2001 O Una Odisea En Un Barco.

2001 O UNA ODISEA EN UN BARCO.

 

 I – Fin de carnaval.

Los carnavales habían terminado y con ello la orgía alcohólica y juerguista de Braulio Muñoz. Uno de sus más hermosos carnavales. Jodidamente deliciosos.  Navegando entre turbulentas aguas de cerveza y ron y diciéndoles a las alegres mozuelas todas las barbaridades que brotaban de su cabeza, en un acto de espontaneidad emocional realmente incomparable. ¡Si! Pero a que precio todo ello. Su cuerpo estaba roto como si una somanta de palos hubiese recibido, como esas que recibió el famoso caballero Don Quijote de la Mancha pero, a diferencia, esta no le hacía tanta gracia. Su cabeza parecía gritar aullidos silenciosos e imperceptibles, solo audibles para si mismo, que retorcían su mente hasta extremos insoportables.

 

II – Un coche caprichoso.

Y eso no era lo peor, ¡no!, lo peor estaba por llegar. Tenía que volver a su isla y el aeropuerto estaba cerrado debido al temporal reinante (¡maldito aeropuerto!). No podría coger un Ícaro volador en los que guapas mujeres sirven chocolatinas y sonrisas y en media hora escasa te ponen en el sofá de tu casa como si no hubiese ocurrido nada. ¡No! Tendría que subirse a una frágil e incómoda galera surcadora de bravos y tempestuosos mares, de las que te dejan en unas seis horas (supuestamente) tirado a las puertas de tu casa con la sensación de que una manada de elefantes han pateado con alevosía y maldad tu blando y humano cuerpo. Pero no le quedaba más remedio y llorando interiormente como una Magdalena se encomendó a todos los dioses que adoraba: Dionisos, Afrodita y San Bukowsky. ¿Escucharían ellos sus plegarias y  le protegerían de todo los males que le pudiesen ocurrir en semejante aventura marinera? Sinceramente, creo que no estaban por la labor. De todas maneras se persignó y solicitó auxilio a dichos dioses. Si le oyeron ¡ni caso!

Los primeros problemas comenzaron antes de llegar a puerto, en cierta ciudad llamada La Laguna, donde andaba en esos momentos. Se disponía a tomar el transporte conocido en tierras isleñas como guagua cuando un amigo, Cayetano,  se prestó a llevarle a la estación (desde donde debería tomar otra que le llevaría a puerto). Prontamente aceptó su ofrecimiento, en sus condiciones cualquier ayuda samaritana era bienvenida. Pero vaya con las ayudas. Le hizo recorrerse la ciudad de extremo a extremo. Sus brazos cada vez estaban más doloridos  a base de cargar con el bolso carnavalero durante el camino. Además, esos brazos de por si estaban tensos de dedicarlos durante más de una semana al noble y duro ejercicio de levantamiento de vidrio. El bolso iba lleno de disfraces. No cargaba otra cosa. Disfraces para los carnavales. Ese era su único equipaje.

Cuando llegó al coche tiró en el asiento de atrás el bolso con rabia y con la poca fuerza que le quedaba. Su amigo le había hablado de su coche con orgullo. Se imaginaba un Pontiac o un Ferrari por las descripciones. Pero comprobó que era un auténtico montón de chatarra rodante. Antiguo como el solo y con los primeros síntomas de putrefacción adentrándose en su virulento chasis. De todas maneras, Braulio le dibujó una cara complaciente a Cayetano en señal de agrado, no quería herir su orgullo. Además, le interesaba que le llevara.  Cayetano se dispuso a arrancar el coche. Pero no lo lograba.

 – Venga, déjate de bromas y arranca el coche de una maldita vez. Mira que tengo prisa y la guagua tiene una hora límite. No creo que vayan a esperar por mi.  – Le dijo Braulio intentando conservar la calma y consiguiéndolo a duras penas.

– No son bromas, de verdad que no me arranca, creo que se acabó la batería. – Le respondió Cayetano.

– ¡Lo que me faltaba! Toda esta caminata para nada. Lo peor es que ya no se si me dará tiempo de llegar.

