La imagen sevillana de Nuestra Señora del Carmen (I).

La fructífera relación comercial entre el imaginero sevillano y "más diestro artífice" Benito de Hita y Castillo (1714-1784) y algunas de las familias de importantes mecenas palmeros -entre ellos, los Lugo-Viña y la todopoderosa saga de los Massieu- hizo posible la llegada de cuatro excepcionales piezas a San Miguel de La Palma.

Unas veinte efigies, aproximadamente, habían arribado a los puertos de las Islas realengas (La Palma, Tenerife y Gran Canaria) entre 1750 y 1770 procedentes del taller hispalense. Sus destinos eran los distintos oratorios, ermitas y templos de varios municipios. Unas obras que, con el tiempo, serían atribuidas a Hita con serias dudas, pero otras cuya firma aparecería  estampada en ellas y confirmarían su autoría, como ocurre en los casos de La Palma.

El Cristo de La Caída -imagen de candelero de 1752- fue la primera que inauguró el pequeño catálogo que llegó a La Palma de magníficas obras ejecutadas por el genial maestro. Fue tal el impacto que produjo la venida de la escultura del Señor a la sociedad palmera, que animó a la familia Massieu a efectuar nuevos encargos al tallista. Se venera en la actual parroquia de san Francisco de Asís, en Santa Cruz de La Palma, la capital.

El patronazgo de María Josefa Massieu y Monteverde hizo posible el advenimiento del Cristo Caído, para el que funda ermita, sirviéndose de la domiciliación en Sevilla de su hermano, Pedro Massieu, fallecido en 1755, quien ostentó el puesto de "Oidor Decano de Su Majestad en la Real Audiencia de Sevilla".

Otras dos esculturas, en esta ocasión de bulto, son las veneradas en el altar mayor de la parroquial de San Juan Bautista de Puntallana: San Miguel Arcángel y San Antonio de Padua. Fueron donación del coronel y Gobernador de Armas de la Isla Felipe Massieu y Vandala. Por último, la imagen sedente de la Virgen del Carmen, custodiada hoy en el templo de Nuestra Señora del Rosario del término municipal de Barlovento, en el nordeste de la Isla.

La talla mariana -de aproximadamente 75 cms. de altura- lleva una inscripción en la parte inferior de la peana que reza: "Don Benito de/Hita y Castillo/me fesit en Sevi/lla año de 1773". Lamentable ha sido durante una de sus últimas restauraciones en la que se ha borrado parte de dicha leyenda. En la década de los noventa del siglo pasado tuvo que ser intervenida la talla puesto que se debía de subsanar con urgencia algunos pequeños desperfectos. Se repintó también la peana y posiblemente las carnaciones, "que no demuestran la calidad y detalles de otras obras del imaginero".

El profesor Fuentes Pérez había atribuido su invención al excepcional maestro sevillano. Decía que "debemos descartar cualquier atribución a escuelas como la de Pedro de Mena, José de Mora, etc. aunque refleja ciertos rasgos de las mismas. Indudablemente esta figura salió del taller de los últimos artistas que militaron en el barroco, como Duque Cornejo, Hita del Castillo o María-Luisa Roldán". Sería más tarde cuando el profesor Pérez Morera daría a conocer su donante y, junto con el investigador Herrera García -ambos palmeros-, confirmarían su autoría. En la cara inferior de la peana del Carmen se lee: "Benito de/Hita y Castillo/ me f(esit)/ año 1773"

Por cierto, si confrontamos la imagen del Carmen con las ejecutadas por Hita del Castillo (como también se le llama en algunos estudios), principalmente con la de San Miguel Arcángel, descubrimos una intensa similitud, "tanto en estilo como en rasgos morfológicos".

La imagen de la Virgen del Carmen había sido encargada para la ahora desacralizada ermita de San Estanislao Obispo, siguiendo el modelo de su patronímico, del pago barloventero de Oropesa, erigida entre 1761 y 1763. Todavía existe, aunque en lamentable estado de abandono e invalidado para el culto. Su donante fue el capitán don Francisco de Lugo y Molina, heredero del oratorio por parte paterna. La licencia para fabricarla y recibir la bendición fue dada por el Obispado de Canarias el 12 de junio de 1761.

En la visita realizada por Domingo Alfaro de Franchy se desprende que: "el capitan don Francisco de Lugo y Molina, hijo del fundador, ha traido de España una hermosa  ymagen de Nuestra Señora del Carmen, que nos mostró y piensa colocar en la sobre dicha hermita". Esto sucedía unos cuantos años antes de 1772, ya que por esa fecha se dice la primera misa en el recinto sagrado. Había sido bendecida por fin el 11 de octubre de 1772. El mencionado militar había establecido que él y sus sucesores ostentarían la propiedad y patronato sobre la imagen y sus reliquias.

 Pérez Morera nos informa de que en el encargo de la preciosa talla hubo de mediar Felipe Manuel Massieu y Van Dalle. El caballero era pariente de los poderosos Lugo-Viña tras la boda de Francisco Estanislao con María de las Nieves Massieu y Fierro. También relaciona con el encargo al tío del donante, Estanislao de Lugo y Viña, dueño de la hacienda con casas principales y supervisor de la reconstrucción de la basílica del Pino en Teror (Gran Canaria), "quién acudiría al escultor para el ornato del nuevo recinto".

 El pueblo norteño de Barlovento, desde la llegada de la imagen, mostró especial devoción hacia ella. Tal fue así que, en 1832, a instancias del párroco don Francisco Morales, el entonces propietario de la talla, don Estanislao de Lugo-Viña Massieu, la donó a la parroquia del Rosario. Fue solemnemente trasladada en procesión desde la ermita hasta el templo con gran concurrencia de feligreses y, a instancias del obispo Luis Folgueras Sión, se colocó "en parage decente para que los fieles le tributen el religioso culto que desean".

 El prestigioso artífice esculpió a la Virgen sentada sobre un cúmulo de nubes y llevando sobre su rodilla izquierda alzada al Niño Jesús al que sujeta delicadamente con su mano también izquierda. Con el brazo derecho ofrece el escapulario al observador. Toda la talla denota un estudio técnico e iconográfico bastante acertado, demostrando haber salido de las manos de un artista nato en este género. El estofado de la nube se resuelve mediante minúsculas espirales en el que el autor ahorró láminas de oro debido a la aplicación dispersa de este material precioso sobre la superficie.

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