Mi bicicleta amarilla de ciclismo relucía y no por ningún lavado sino porque era tan nueva que brillaba. Miraba orgulloso mi moderna adquisición mientras le colocaba dos bidones: uno con agua el otro con bebida isotónica. En el bolsillo de la espalda del maillot me metí una chocolatina, un plátano y papel de periódico. Hay que estar preparado y tener energías siempre a mano, también protegerse los pulmones calientes cuando el aire frío e incompasible te ataque de frente.
Era pleno verano y hacía un calor perfecto para mis escapadas. Siempre he sido de calor para el deporte, me gusta llegar pronto al sudor, por la vía rápida. Con el frío tardas más en entrar en combustión, hay gente que lo prefiere así pero no es mi caso. Miguel Indurain era de calor, Perico Delgado era de calor, yo soy de calor. Aprendí a amar el ciclismo mientras los veía recorrer y reinar una veraniega y cálida Francia. Incluso visionaba esas primeras etapas reinas que ofrecían íntegras por televisión, desde las 11 de la mañana hasta las 5 de la tarde, solo te movías para avituallarte en un rápido refrigerio o para evacuar en un visto y no visto; al terminar en el sillón quedaba un hueco anatómico que ya quisiera para si el bueno de Homer Simpson.
Horas y horas de placer siguiendo sus heroicas escaladas y suicidas descensos a colosos como el Tourmalet, Luz Ardiden, el Galibier, Alpe d´Huez… soñando con ser ciclista y lograr una gesta de las que se bordan con letras de oro en la historia del deporte, o ser parte del público que convive, llena y pinta los nombres de sus ídolos sobre la carretera, o el reportero que en la moto abre paso y transmite a medio mundo sus hazañas. Si alguien te preguntaba que ibas a hacer durante el mes de Julio, le contestabas: ver el Tour de Francia. Si alguien te invitaba para ir al día siguiente a la playa le decías: lo siento, es la etapa reina del Tour de Francia. Si alguien te decía vámonos a Francia tu le decías: ¿en Julio y aprovechamos para ver el Tour de Francia? Ah si, Julio y Tour de Francia eran sinónimos. Uno evocaba al otro y viceversa.
También recuerdo que al acabar las etapas salías a darte un paseo en bicicleta pensando que igual eras el único loco emocionado que se creía Perico o Miguelón, pero con alegría te encontrabas mucho más locos emocionados emulando a sus ídolos: la carretera llena, por todos lados aficionados, hasta debajo del asfalto, una serpiente multicolor virtual. Nos cruzábamos con caras de velocidad y miradas cómplices y saludos de colegas en los felices días veraniegos aunque no nos conociéramos. Si coincidías en la misma dirección intentabas acercarte y ponerte a su altura o meter un palo y distanciarte si te seguían por detrás. Todos pertenecíamos al gran pelotón del Tour de Francia. También algunos peatones, tanto niños como adultos, se convertían en público y te gritaban y animaban al pasar: ¡Vamos Perico! ¡Dale Indurain! ¡Ese Marino Lejarreta! ¡Gorospe! ¡Hinault! ¡Merck! ¡Lemond! ¡Fignon! ¡Roche! ¡Charly Mottet! ¡Vamos Carlitos (Sastre)!… (la lista era interminable, todos esos nombres y muchos más se escuchaban). Y aunque no lo crean te insuflaban ánimos y te crecías y te creías un ciclista de verdad y sacabas fuerza de flaqueza, ya fuera para demarrar y lucirte o para llegar a la línea de meta. En este caso tu casa. Tu dulce hogar. Salida y llegada de etapa. Bendito Tour, bendito verano: una carrera popular, improvisada y desordenada.
Después de estos pensamientos me dispuse a ascender por la cara más dura del temible puerto que me esperaba: San Isidro – El Refugio del Pilar. Un puerto de 15 infernales kilómetros, sin un momento de respiro, con algunas rampas donde, o te pones de pie sobre la bicicleta, o directamente no subes. No es, precisamente, un puerto para ir de paseo, hay que sacar todo lo que llevas dentro, y eso significa ensanchar la caja torácica y darle brío a tu corazón, por lo menos durante un buen rato, ya luego tendrás tiempo para tirarte sobre la cama a respirar y suspirar y volver a replegarte.
