Los prodigios de Nuestra Señora de Las Nieves (IV)

              Como Abogada de todos los palmeros, la Virgen de Las Nieves fue la principal devoción que acompañó a los isleños en su arduo camino hacia las Américas; su culto está especialmente vinculado a los palmenses de ultramar y los libros de fábrica del Real Santuario están llenos de referencias a las dádivas y regalos hechas por los indianos en gratitud a la Patrona por los inmensos favores recibidos. Muchos de ellos considerados milagros. De esta manera, este santuario mariano es el templo canario que mayor volumen de platería americana atesora, de calidad y riqueza nada común. Ya en el siglo XVIII, Viera y Clavijo estimaba que la plata y las joyas de la Virgen ascendían a más de 20.000 pesos. Cantidad que se iba incrementando continuamente con las donaciones de los emigrantes isleños, que así agradecían a la Patrona, primero, su buena travesía y segundo, su buena fortuna en Indias, considerada también como "otro de los prodigios de la Virgen".

              Era una piadosa y común costumbre el que los navíos que hacían la carrera de Indias llevaran una alcancía a nombre de nuestra Virgen, fuente importante de ingresos. Nos recuerda el profesor palmero Jesús Pérez Morera que "las cuentas de 1706 mencionan los 1488 reales recaudados "en las alcansías que a repartido el mayordomo en los nauios de Indias" y las de 1672 los 10 reales del "costo de seys alcansias de oja de lata que se hisieron para repartir en vajelez para la limosna"".

              El tesoro impresionante que conforma el suntuoso joyero de la Virgen de Las Nieves -único en el Archipiélago cuya relación sería una empresa prácticamente inacabable-, está compuesto en una gran mayoría, por los regalos de los indianos. Baste decir que, a finales del XVII llegaron a existir en América dos apoderados del santuario. Nos recuerda el mismo profesor que uno se hallaba en la ciudad peruana de Lima y otro en La Habana, nombrados en 1694 por su mayordomo con el sólo objeto de recibir los legados hechos a la Patrona de La Palma en "rrealez, oro, plata, perlas, joyas, prendas y otras cualesquiera alajas de los géneros referidos, ornamentos, bestidos… así en el dicho reyno del Pirud como en otras cualesquiera partes…".

              "A Ella, cantada por los marinos que recibieron su favor cuando la invocaron sobre la movediza superficie del mar, le exclamaríamos: "¡Oh, Virgen de Las Nieves, efluvios de fe exhala nuestra alma, efluvios de amor exhala nuestro ser, que Tú, Madre de Dios, hacia Ti nos has hecho tener!"".

–            LA VIRGEN, LAS PLAGAS Y LOS ELEMENTOS

             En palabras del desaparecido Fernández García: "Ella es el inmenso refugio espiritual de todos los palmeros, y a Ella recurrimos cuando los titánicos fuegos volcánicos estremecen nuestro suelo, cuando las cosechas se pierden por falta de agua, cuando los grandes incendios azotan nuestros montes o nuestras casas, cuando la enfermedad se apodera de nuestra pobre naturaleza, y en tantos, tantos momentos de nuestra existencia".

                La  imagen de Nuestra Señora de Las Nieves, "bella, galana y misteriosa", obra gótica en la que aparecen reminiscencias del románico -la más antigua de las efigies marianas veneradas en el Archipiélago-, ha sido trasladada en sentidas rogativas a la capital palmera fuera de los años lustrales de su Bajada. El motivo siempre era el mismo: pedirle su intercesión ante las furias de la naturaleza, tanto en sequías prolongadas como en erupciones volcánicas, incendios, enfermedades, etc. Así sucedió el 28 de marzo de 1630, permaneciendo en El Salvador nueve días por la necesidad de agua que sufría la isla. Los atribulados palmeros imploraron su intercesión para que el cielo les trajera el agua necesaria. Nunca la Virgen abandonó a su pueblo.  También volvió a estar presente en la ciudad: en 1631, 1632, 1676 y 1703 (por pertinaz sequía), en 1659 (por una plaga de langosta), y así en otras ocasiones. Los prodigios y milagros se iban sucediendo a través de los siglos. La Virgen ha descendido desde su Santuario a la ciudad en otras ocasiones desdichadas para los palmeros. Sucedió el 2 de enero de 1768 por una epidemia catarral y el 4 de junio de 1852 por liberarse del cólera morbo.

                 Fray Diego Henríquez decía en 1714 que el recurso a su poderosa intervención fue siempre "el remedio en todos los conflictos y necesidades de la isla, la falta de lluvias, enfermedades, guerras, fuego del volcán y las demás, las quales siempre se ha traído a la ciudad; y al ver que la mueven de su casa, promete la experiencia y asegura el socorro a la esperanza. Nunca sale, como soberana reyna, sin numeroso concurso, assí que los ciudadanos como de aquellos pueblos y aldeas que le sirven y acompañan, sin temer inclemencias del tiempo ni camino mientras vienen a la sombra y protección de las dilatadas alas de tan poderosa y caudalosa águila…"

                 Sería el mismo fraile escritor el que narrase el milagro de 1703. Se sufría una sequía que era general en todas las Islas Canarias, para lo que se trajo a la ciudad "esta santa imagen, se le hizo en la parroquia el novenario de missas y rogativas que acostumbra, aunque tercas las nubes en su dureza". Cuando el coro de monjas catalinas entonaron el motete en el monasterio dominico "poniendo las lágrimas a las voces silencio, narraron más retóricas su petición y súplica y como del corazón más cierto mensajeros llegaron más felices al río de piedades, pues apenas sonaron en su oydo desbrochó los diques de sus misericordias, liquidando la gracia de sus nieves en tan copiosas lluvias a la tierra que al instante entonaron el hymno de alabanzas de los santos doctores Ambrosio y Agustino, en hazimento de gracias en tanto beneficio, con que logró aquel año aquella isla la abundancia de frutos que sin tan gran milagro no pudiera"

                 En relación con la epidemia de 1768, se acudió a Nuestra Señora de Las Nieves en espera e implorando el remedio de la enfermedad que azotaba a los palmeros. Pérez Morera recoge en sus notas sobre la Bajada de 1765 una relación sobre la terrible enfermedad que se cernió sobre la Isla En el Archivo Parroquial de El Salvador (Libro de Acaecimientos formado por el vicario Don Felipe Alfaro en 1767) extraemos el siguiente párrafo:

"Aviendose señalado por su merced el dia siete de marzo para el último tramo de la Procesión de allí llevar a Nuestra Señora a su propia Parroquia compuestos todos los caminos y aseandose todas las calles por donde debía transitar no se pudo conseguir hasta el día diez por las continuas lluvias que hubo en estos días (…) quedando todos los moradores desta ciudad e Ysla mui contentos y alegres por aver conseguido de dios mediante la intercesión de la Santísima Virgen María ubiesse cesado a sus primeros ruegos la cruel enfermedad que tantos estragos hasía y llovido con mansedumbre tanto que se puede decir se repitió en esta ysla el milagro que en tiempo del Señor San Gregorio aconteció en Roma …"

 

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