"La processión es una acción religiosa, y pública, en que
salimos a rogar, y suplicar a Dios nos dé algún bien, o li-
bre de algún mal, y dar gracias por todo: por tanto con-
viene, que en las Processiones vamos con summa devoción".
Mons. Dávila y Cárdenas, 1737
A veces resulta controvertido datar o cifrar el comienzo de algunas manifestaciones o comportamientos del ser humano, tanto si se habla a nivel individual como colectivo. A propósito del carácter procesional, que sin duda alguna alcanza en La Palma -como en otros muchos lugares de nuestro mundo- un realce del tono ritualista y testimonial de nuestra querida y suntuosa Semana Santa, la problemática planteada se centra -si se quiere profundizar, claro-, en resolver cómo y cuándo surgió por primera vez.
Los desfiles procesionales han ocupado un lugar preponderante en la historia de los ritos religiosos populares, tanto desde el punto de vista de la devoción como porque constituían una pieza importante y esencial de la fiesta. El catedrático con Manuel Lobo nos informaba de que "aunque arrancan de una tradición pagana se remontan dentro del cristianismo a los primeros siglos de su existencia".
Efectivamente, el hecho de la procesión en sí, constituye o mejor, constituía, una solemne manifestación o rogativa que hace o hacía el pueblo, bien por voto particular o colectivo, bajo la dirección del clero, desfilando ordenadamente de lugar sagrado a lugar sagrado para "excitar la piedad de los fieles, para conmemorar los beneficios de Dios y de sus santos y darles gracias por el favor recibido o para implorar el auxilio divino ante una calamidad". A pesar de que existen honrosas excepciones, en muchos lugares se ha ido perdiendo paulatinamente este fervor y el orden y boato de esta pía demostración. Afortunadamente en La Palma queda mucho de aquello.
Las procesiones del Corpus Christi eran consideradas solemnes y comienzan a celebrarse desde el siglo XIV, aunque la festividad fuese instituida en 1264. Con ello se pretendía honrar al sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo para avivar la piedad de los fieles, a la vez que para conmemorar un milagro eucarístico.
Muchos ríos de tinta han corrido y muchas hipótesis se han barajado en el afán de situar exactamente el inicio de esta teatral forma de recordar los tristes acontecimientos de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Son varias las conjeturas que se han formulado a través de los últimos tiempos. Se ha dicho que, para hallar el origen de este solemne espectáculo hay que situarse en la Baja Edad Media, o incluso retardarlo hasta el Modernismo renovador introducido a raíz de la Contrarreforma. O tal vez baste trasladarse hasta el pleno período del Barroco.
Refiriéndonos concretamente a la Semana Santa, como acto penitencial, ésta comienza a tener importancia a partir del siglo XV, adquiriendo mayor espectacularidad después de la Contrarreforma, pues tales procesiones, como nos indica Williams, "suponían a un tiempo una disciplina ascética y pública y una especie de teatro sacro para el que se recogían limosnas a lo largo del recorrido".
Haciendo un análisis histórico sobre las primitivas civilizaciones, nos encontramos con que existen muchos anhelos y sentimientos personales que se han querido representar y manifestar en un llamado arte colectivo. Su objeto era el de divulgar un determinado mensaje que respondiese armónicamente a la transmisión de los buenos valores como identificadores de lo bello, lo correcto y lo verdadero. Ya en las sociedades paganas estaba establecido este concepto. Desde aquí es posible que se haya retomado por el arte romano y paleocristiano, dando así cauce a la necesidad comunicativa del propio sentimiento religioso del hombre.
Recordemos cuando Dios mismo ordenó a Josué la organización de las siete grandes procesiones alrededor de las murallas de Jericó. Será luego en el Nuevo Testamento el propio Jesucristo quien, de forma procesional, entrará jubilosamente en Jerusalén, iniciándose el ciclo pasional desde el Monte de los Olivos hasta el Templo, con gran concentración de multitudes. Para rememorar aquellos instantes, en nuestra Semana Santa Palmera encontramos, entre otros, el paso de "El Señor de la Burrita" que, desde la ermita de San Telmo desfila procesionalmente hasta la Parroquia Matriz de El Salvador entre cánticos, palmas y olivos; o también el "Señor entrando en Jerusalén" en torno al Santuario de Ntra. Sra. de Las Nieves. Existen numerosas procesiones en toda nuestra Isla en las que se recuerdan aquel jubiloso acontecimiento del "Domingo de Ramos", prolegómeno de la Semana de Pasión.
En los comienzos de la Cristiandad, la Iglesia, que hizo suya esta tradición, tuvo que restringir cualquier forma de manifestación pública debido a las crueles persecuciones a las que eran sometidos sus valientes miembros. Sin embargo, más tarde resurgiría la admiración por aquellos mártires a los que se rendiría cristiano homenaje. Así, se comenzaron a los traslados solemnes de sus reliquias de un lugar a otro, motivo de grandes peregrinaciones y acompañamientos.