Una vez coincidí con un ciclo-turista en sus empinadas rampas: -Hola, bonito día y bonita subida. – Me dijo.
-Hola, aquí estamos intentándolo al menos. ¿De dónde eres? – Le pregunté.
-Del País Vasco ¿y tú?
-De aquí, de la isla, mi casa está cerquita. ¿Qué te parece la subida? – Le inquirí.
-Terriblemente dura. – Fue su respuesta.
-¿Qué categoría crees que sería su catalogación? – Tenía curiosidad por saber su parecer.
-Categoría especial. – Me contestó sin dudarlo.
-¿Te basas en algo para ello?
-Verás, he estado en el Tour de Francia y he subido sus puertos con amigos aficionados, tanto Los Pirineos, los que más ya que nos pilla más cerca, como Los Alpes. Allí los puertos son más largos, vale, pero más tendidos. Pero es que este ¡es duro de cojones! Es muy empinado eh. – Me dijo con menos resuello del que tenía al comenzar el comentario.
-Vale, te creo. Ahora vamos a los hechos.
-Venga, que el ritmo no decaiga, buen ascenso.
Y cada uno siguió a su ritmo ciclista, y es que eso de los ritmos es algo muy personal.
Volviendo a mi estreno de bicicleta, mientras montaba en ella decidía la ruta. Era un día de esos especiales en que tienes buen cuerpo y espíritu, o sea, predisposición para el esfuerzo y la aventura. Así que me decanté por una etapa en toda regla. Ascendería el puerto de San Isidro y, al coronar El Refugio del Pilar, en vez de volver sobre mis pasos, me descolgaría por el otro lado, por El Paso, ahí tomaría la carretera de Tajuya, llegaría a San Nicolás, donde tendría que parar, necesariamente, en la venta de una señora mayor (ya está todo calculado), para reponer energía con alguna coca cola, chocolatina helada… y llenar los bidones (a esas alturas voy sin combustible) para rápidamente, sin enfriarnos en demasía, volver a la bicicleta y tomar la carretera de Las Manchas, llegar a Fuencaliente y seguir hasta Puente Roto, en ese cruce tomar dirección Hoyo de Mazo, por debajo, donde normalmente el viento da de cara y con la fatiga que llevas se hace tan duro como insoportable aunque sea picando para abajo, para finalmente llegar a la meta: Las Breñas. Posiblemente lo más complicado sea lo último de todo: desmontar y subir las escaleras de mi casa, solo un piso pero temblándome las extremidades. En total entre unos 80 y 90 kilómetros donde lo llano no existe, lo que normalmente se denomina terreno rompe-piernas. Fresando las 4 horas, depende de la intensidad que le metas. Si se te olvidó algún alimento al fuego de la cocina, o tienes cita con alguna señorita y te acordaste sobre la marcha, es muy posible que adelantes y tardes menos tiempo.
Llegué al cruce, giré y comencé a escalar. Las primeras pedaladas son las más raras, estás frío y vas acomodándote, más preocupado de la cadencia que de la carretera. Por suerte no se vislumbraba una nube, cielo azul intenso, realmente un día precioso, y el sudor no tardó en hacer acto de presencia. Cuando eso ocurre todo fluye mejor, es el aceite perfecto para engranar los mecanismos de tu organismo.
Iba más o menos por la mitad de mi ascenso, kilómetro 7,5, justamente cuando el asfalto viejo cambia a uno más nuevo y fino, que es como si te tendieran una alfombra bajo las ruedas; cosa que se agradece mucho. Me sentía acoplado a la bicicleta, fundidos cuerpo y máquina. Como se dice en el argot, había encontrado la "marcheta", que es ese ritmo acelerado y continuo que te permite avanzar sin desfondarse.
