El estreno de esta película me pilló el año pasado en Sevilla y aproveché y la vi en un coqueto cine del histórico barrio de Santa Cruz. Buried es de esas películas que te impactan ya que te dejan noqueado en la butaca, no te levantas hasta que terminan los créditos a pesar de que el acomodador te empuje a marcharte con la mirada; finalmente te vas borracho, como si necesitaras ayuda, mudo de la emoción; por lo menos esas fueron mis sensaciones. Al cabo de varios días seguía pensando en ella y en su personaje, normalmente es buen síntoma: no suele ocurrir con frecuencia. Otra sensación que recuerdo era que había asistido a algo más que a una película, a una experiencia en toda regla, y es que cuando bajaba las escaleras creía que iba a una catacumba a que me enterraran en vez de una sala de proyección.
La van a emitir por el Plus y me dispongo a verla de nuevo, a pasarle la temible prueba de la segunda vez que es como la prueba del algodón: no engaña. Hay películas que la ves y te gustan mucho pero cuando repites pierden y ya no te parecen tan buenas, incluso a veces hubieses preferido no echarle una revisión para dejarla con el mejor recuerdo posible, por el contrario, otras no defraudan e incluso ganan y hasta con algunas te das cuenta que serán películas a las que volverás: crecerá y profundizarás con cada revisión: te acompañarán de por vida. Me dispongo a pasar dicha prueba de la segunda vez.
Buried era un guión que todo el que lo encontraba decía que era muy ingenioso y que prometía pero que daba vueltas y vueltas por las mesas de los despachos de Hollywood sin que ningún director se atreviera a meterle mano. Hasta que apareció el español Rodrigo Cortés. Y no era para menos. Un hombre estadounidense, camionero civil en Irak, se despierta enterrado vivo en un ataúd y solo dispone de un móvil, un mechero y un bolígrafo para salvarse. El celular por supuesto no tiene batería ilimitada, así que tendrá que darse prisa, dispone de 90 minutos… el oxígeno se acaba y la tierra se puede venir encima… Muy interesante pero… ¿como se lleva eso al cine sin morir en el intento? Rodrigo Cortés hizo lo más difícil.
Ciertamente la película es un ejercicio de ingenio, 90 minutos que discurren íntegramente dentro de un ataúd, donde no hay flash back ni salidas al exterior, hay que hilar muy fino para salir victorioso de la situación y no aburrir al espectador. El actor elegido para ello fue el canadiense Ryan Reynolds, que hace un trabajo encomiable de supervivencia, tanto intelectual como físico. Se realizó con varios ataúdes y su cuerpo, su espalda concretamente, resultó lacerada durante el rodaje, el cual discurrió en solamente 10 intensos días.
Paul Conroy tendrá que intentar salvar la vida con un móvil, enfrentándose a un enjambre de corporaciones y estados y oscuros poderes y personas si quiere llegar a buen puerto, un mundo inasible donde espurios intereses parecen lo primordial a costa de la vida y la dignidad, un sistema tan mecanizado e insensible como surrealista e inhumano.
El contratista civil pasará por diferentes sentimientos y emociones: shock, terror, esperanza, desazón, rabia, amor, arrepentimiento, resignación, esperanza… un continuo tobogán, y nosotros sentiremos a su lado, imposible no trabar empatía con una persona con la que convivimos en un cajón de madera bajo tierra, imposible e inevitable, también necesario. Me recuerda a los diarios en literatura, los lees y surge una relación y empatía muy especial con el autor, aunque no quieras… mejor querer, de eso se trata y en eso consiste su grandeza. En Buried es ir de la mano con el personaje del que en un principio no sabemos nada pero acabamos conociendo bastante, ciertas situaciones e intimidades dan para mucho.
La historia se sitúa en la Guerra de Irak, es un telón que no nos impone nada, nos deja la reflexión personal, y de hecho así ocurre, pensamos en los oscuros intereses tanto de unos como de otros y las respuestas no son nada agradables, la sensación de que, mientras unos se sacrifican por una causa o por llevar un mínimo de dignidad a su familia y pagan los platos rotos, descendiendo a lo más oscuro y haciendo el trabajo sucio, otros que se mueven entre los poderes fácticos y oficiales, parece importarle lo más mínimo, como si la vida humana solo tuviera el valor que ellos quieran darle, que es lo mismo que decir nada, o mejor dicho, dinero y poder. Una marabunta legalista y burocrática montada de tal manera que es imposible pedir cuentas a nadie. Pero también surge la pregunta de hasta donde llega la responsabilidad de cada uno, hasta que punto entras en el juego de la degradación al aceptar adentrarte en esa senda maquiavélica y carroñera, sea por el motivo que sea. En todo caso, supongo, son los menos culpables, el poder juega con ellos y se aprovecha: en este caso se alimenta de las desgracias humanas. Por qué no hay que olvidarlo, a Irak muchas empresas fueron a lograr beneficios a costa de reconstruir lo que previamente se había destruido, la maquinaria se puso en marcha engrasada y patrocinada por los señores de la guerra, el súmmum de la corrupción moral de las llamadas democracias. Da miedo pensar que pudiera estar todo previsto antes de empezar. Eso por un lado, por otro provoca terror esa gente que con tal de conseguir sus viles fines no tienen escrúpulos en destrozar vidas y familias de inocentes anónimos mediante las mayores atrocidades.
La película evoca a Alfred Hitchcock, que también rodó historias, aunque no completas, de enterrados vivos. Recuerdo una tremebunda en una serie de cortos que emitían por la televisión en los años 80: una cárcel de mujeres donde una de ellas planea escapar metiéndose en el ataúd de la siguiente reclusa en morir, compinchándonse previamente con el sepulturero, el final es uno de los más impactantes y magistrales que recuerdo de toda mi vida. Personalmente, por lecturas también me recuerda, o me ha hecho pensar, en Edgar Allan Poe, que escribió y recreó sobre leyendas, muchas basadas en hechos reales, de personas enterradas vivas debido a la catalepsia, ese estado físico que baja las constantes vitales al mínimo hasta parecer que estás muerto, luego eran descubiertos los fatales errores por marcas de uñas o diferentes posiciones del cuerpo en el interior del ataúd. Porque esta película toca uno de los miedos más grandes de los humanos, que te entierren vivo, difícilmente puede haber algo más angustioso.
El trabajo de Ryan Reynolds es de primera, recayendo sobre el toda la acción en un continuo primer plano, transmitiendo emociones y personalidad en una situación límite en el submundo, demostrando que es un gran actor, y el del director, Rodrigo Cortés, superlativo, solo alguien con mucho talento puede superar una prueba de este tipo. Se las ingenia para tenerte siempre concentrado, expectante, con el nudo de emoción en la garganta, durante 90 minutos y con un solo personaje enterrado vivo en un ataud ¡increíble!
Buried, una película tan ingeniosa como compleja, tan original como asombrosa, una película que deja poso y huella. Esta segunda vez me ha vuelto a gustar y me ha hecho volver a tener sensaciones y sentimientos así como reflexionar y profundizar.
Buried, una película no apta para claustrofóbicos.
Buried, una película en la que si desciendes a su caja de madera bajo tierra tendrás serias dificultades para salir…
Veredicto final de la prueba de la segunda vez: prueba superada.

