimado Pedro Luis, con quién me uno en lo que él acertadamente denomina como "falta de ignorancia". ¡Qué se le va a hacer!

    Saludos cordiales…

  4. Queen dice:

    Estimado "Pevalqui", no se aflija. Por qué cree que ultimamente miro con buenos ojos a la reencarnación?

    Pues, entre otras cosas, para satisfacer ciertas curiosidades que en esta oportunidad me parece que no va a ser posible… O sí.

    Abrazos.

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