– Coge un taxi. Con un taxi seguro que llegarás.

-¡Pero si no me queda un puto duro! Bueno, si, 400 pesetas, pero con eso no creo que me de para llegar muy lejos.

– Yo tengo algo. Te dejo lo que tengo. Toma. – Y le ofreció una moneda de 500 pesetas.

– ¿Tu crees que con 900 pesetas me dará? – Le preguntó Braulio con aire dudoso.

– ¡Que si te da hombre! Date prisa. – Le respondió Cayetano.

– Bueno, no me queda otra. Adiós. Hasta la próxima. Espero verte en mejores circunstancias.

– Hasta la próxima y lo siento.

– Tranquilo, más se perdió en la guerra. – Braulio pensó que a fin de cuentas Cayetano le había puesto buena voluntad. Aunque en esos momentos se cagaba en la buena voluntad.

 

 III – El barco.

Y de esta guisa, con su bolso carnavalero a cuestas y su triste figura, se dirigió carretera abajo en busca de un taxi. Consiguió subirse a  uno rápidamente. Con emoción e intriga comprobó que le alcanzó el dinero justo para llegar. Pero el taxista no le dejó en la misma puerta y le hizo caminar otro trozo por en medio de la avenida y de los coches. Era un taxista orgulloso y tacaño. Por unas míseras pesetas. ¡Que cabrón! Finalmente cogió la guagua y llegó a puerto. Quizás todas estas vicisitudes eran señales del destino para que desistiera de entrar al barco. Subir la escalinata era adentrarse en un horrible viaje y su cuerpo no estaba en condiciones de soportar algo así. En caso de que fueran profecías salvadoras no les hizo el menor caso. Braulio Muñoz no era un gran visionario de profecía salvadoras. Para su desgracia.

Resoplando como si de un rinoceronte malherido se tratase subió las escaleras del barco y en su interior lo primero que hizo fue buscar un lugar donde dejar sus pertenencias y que de paso le sirviera de lecho hasta llegar a destino. Localizó una sala donde proyectaban películas. Tenía unos asientos realmente incómodos. No hay manera humana de estirarse un poco en ellos para dormir. Es lo que tiene viajar con billetes de tercera clase. Tienes que acomodarte en cualquier lugar y la premisa es que sea lo menos inmundo y maloliente posible. El lugar donde se instaló Braulio Muñoz no apestaba mucho. Solo un poco a grasa y gasoil, pero a un nivel pasable que no le impedía dejar de hacerlo.

La boca de Braulio estaba seca como un esparto. Deseaba una lata de coca cola bien fría igual que el gato hambriento desea un pescado de la pescadería. Quería una coca cola como la de los anuncios, de las que se ven transpirando gotas de sudor frío a través de su piel de lata. Braulio sabía perfectamente que justo debajo de donde se encontraba había una máquina llena de deliciosos y frescos refrescos. Se moría por beberse una lata de dos tragos. Su cuerpo estaba desregulado como un reloj de cuerda que no se atiende. Necesitaba y deseaba ese refresco. Un médico seguramente le chequearía y le diría: "Usted necesita refresco, a ser posible coca cola; le extiendo receta".  Pero ¡joder! No tenía ni un puto duro. La última peseta se la había gastado en el taxi. Lo único que podía hacer era resignarse, aguantarse y tragarse su propia sed. ¡Volvió a maldecir! En este caso el no haber tenido un puto duro con el que comprarse una coca cola y saciar su polvorienta sed.

El barco zarpó y empezó a trasladarse casi al mismo tiempo que la tarde comenzaba a declinar. Braulio estaba medio inconsciente. En una especie de sueño soporífero y  turbio y ni siquiera fue a cubierta a ver zarpar el barco como le gusta y suele hacer en otros viajes. Pero sus condiciones eran realmente penosas y su única motivación era esperar a que el tiempo pasara lentamente hasta llegar a su casa. Es lo que tienen los carnavales. Te diviertes durante una semana, si, pero luego, por contrapartida,  estás para el arrastre una buena temporada.

