La investigadora Hernández Pérez decía en su estudio sobre fiestas y tradiciones de La Palma que "parece imposible e impensable cómo en una pequeña isla perdida en el Atlántico, se pudiera desarrollar entre los siglos XVII y XX tal cantidad de obras literarias y musicales de tal altura e importancia puestas al servicio de la fiesta". La misma escritora opinaba que en una primera etapa, tales obras saldrían de la pluma de los cultos e ilustrados hijos de la Isla, el llamado "Grupo de La Palma". Pertenecían a él tres célebres poetas del XVII: Pedro Álvarez de Lugo y Usodemar (1628-1706), Juan Pinto de Guisla (1631-1695) y Juan Bautista Poggio Monteverde (1632-1707). Estos cultos e ilustrados eruditos palmeros, estudiados por Sánchez Robayna y Rafael Fernández, aportaron a las fiestas de La Palma, en palabras de Hernández Pérez, las más "altas cotas de la cultura universal barroca del momento y su influencia y raíces continuaron impregnando el gusto por el teatro y la literatura en las más especatulares representaciones marianas y sacramentales de la Isla"..
El dramaturgo barroco Poggio Monteverde, que tomó los hábitos de sacerdote en 1677 del mismo fundador de la Bajada de la Virgen -el obispo Bartolomé García Jiménez-, fue el poeta más prolífico en sus trabajos literarios de carácter religioso, dedicados a la Virgen de Las Nieves. También fue autor de once loas conocidas (cinco sacramentales, cinco en honor a la "Morenita" y una al "Admirable Nombre de Jesús"). Recibió de Viera y Clavijo el epíteto de "Calderón Canario".
El carro alegórico de la Bajada de la Virgen de 1845, escrito en muy pocos días por José Fernández Herrera (1783-1857), se hizo a instancias y por invitación de Juan Antonio Pérez Pino. Narran las crónicas que fue ejecutado con todo lucimiento y que este acaudalado caballero había costeado el refresco; se cuenta que si no llega a ser por su empeño no hubiera habido aquel año representación de este número tradicional de los festejos lustrales de La Palma. Así describía el carro triunfal:
"A las 7 de la noche del 30 de enero, rompió un repique general de campanas, en cuyo acto aparecieron iluminadas las fachadas de las casas de este vecindario, la cuales se hallaban con anterioridad desde la tarde, adornadas con ramos, damascos, etc. A las 8 salió de la Alameda, en la que se encontraba reunido un numeroso concurso de los naturales de esta población y de varias de la Isla, el Carro Triunfal anunciando la Bajada de Nuestra Señora de las Nieves (desde su santuario situado en el pago de este nombre, demarcación de la Capital, según costumbre cada lustro) tomando aquel Carro su dirección por la calle principal hacia abajo. Conducía a la popa, y al lado de una vistosa palma, la Matrona que simbolizaba al pueblo palmense, y a proa, cierto Genio figurando un Ángel que indicaba la venida de la referida imagen, ambos lujosamente vestidos. Acompañaban a la primera, dos ninfas que cantaban una aria análoga al objeto, y por las otras dos alas de dicho Carro se hallaban formado dos coros, doce más pequeñas que danzaban con los signos del Zodíaco, y por la parte de afuera, le seguía una comparsa de Indios no menos decentemente vestidos, haciendo diversas figuras en derredor que enlazadas con los signos de las expresadas doce ninfas, formaban actitudes y vistas del mayor gusto, en cuyas figuras, aparecía en el desenlace final, el emblema de la Santa Imagen propiamente delineado. Al ejecutar sus movimientos la indicada comparsa repetía el estribillo o coro de los versos que cantaban las dos primeras ninfas, las cuales representaciones y canción son las siguientes.
LA PALMA:
Dime: ¿Quién eres, celestial encanto,
Portento divinal de alta belleza,
Pues compendias en ti prodigio tanto
Cual nunca nos pintó naturaleza? […]"
A Fernández Herrera también se le deben los carros de llegada entre 1830 y 1845. García Martín añade que en ellos aparecían personajes como "La Ciudad y el Ángel Tutelar, carros de despedida con el Ángel y el Genio de los Montes; diálogos del Castillo y la Nave de llegada y despedida de las mismas fechas".