Giré una curva y ante mi vislumbré una larga recta. Al final de ella divisé dos sombras casi imperceptibles, no tenía ni idea que era y seguí a lo mío. Según me acercaba distinguí dos perros, uno negro y otro marrón, muy feos por cierto, y no eran pequeños precisamente. Seguí ascendiendo, iba muy a gusto, en esa fase que no quieres parar por nada del mundo, solo quieres avanzar y avanzar.
De los perros no me separaban más de 100 metros, entonces, comenzaron a ladrar. No parecían ladridos de ánimos, más bien unos exabruptos perrunos, no era fácil interpretarlos pero estaban más cerca de la grosería que de la educación. Aún así quise continuar y demostrarles quien manda en la carretera, no estaba dispuesto a arrojar la toalla tan fácilmente.
Seguí como si la cosa no fuera conmigo… A unos 50 metros empezaron a correr en mi dirección, ¡ver para creer! Y como corrían ¡estaban en forma! Mientras lo hacían lanzaban babas y esputos y sus ojos se inyectaban en sangre. ¡La cosa se estaba poniendo fea! Les grité que eran unos abusadores ya que eran dos contra uno: ¡mi bicicleta no cuenta! Aún así, continuaron cabalgando sobre sus grupas.
Por un lado la adrenalina del ejercicio me pedía seguir pero mi cabeza me decía que reaccionara. Por mi mente pasaron muchos pensamientos. ¿Porqué tienen los perros esa fijación especial contra las bicicletas y los ciclistas? ¿Qué le hemos hecho? Cuando es un caniche no suele pasar mucho, aparte del susto si te coge despistado o del posible accidente, pero dos perros de esta condición…
Me imaginé que pasaría si pudieran tirarme al suelo, posiblemente al día siguiente saldría en los periódicos: muchacho ciclista atacado por dos hienas asesinas, solo escapó su corazón y su cerebro, los cuales se conservan por si en un futuro se pudiesen acoplar a otro cuerpo. No era un panorama muy edificante imaginarme parte de un Frankenstein de la medicina moderna. Otro titular podría ser: muchacho ciclista vence un duelo a muerte contra dos salvajes perros, después de una extenuante lucha de varias horas los canes terminaron amordazados mientras el ciclista continuó con su ascensión para completar la excursión que tenía programada. Quizás demasiado optimista.
Pensé en dar un rodeo campo a través pero descarté la idea, definitivamente tenía una bicicleta de ciclismo no una de cross y tampoco era cuestión de destrozarla. Sentía sus fétidos alientos, estaban encima de mi, tenía que dejar de divagar, dudar, en definitiva, ¡reaccionar!… finalmente giré mi manillar y me lancé carretera abajo a tumba abierta, le dije a mi bicicleta: ¡ahora es cuando quiero que me demuestres tu velocidad! Cosa que también le dije a mis piernas así como a la gravedad. Mientras, miré hacia atrás: ¡los condenados no dejaban de ladrar! Eran implacables, indestructibles, inmisericordes . Sus figuras se iban haciendo pequeñas hasta volverse a convertir en sombras, y al finalizar la recta y tomar la curva, perderlos para siempre.
Por un lado me sentía frustrado, no había completado mi ruta, pero por otro sentí que había salvado el pellejo, mi partida de nacimiento volvía a cero. También tenía cierta desazón, amaba ese puerto y no quería dejar de escalar sus rampas, hay cosas difíciles de renunciar. Tenía varias opciones, finalmente me decanté y tomé al pie de la letra eso de que para vencer a tus miedos lo mejor es enfrentarte cara a cara con ellos. Al poco estaba subiendo de nuevo, con brío, con ardor, y al llegar a la zona fatídica con cautela y tensión: ¡no me los encontré!
No he dejado de subir y nunca he vuelto a saber de ellos. Eso si, cada vez que llego a ese punto kilométrico los recuerdo e incluso acelero inconscientemente haciendo un sobreesfuerzo, queriendo pasar el peligro lo más rápidamente posible, y hasta me pregunto si no estarán merodeando por los contornos, escondidos tras la frondosa maleza planeando tenderme otra emboscada…

