La mencionada sociedad hizo entrega a Leocricia del diploma de honor de socia de mérito en una velada literario- musical celebrada el 7 de enero de 1904.
Fueron varias las cartas, tarjetas postales, artículos, etc. publicados por la prensa local en la que ensalzaban su obra, en vida.
– Así, en el Germinal (1 de abril de 1904): "… y en nuestra patria es la mujer fuerte sostén de un estado de conciencia que debe avergonzarnos y, por lo mismo debe la mujer poner especial empeño en armarse de aquella de piqueta y aquella palanca. Vd., que manejando entrambas, ha cristalizado en inspiradísimas poesías la aspiración de sepultar muy hondo y para siempre en el panteón de la historia, aquellos anacronismos que nos empequeñecen y atraen sobre nosotros el menosprecio de los grandes pueblos de Europa, merece el bien de la sociedad. Reciba por ello el testimonio de la admiración de su afmo. Hermenegildo Rodríguez".
– En el Islas Canarias (28 de octubre de 1909): "…entre la pléyade de artistas [en Canarias], destácase como astro de primera magnitud la poetisa Leocricia Pestana, quien a sus encantos femeninos une la virtud de la modestia (rara avis in hoc tempore), gusto delicado y amplio conocimiento de la historia de amor…"
Su inspiración también le venía de su jardín y de sus flores, de sus adoradas glicinias… Está sola porque es inconformista: vivió acompañada mientras duró su amor, el deseo, el respeto, la complicidad, la inspiración… Sin embargo, debido a que el ayuntamiento cubrió el canal de agua que pasaba por uno de los senderos que surcaban la finca, y ya no pudo escuchar el murmullo del agua de aquella "maravillosa cinta de plata" -como así llamaba al canal de agua en las noches de luna llena-, dejó de caminar por aquella zona. Su espacio vital se iba acortando.
Suárez Bustillo escribe: "Siendo una persona afable y agradable en el trato, vivió sin compañía próxima que la entendiese y se observó condenada a estar sola como refleja en Mi Sueño, "y es que soñaba mi mente de mi valle en soledad""
El fallecido y recordado Jaime Pérez García recogía las palabras de la poetisa, ya en la vejez de la solitaria dama del barranco, aquélla mujer menuda, muy incómoda para los grupos de poder insular, aquélla que "al no ser significativa en política activa, se optó por silenciarla":
"No crea que me contraría que mis amigos me vengan a ver. Para mí es una alegría y una satisfacción poder charlar con personas inteligentes. Mi apartamiento se traduce en misantropía y la calificación es injusta. Estoy casi sola porque no tengo quien me acompañe. Aquí leo lo que me va llegando; dialogo con mis flores y con mis gatos, y así, sin grandes inquietudes, veo pasar la vida. No frecuento la sociedad porque no sé hablar de modas ni de otras cosas que no me interesan ni entiendo. Soy, como usted verá, muy mujer pero detesto la frivolidad y chismografía. Sé que en torno mío se ha tejido una leyenda y que se me considera muy diferente de lo que soy".
Todos aquellas personas que ascendían la cuesta para oír a la ya viejecita Leocricia, sobre todo niños y niñas, cuentan que la señora ya no se encontraba bien desde mediados de 1925. La vital anciana ya se cansaba al leer sus composiciones poéticas y se le veía fatigada cuando trataba de charlar animadamente sobre sus profundas ideas liberales. Era una mujer culta y singular, lectora voraz y pensadora, progresista libreada de las convenciones y corsés de una sociedad pequeña e injusta; solidaria con las penurias de sus vecinos y "con las penas del prójimo en cualquier lugar del mundo"… Ortega Abraham continuaba: "alabada en su valentía por sus correligionarios republicanos y, en su caridad, por sus hermanos masones, cuyos derechos y actuaciones defendió a cara descubierta y, además, una poetisa formada en el romanticismo que, frente a la pulsión de los cantones, propugnó una patria amplia para las gentes libres y de buena voluntad…" Leocricia intentaba repartir entre sus embelesados invitados su rica espiritualidad trascendente… Sin embargo, ya empezaba a respirar con dificultad.
En la mañana del 4 de abril de 1926, el sobrino político de Leocricia, José Francisco Carrillo Lavers (1886-1961), fue mandado a llamar por la esposa del cuidador de los terrenos de la "Quinta Verde". La señora estaba muy preocupada porque, como era su costumbre, había llamado a la puerta de la mansión entre las ocho y las nueve de la mañana, y nadie contestaba. Doña Leocricia no daba señales de vida. Todo estaba cerrado y en silencio. El familiar dio parte a la autoridad judicial y se autorizó el ingreso en el domicilio. Allí se encontró muerta a Leocricia, "ruiseñor de la selva palmense, timbre y prez de la isla que le vio nacer" (Padrón Acosta). Había fallecido de paro cardíaco mientras dormía. Junto al cadáver, su querido gato, su inseparable amigo. En un papel escrito a lápiz, sobre el velador, apareció la última voluntad de la poetisa. En la firma aparecía: Leocricia Pestana de Carrillo. En el pedazo de papel, como si de una premonición se tratara, se podía leer:
"Por si me muero esta noche, es mi voluntad que se me cubra con el vestido canelo de seda que está en mi escaparate y la mantilla blanca que también está en él. La librería será para la biblioteca Cervantes, es voluntad de mi marido y mía; lo que tiene mío Don Silvestre Carrillo, se empleará en el cementerio civil y mis muebles se venderán y se dará su valor a la masonería".
De poco sirvió haber dejado su testamento. Poco se cumplió de acuerdo a él. Ni siquiera un solo libro llegó a la Biblioteca Cervantes, ni el dinero llegó al cementerio civil.
El féretro bajó desde la casona de la "Quinta Verde" por un atajo serpenteante, y no por la majestuosa escalinata de piedra, como ella siempre había deseado. Ortega Abraham escribía en la prensa local: "…sin embargo, su deseo de abandonar la Quinta Verde por la pina escalinata de piedra y la puerta almenada no se cumplió; acaso porque el juez que levantó el cadáver lo vio como un venal capricho; acaso porque, en aquel abril lluvioso, el descenso del ataúd comportaba riesgos para los cargadores y engorro para los deudos".