Tras Poggio Monteverde fueron varios los autores que escribieron letras para los sucesivos "Carros Alegóricos y Triunfales", como el neoclásico Antonio del Castillo (1768-1844) o el romántico Antonio Rodríguez López (1836-1901). Éste último -prolijo autor, gran autodidacta, "el poeta palmero por antonomasia"- fue secretario del Ayuntamiento capitalino, fue el intelectual más influyente en el siglo XIX. Escritor en todos los géneros, el "Zorrilla palmero" fue autor de unos trece carros de la Bajada de la Virgen desde 1855 a 1900 (ambos incluidos). Obras suyas son el célebre Diálogo entre el Castillo y la Nave y la actual Loa del recibimiento a la Virgen de Las Nieves. Varias de sus obras se han reimpreso y algunos de sus Carros se han repuesto, por ejemplo en 1905, 1910, 1915 y 1935. En palabras de Pérez Martín, "con él, La Palma tuvo su siglo de oro en las letras, florecimiento que no se ha vuelto a tener desde entonces".
"De tiempo inmemorial viene prestándose en La Palma a grandes fiestas la Bajada de la Imagen de Nuestra Señora de Las Nieves. Y en este año no son menos los festejos, a juzgar por el programa que los periódicos de allí han publicado. Comenzarán hoy y duraran ocho días. Una Danza de Indios -¿de dónde la habrán sacado?- inaugurará las fiestas; en ellas, los que vayan podrán admirar Gigantes y Enanos, Carro Triunfal Alegórico, danzas de niños, gran baile, fuegos artificiales, y qué sé yo cuántas cosas más…"
Oseleza, 1880.
Eran unos carros henchidos de frescor, de belleza y sensibilidad, donde sobresalían personajes como El Genio, El Talento, La Ciudad, la Esperanza, Las Estaciones, El Aire, La Naturaleza, La Memoria, La Isla de La Palma, etc. que hacían, y aún hacen, las delicias del espectador. Como nos indica Pérez Martín, su grandeza estribaba en la "esplendidez, arrogancia y pompa lírica" así como en su "simbolismo amplio y patente, que ve el reflejo de Dios en todo lo creado y enlaza, de una manera extraña, el mundo real e ideal, lo visible y lo increado, el cielo y la tierra… para que todo venga a rendir sus galas y grandeza a los pies de La Virgen de Las Nieves y de su bondad inagotable". Escribió alegorías dramático-líricas para representar por las calles en un carro, en Fiestas Lustrales: Escena lírico dramática escrita en Sta. Cruz de la Palma para la Bajada de la Virgen (1855); Escena alegórica (1860)…
Este último carro triunfal fue escrito por Rodríguez López cuando éste tan sólo tenía 24 años. En el manuscrito La Bajada de la Virgen de 1860, de José María Fernández Díaz, Pérez García reproduce y da a conocer cómo transcurrió aquella celebración. En ella, Fernández Díaz aprovecha "para arremeter contra la Corporación municipal que regía la ciudad de Santa Cruz de La Palma haciendo gala de un lenguaje burlesco impregnado de una sutil ironía". El carro no escapa de sus comentarios sarcásticos y mordaces:
"Otra noche y otra fiesta… ¿Cuál? El Carro… el carro… mejor sería no meneallo… De él diremos que si algunos muertos se hubiesen levantado de la tumba en esa noche y lo hubieran oído, no al carro que a nadie ofendió con el débil chirrido de sus pequeñas ruedas, sino a lo que iba dentro hablando… Si alguno de los / muertos, repetimos, lo hubieran oído, se volverían a morir de cólera, de vergüenza y de profundo desprecio… ¡Pésima y majadera fanfarronada!!! Los niños, todos, estaban pasables."
La Bajada de la Virgen de 1860… Jaime Pérez García
Otras obras de Rodríguez López fueron: Alegoría Dramática representada sobre un carro en la Bajada (1865); Alegoría para el Carro (1870); Alegoría anunciando la Bajada de la Virgen (1875); Fantasía lírico dramática (1880); Carros para la Bajada de la Virgen (1885, 1890, 1895); Trilogía Sacra: En la Tierra (1895), En el Paraíso (1900), En el Cielo (1905); Carros (1910 y 1915). Su magisterio en esta solemnidad se extendió unos cincuenta años. Así, los tres últimos Carros (correspondientes a los años 1905, 1910 y 1915) se representaron póstumamente.
El Carro de 1870 fue compuesto por Atilio Ley, de origen inglés y residente en Gran Canaria. En 1875 y 1880 lo compone Victoriano Rodas; en 1885, Enrique Henríquez Hernández; en 1890 Alejandro Henríquez Brito (1848-1895), también autor de la Loa del Recibimiento (estrenada en 1880 e interpretada hasta nuestros días en el Domingo Grande); y ya desde 1895 a 1915 el mencionado Victoriano Rodas.