El barco al partir navegaba esbelto, rompiendo las olas suavemente, y suavemente formaba una inmaculada espuma blanca a su alrededor. Los plateados peces parecían acercarse a escoltar la partida y los delfines saltaban entusiasmados formando estelas que chocaban con las del barco. El Sol, ya en su ocaso, enviaba los últimos rayos, bastantes débiles pero no por ello menos disfrutables. Era una bella estampa pero la realidad distaba mucho de ser así. Realmente era un espejismo marítimo de Braulio que inconscientemente deseaba que fuera un viaje sobre lecho de algas y peces multicolores y mar en calma.

 

IV – Una venezolana salerosa.

Al poco de zarpar Braulio conoció a una muchacha. Era venezolana y se sentaba justo en el asiento de atrás. Se pusieron a hablar desde los asientos contiguos. Estaban emitiendo una película que para Braulio no tenía el menor interés. Equipo de Rescate era su título. Debía referirse a los médicos que atienden a los espectadores después de la emisión del bodrio. Pero una chica que estaba en el otro lado si tenía interés en semejante bodrio. Mandó a callar a la venezolana. Entonces Braulio, ágil como un felino, aprovechó la coyuntura para sentarse a su lado alegando que mejor así para no molestar a nadie. Se acomodaron y siguieron de plática. Braulio ya no tenía tanta prisa por llegar a destino. Pensaba que podría ser un mejor viaje de lo que pensaba en un principio. ¿Mejor? Realmente era un iluso, pero les sigo diciendo, queridos lectores, que en esos momentos Braulio era un pelele, un muñeco roto y moldeable  y se intentaba agarrar a cualquier esperanza como un naufrago se agarra con vehemencia a una tabla podrida en medio del océano.

La muchacha sin ser una maravilla no estaba nada mal. Se llamaba Jénifer. Era rubia y menuda. No estaba ni gorda ni delgada sino un término medio que no hacía sino darle más alicientes. Su rostro era bello, tenía unos rasgos entre lo delicado y lo exótico. Su tez era blanca y su cara graciosa. Desprendía alegría. Tenía una nariz pequeña y rechoncha y una boca de labios finos. Sus ojos estaba pintados con bonito colorido, como una auténtica venezolana, las cuales suelen ser muy coquetas y presumidas. Un color rojizo, un color original para los ojos pero no por ello menos bonito que otros colores con los que se pintan las mujeres. De vez en cuando sacaba un espejito y sus pinturas y se arreglaba y pintaba delante de Braulio y eso no hacía sino alterar más si cabe sus hormonas. Realmente tenía un buen polvo. Un polvo, se imaginaba Braulio, primero lento, con tranquilidad, sin prisas, para, poco a poco, aumentar la velocidad y euforia hasta llegar al clímax como dos posesos que acaban de ver al diablo.

Otra cosa que encendió a Braulio eran sus comentarios. Se movía entre la ironía y la dulzura. Su aspecto exterior era de delicadeza y finura pero por momentos sus comentarios le otorgaban una transfiguración  y ofrecía más picardía y atrevimiento de lo que realmente aparentaba. A Braulio también le calentaba imaginársela en la cama debido a su tamaño. Era pequeña y Braulio la visualizaba encima suyo dando saltos y botes  en los que casi tocaba el techo para luego caer justo en medio, acertando de pleno. En estos pensamientos estaba cuando le preguntó la edad. 23 años. Bien, se dijo Braulio para si mismo, "23 años equivalen a 23 polvos, 23 polvos sería la medida perfecta, siempre y cuando no quisieras otro. Ojalá cumplieras hoy 24 años para darte uno más".