En sus orígenes se llamaban pompas y no procesiones. Es el nombre griego que se asignaba a los cortejos o comitivas en las que tomaban parte carrozas, coros, músicos, danzantes, etc., para realzar las festividades en honor a sus dioses paganos. Recordemos también que en la liturgia del Sacramento del Bautismo, se exigía al bautizado la renuncia previa de las "Pompas de Satanás". Este vocablo griego, que significa "envío, desfile, escolta, procesión" pasó luego al latín pompa, también asignado al cortejo o procesión. En definitiva, era el acompañamiento suntuoso, numeroso y de gran aparato que se hacía en una función, más tarde incluso fúnebre, no sólo de regocijo.
Con el tiempo, la Iglesia iría filtrando y depurando las reminiscencias paganas de los actos hasta adoptar un estilo "militarista". Comprobemos que processio es también sinónimo de "marchar" o "marcha en sentido militar". Así, en el comienzo de la legión romana, siempre figuró el estandarte o enseña respectiva, como un águila imperial, más tarde sustituida en el Cristianismo por la Cruz como símbolo victorioso de "Cristo, Vencedor de la muerte". Son magníficas las cruces altas y estandartes que abren nuestras preciosas procesiones. Un ejemplo es la cruz en plata repujada de la parroquia de Nuestra Señora de Las Nieves, que precede sus procesiones en el Real Santuario Insular, como la "Virgen de los Afligidos" el Viernes de Dolores, "El Señor entrando en Jerusalén" en la mañana del Domingo de Ramos, "la Soledad" en la tarde del Miércoles Santo, el magistral "Calvario del Amparo" en la tarde del Viernes Santo y la del "Santísimo" en la mañana de Pascua de Resurrección.
Además, esta fiesta con sus actos constituía el momento estelar de la Cuaresma, en donde se dramatizaba la muerte y resurrección de Cristo. Recordemos la macabra escenificación de la "Procesión de la Sangre" por las calles de Santa Cruz de La Palma, que acompañaba al venerado y "Santísimo Cristo de la Piedra Fría". Una talla mexicana de autor anónimo que es la más antigua bajo la advocación cristológica de "la Humildad y la Paciencia" existente en el Archipiélago.
La vinculación del estamento militar a las cofradías penitenciales es paralelo al mismo sentido procesional, incorporado en las filas de nazarenos que acompañan a los tronos en sus itinerarios. Este "militarismo" se irá cristianizando a lo largo de la peregrinación individual y colectiva dentro de la propia Cofradía hasta formarse en una especie de "milicia espiritual". En nuestra Semana Santa, concretamente en Santa Cruz de La Palma, es muy destacable el riguroso orden y la digna uniformidad adoptada por sus Hermandades para el logro del bello desfile procesional. Las Cofradías de las parroquias de El Salvador y de San Francisco, y de las iglesias de Santo Domingo y del Hospital de Dolores dignifican cada vez más nuestra suntuosa Semana Santa capitalina.
La fraternidad entre sus miembros fue impulsada y promovida por la tradición cristiana a través de los tiempos. Estos, entre rezos, cantos y peregrinaciones conjuntas, superaban las barreras individuales o sociales hasta conseguir la igualdad humana y la condición de "Hijos de un mismo Padre".
Lejos están ya, sin embargo, aquellos alumbrantes y disciplinantes españoles en traje de azote: capillo, camisas con cercos al aire, ceñidor y faldas de rodilleras que, por ejemplo, admiramos en el grabado de C. Vecellio del siglo XVI. Si bien hasta el siglo XIII, el sentimiento religioso de los primeros tiempos de la cristiandad se reflejaba en el sacrificio de la Cruz, la bondad, la dulzura y el amor, en los siglos XIV y XV, aparece en la Pasión de Cristo, un sentimiento fundamentalmente patético y en ocasiones muy macabro.
A pesar de las modificaciones introducidas en períodos recientes, el sentido procesional responde al carácter tradicional manifestado en la propia colectividad humana hasta conseguir su auténtica significación en las incorporaciones introducidas por la Cristiandad.
En los últimos tiempos, afortunadamente, se observa un más que interesante fenómeno en el campo intelectual de nuestro país en lo que a prestar más atención a lo relacionado con las costumbres religiosas, con la vida espiritual y con los fenómenos devocionales de nuestros antepasados se refiere.
Así, en todo el territorio nacional es asombrosamente larga la lista de nuevas publicaciones que, sobre este particular, se han editado en la última década, y no sólo en los lugares tradicionalmente más representativos, sino prácticamente en muchas provincias. Por supuesto que existen muchísimas excepciones, pero aquí no voy a entrar.
Concretamente, en la capital palmera, es loable la labor de un equipo de personas que trabajan incansablemente para que el magnífico programa de Semana Santa salga a la luz, cada vez con más fotografías en color, con más páginas dando a conocer anécdotas y datos históricos acerca de las cofradías, de su implantación y desarrollo, de las imágenes que desfilan por nuestras empedradas calles y de todo su mundo.
BIBLIOGRAFÍA
DAVILA Y CARDENES, P.M. Constituciones y nuevas addiciones synodales del obispado de las Canarias hechas por…, Madrid, 1737.
LOBO CABRERA, Manuel. «Las primeras procesiones en Canarias», Almogaren, Centro Teológico de Las Palmas, 1994.
WILLIAMS, A.C. Religiosidad local en la España de Felipe II, Madrid, 1991.