García Martín nos informa de que "las Alegorías de 1895, 1900 y 1905 forman una trilogía. En la primera parte, titulada En la tierra, se entabla un diálogo entre el Arcángel San Miguel y Luzbel, que es expulsado de los cielos, y finaliza con un canto entre el Cielo y la Tierra (cantan las arias), mientras un coro de ángeles entonan este estribillo:
¡Salve Estrella de los Mares!
¡Luminar de la Alborada!
¡Virgen Madre Inmaculada!
¡Del Cielo Puerta Eterna!"
Otros autores escribieron los sucesivos carros, así, quizá la única mujer, Lota España (Dolores González Pérez) en 1920.
"Sobre el altar, este día,
de aquesta peña radiosa,
sangre de Dios milagrosa
riega el jardín de María;
y Ella que al cielo extasía
y al mundo pasma en belleza,
paga en amor la nobleza
con que su pueblo la adora,
siendo en la tierra que mora
joya de eterna grandeza".
«Carro», Lota España, 1920.
Sin embargo, en su obra Fastos Biográficos de La Palma, el cronista Pérez García informa de que "Manuel Henríquez Arozena fue autor del carro alegórico de la Bajada de la Virgen de 1920, que no vio representado por haber fallecido en la misma ciudad (Santa Cruz de La Palma) el 1 de marzo de aquel año". El cartel de dicho carro, confeccionado en la imprenta del Diario de Avisos nos lo aclara: "… original de Lolita González Pérez (Lota España), música del malogrado joven palmero Manuel Henríquez Arozena".
"Constituyen los autos sacramentales un género dramático peculiar de la literatura y a sus representaciones acudía en masa el entusiasmado pueblo palmero, sobre el cual ejercían verdadera influencia. Es extraño que un teatro teológico y didáctico por su espíritu y hasta por sus formas, un teatro pobre y ayuno de todo lo que en los teatros del mundo puede interesar, halagar y atraer la atención, desprovisto de casi todos los medios artísticos propios de lo dramático, llegara, sin embargo, a conmover y a interesar aún a la ruda e indocta plebe de aquella época, siendo su popularidad comparable a la de los dramas y comedias de enredo. Esto debe atribuirse a las circunstancias solemnes en que se representaban, el atavío escénico…"
Luis Pérez Martín
Le siguieron: el polifacético José Felipe Hidalgo, en 1925, 1930 y 1945 ("Renacer", con música de Elías Santos); José Caballero López, en 1940; Félix Duarte Pérez, en 1955. Todos ellos participaron de una tramoya y puesta en escena muy similares; como dice Ortega Abraham "los personajes simbólicos mantienen diálogos sonoros versos bien medidos y metáforas modernistas, forzadas, o pulidas, con claros o turbios oportunismos temporales".
En el "Carro Alegórico" de 1925, original de José Felipe Hidalgo con música de Manuel Cuevas Mederos, titulado "María, Inspiradora del Arte Cristiano", participaban los siguientes actores: Apol-lo, Genio del Cristianismo, Musas (Poesía y Música), Diosas (Pintura, Arquitectura y Escultura), Virtudes Teologales (Fe, Esperanza y Caridad), Estaciones (Primavera, Verano, Otoño e Invierno) y Ángeles (cinco niñas y cinco niños). El distinguido pianista Elías Santos Rodríguez había ensayado la música de este Carro "mereciendo unánimes aplausos de la opinión y los inteligentes, por su exquisito gusto artístico". En este carro la luz jugaba un papel especial. Se hallaba casi a oscuras para significar el estado de sombras de la edad pagana en que florecieron las Bellas Artes. En otro momento, al aparecer el Genio del Cristianismo, "se dará toda la luz disponible". Después de que Apol-lo comience a tocar la lira muy melodiosamente con "acordes pausados y serena espiritualidad, van encendiéndose las luces…"
"APOL-LO
"Entre las rotas brumas estelalas de estrellas,
flota como un incienso, la oración de armonías
que le cantan sus Ángeles ¡¡María!! Llama eterna,
de amor, símbolo bello, mi ática lira es tuya.
La lira que fue el verbo del genio de la Grecia
dirá en sus siete cuerdas tus cristianas antífonas…
¡¡¡Oid, Musas paganas!!! ¡la inspiración es Ella!
CORO DE ÁNGELES
María de Las Nieves
es el más puro emblema
de Inspiración suprema
que la ilusión formó.
Dios único en el éter
con ráfagas de estrellas
las cinco letras bellas
de su nombre escribió"
« María, Inspiradora del Arte Cristiano», Felipe Hidalgo, Carro de 1925.