La chica tenía buena conversación. Le dijo a Braulio que venía de la jura de bandera de su novio. No le gustó nada este detalle. ¿Y si se lo había dicho para marcar una línea de delimitación entre ellos, para que él supiera que cierto límite no podía traspasarlo? No le importaba, estaba dispuesto a llegar hasta esa línea y pisarla y partirla por la mitad si hacía falta. Luego ya se vería. Y así lo hizo, fue a por todas, blanco o negro y le puso pasión a la cosa. Pero no había manera, la muy jodida estaba dispuesta a llevar la fidelidad hasta el extremo de su significado. Hubo un momento en que vio luz a través de una pequeña rendija. A su pregunta de cuanto de fiel se consideraba Jénifer respondió que un 99 por ciento. Braulio intentó agarrarse a ese 1 por ciento de infidelidad como el ahorcado se agarra a cualquier soporte que le sirva para alargar inútilmente su vida. Cuando Jénifer vio por donde iban los tiros cambió de idea y dijo que se consideraba fiel al cien por cien. ¡Braulio maldecía tanta fidelidad junta!

En ese momento Braulio comprendió que no iba a conseguir nada más allá de la conversación. Se sintió como un niño al que le acercan un caramelo en la boca para luego quitárselo cruelmente.  Para Braulio podía haber cambiado la perspectiva del viaje que ella hubiese querido un rato de fiesta. Pero nada, no había manera, su viaje estaba impregnado de halos de malditismo.

 

V – Llegando a puerto de destino.

Después de todos esos pormenores Braulio siguió hablando con Jénifer. Pero, como comprenderán, su interés decayó bastante. Para su alegría comprobó que el barco se acercaba  a su destino. Con puntualidad se vislumbraban las primeras luces de las casas. Luces de alegría por lo que significaban: bajarte del barco y pisar tierra firme y llegar a tu hogar. Esperaba ese deseado momento cuando por megafonía anunciaron algo que puso los pelos de punta  a todos los pasajeros. El capitán comunicaba que debido al fuerte viento que soplaba en esos momentos no se podía atracar. El viento era peligroso para la maniobra de entrada por riesgo de vuelco del barco, y claro, de posible hundimiento. Concretamente el momento crítico era atravesar la escollera del muelle,  traspasar la línea visible que divide el mar abierto del mar más  estático y que en todos los puertos se puede observar a simple vista. En ese limbo el barco descubriría sus flancos y sería más vulnerable, sumado a que en esa zona el viento arrecia con mayor fuerza.  

"Otro contratiempo más, ya me extrañaba que al final fuera tan fácil llegar a mi casa. Estaba escrito que algo más debería ocurrir", pensaba para sus adentros Braulio. Abandonó a la venezolana y se fue a unos asientos libres y se dispuso a acomodarse lo mejor posible. Su suerte estaba echada. Invocaba a los dioses que adoraba para que pudieran acceder pronto a la tierra prometida. ¿Dónde estarían sus dioses? Posiblemente riéndose y jugando con sus dados de la suerte. Preguntó la hora. Era la hora bruja. Las doce de la noche. El tiempo transcurría lentamente. Muy lentamente. Demasiado lentamente. Mientras el tiempo discurría, como les he dicho, lentamente, el barco daba vueltas, para no variar, también lentamente. Vueltas y más vueltas. Se acercaba y alejaba. Se alejaba y acercaba. Como un yoyo en forma de nave marina. Como si Belcebú lo manejase a su antojo desde la orilla, dándole cuerda, estirándolo mientras se aleja para, en un golpe seco y brillante,  volver a acercarlo a su vera. Todo ello para mayor desesperación de los pasajeros, que verían como se aleja el barco de tierra firme cuando más cerca está. Una y otra vez. Una y otra vez. Realmente desesperante. Un ejercicio de paciencia suprema. Traspasaba los límites de la paciencia terrenal. Se le podía llamar santa paciencia. Pero de santo Braulio no tenía nada.

Así hasta que Braulio preguntó la hora de nuevo. Las 4 de la mañana. Y si tener noticias de ningún tipo. Para colmo de males comenzó a enfermar. El físico de Braulio se deterioraba irreversiblemente. Un malestar general y unos sudores fríos invadieron su cuerpo. Sentía como poco a poco iba decayendo, como su cuerpo y mente se dejaban vencer por la desesperación y el cansancio. Entraba en un sueño. Entre dos mundo se encontraba. Estaba y no estaba. En un estado semi aletargado. Como una criatura abisal de los fondos marinos que pone su cuerpo a trabajar al mínimo para evitar cansancio innecesario. Otra piraña más en el pantanoso lago que un día fue cristalino y estuvo lleno de peces juguetones e inofensivos.

 

VI – Amaneciendo en el barco.

Sin quererlo a Braulio le despertó de su vaporoso y turbio sueño las primeras luces del alba. El querido Sol los apartaba de las tinieblas  y mostraba el mundo tal como era. Sin tapujos y sin mentiras. Ahí cerca podían observar los reflejos del sol brillando sobre las ventanas empañadas de las casas. Tan cerca y tan lejos. Braulio no sabía donde meterse. Le hubiera gustado ser un robot avestruz para poder meter la cabeza debajo de aquel armazón de chatarra oxidante y olvidarse de que el mar y los barcos existían. Por fin hubo otra comunicación interior (después de 7 horas). El capitán comunicó por megafonía (Braulio llegó a pensar que el barco era fantasma y no lo capitaneaba nadie) que posiblemente en breve harían la maniobra de atraque en el puerto. No saben cuanto se puede alargar para algunos la palabra breve en el diccionario. Como un pequeño chicle que increíblemente se estira kilómetros y kilómetros. Eran las 7 de la mañana cuando lo dijo. Luego el silencio otra vez. Silencio inaguantable y paso del tiempo agonizante. Era tal la desidia y el sopor que por momentos Braulio pensó en lanzarse al agua y llegar nadando a tierra firme. Era tal la desesperación que le parecía posible lograrlo. Se sentía capaz de arriesgar su propia vida con tal de salir de aquella cárcel flotante y errante.

Los altavoces volvieron a hablar. Esta vez para comunicar a los pasajeros que la compañía marítima les invitaba a un desayuno frugal. Braulio declinó la invitación. Básicamente porque no tenía ni fuerzas ni ganas para levantarse. Así que se quedó sentado en su particular potro de torturas. Mientras, veía como la gente acudía presta y feliz a buscar su pequeña porción de comida enlatada. Les parecieron monos a los cuales das un plátano e inmediatamente tienes contentos. Solo les faltó encorvarse y rascarse las axilas y emitir gruñidos de aprobación. Braulio solo pensaba en cuando acabaría esa pesadilla. Su cuerpo seguía debilitándose a pasos agigantados. Había contraído fiebre. Era consciente que si conseguía salir vivo de aquella cárcel flotante sería para seguir otro buen tiempo en cautiverio. Otro buen tiempo para recuperase de las heridas recibidas por los carnavales, el barco y la climatología déspota. Tres cornadas de aúpa. Un compendio de imaginario toro bravo realmente temible.

A media mañana los pasajeros seguían sin información. El capitán no abría la boca. La tripulación no abría la boca. Nadie abría la boca. Para hablar quiero decir. Porque quienes la abrían era para bostezar o vomitar, había que tirar la suciedad acumulada en el interior, ya fuera orgánica o espiritual.

 

VII – Desembarco en tierra prometida.

A las once de la mañana seguían sin información pero de pronto se oyó un bullicio estruendoso y general en todo el barco. Sonidos de voces animadas. Braulio levantó la mirada y por el ventanuco comprobó que era cierto. ¡El barco estaba entrando en puerto! ¡Se estaba obrando el milagro! No se lo creía. Era demasiada emoción para él. Por fin iban a salir de aquel infierno de agua. Moisés se apiadó de los pasajeros y abrió el mar en canal para proseguir y terminar la peregrinación por el desierto. Braulio se incorporó a duras penas. Realmente estaba bien jodido. Su cuerpo se había ido apagando como una estrella que brilla en su ocaso mientras marchita. La gente se arremolinaba en las puertas de salida. Braulio los seguía observando. Muchos parecían felices. Se reían y comentaban con otros como si fuera un acontecimiento, como si fuera una bella anécdota de la que es un orgullo haber formado parte. ¡Y aquello había sido un sufrimiento! Un martirio como el de los santos. Así se sentía Braulio. Pero los santos se martirizaban en aras de otras personas. ¿Por quien se había martirizado Braulio? Nunca encontró respuesta. Le dieron ganas de gritar y protestar, decir en voz alta a todos los penitentes del barco que había que quejarse  y  hacer sonar las cadenas. Nada de buenas caras y de sometimiento como si nada hubiese ocurrido. Pero Braulio no dijo nada, no creía que fuera el momento de formar una rebelión. Ese momento ya había pasado. Ahora solo era cuestión de regresar a sus hogares. Salieron todos los pasajeros por las rampas de salida de vehículos. Parecía el desembarco de Normandía. Solo que después de la guerra. Braulio apestaba a rata de cloaca, agonizaba como gato atropellado y refunfuñaba como viejo borracho sin gota de ginebra.

Cuando Braulio pisó tierra firme el suelo se movió locamente. Ahora la isla le parecía el barco y el barco la isla. Es increíble como las circunstancias pueden variar las percepciones. Braulio comenzó a caminar lentamente bajo la tenue mañana. Para más colmo si cabe, llovía a raudales. Parecía el mismísimo diluvio universal. Solo faltaba que lloviesen ranas y arenques. Calándose hasta los huesos se encaminó en busca de un taxi (otra vez buscando un taxi). Momento en el que Claudia Pérez, una periodista de la televisión, con un cámara, le preguntó si podía hacerle unas preguntas. ¡Hasta los periodistas se habían acercado a cubrir el desembarco! Braulio le dijo que no podía más, que estaba lloviendo y quería llegar a su casa. Mucha pena debió darle porque Claudia no le dijo nada más al respecto. Se apartó y le dejó paso. En parte, Braulio no quería hablar, porque sabía que si abría la boca no saldrían lindezas precisamente. Necesitaba desahogarse pero no era cuestión de hacerlo públicamente ante una cámara de televisión.

No aparecía ningún taxi, así que tuvo que caminar hasta la parada más próxima.  Vio a la venezolana a lo lejos, caminado solitariamente hasta la parada de guaguas donde se subió a una y se marchó. No le dio pena, no le dio alegría. Estaba entumecido, insensible. Su única fijación era tumbarse en su cama. Por fin pudo subirse a un taxi. El taxista lo miró y lo vio bajo esas circunstancias: mojado como un pato enfermizo, con mala cara, lívido y ojeroso. Buscando comprobar su sentido de la lógica le preguntó si venía en el barco que acababa de atracar. Braulio le respondió que efectivamente venía en ese barco. También le dijo el destino.  El taxista no le preguntó nada más en todo el viaje. Braulio tenía cara de pocos amigos. No quería hablar. Solo llegar a su casa. No había que ser muy inteligente para darse cuenta de ello.

 

Epílogo.

Ha transcurrido una semana desde que ocurrieron todos los hechos que les acabo de narrar. Braulio está recostado en la cama. El penoso viaje no le ha permitido levantarse y hacer vida normal. Su convalecencia se agravó y llegó a alcanzar 40 grados de fiebre. Lo peor ya pasó. Está casi recuperado. Ahora poco a poco todo deja de ser real para comenzar a ser un sueño. Un soporífero sueño que parece no tener fin pero del que sabes que algún día despertarás.

Voy a terminar este relato queridos lectores. Lo haré recordando que Braulio estuvo en esa famosa odisea marina. Si, la famosa del año 2001. 2001 o una odisea en altar mar. O lo que es lo mismo: 16 horas para recorrer 100 kilómetros escasos de océano. Pero Braulio no se enorgullece de haber estado allí como si lo hacen otros. Siempre maldijo y siempre maldecirá al azar, a los hados, al destino,  por haber estado en el sitio y momento equivocados. Mientras no sea por necesidad básica, primordial o vital, no volverá a subirse a un barco. Braulio desea de corazón que nunca le ocurra a ninguno de ustedes semejante odisea, semejante tortura, semejante flagelación. Si se preguntan como se llama el barco les diré que Braulio no tiene ni idea. Tampoco quiere saberlo. Ni le interesa lo más mínimo. 

 

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