1.- LA TRADICIÓN. EL DESEMBARCO. LOS POLVOS DE TALCO.
Era tan significativo y considerable el flujo de pobladores desde La Palma a Cuba, que las comunicaciones entre la Gran Antilla y la canaria eran más importantes incluso que con el resto del Archipiélago a finales del siglo XIX y XX. Como nos recuerda Rodríguez Brito: "En 1900 salían regularmente desde el puerto palmero con destino a La Habana siete servicios mensuales, frente a los cuatro servicios interinsulares o el único que unía a La Palma con Cádiz".
La pintura de Juan Bautista Fierro Van de Walle (1841-1930) -custodiada en el Museo Insular de la capital palmera- es, "posiblemente el icono más representativo en la pintura canaria sobre la iconografía del indiano, es decir, del emigrante isleño que, después de haber hecho fortuna en América, regresaba al terruño haciendo visible ostentación de su riqueza; y, en suma, el contraste entre el triunfo personal y el atraso secular de la sociedad campesina canaria". Ya lo dice el Diccionario: "Dícese del emigrante que vuelve rico de América".
La popular parodia que, de forma tradicional, se celebra en Santa Cruz de La Palma cada Lunes de Carnaval, el "Lunes Blanco", tiene como único y divertido fin -de forma, eso sí, respetuosa, cariñosa y elegante, por lo menos en sus orígenes- la caricaturización del desembarco de los emigrantes palmeros, "señores muy conocidos con sus esposas y sus hijos vestidos de isleños que regresaban a Cuba al son del ritmo de allí".
El alcalde de la capital ya lo decía en el prólogo de uno de los programas oficiales: "…cuando se habla del Carnaval de La Palma, se debe hacer mención expresa a su tradicional Día de Los Indianos, acto que a lo largo del tiempo ha ido calando en nuestra costumbre popular, uniendo, año tras año, a la gran mayoría de los palmeros que, con sus blancas vestimentas y sumergidos en una batalla de polvos, llenan de vida y de júbilo la ciudad. Acto singular y propio que hace diferente nuestro carnaval y que ha despertado el interés y curiosidad de muchas personas…"
Esta escena pictórica ha sido asumida, con acierto, como imagen-símbolo que mejor identifica a "Los Indianos". Así, durante varias ediciones, el cartel anunciador de ese día de las "Carnestolendas" santacruceras, publicado por el Excmo. Ayuntamiento de esta ciudad, se ha convertido en todo un símbolo de estas fiestas. Numerosos participantes también portaban un alfiler pinchado en la solapa de las chaquetas o guayaberas con esta insignia en metal.
A esta curiosa celebración se unió más tarde la ancestral costumbre de los empolvados, peculiar tradición de los carnavales de Santa Cruz de La Palma, que se extendió por el resto de la Isla.
El contemporáneo de Fierro Van de Walle, Isaac Viera (1858-1941), señala cómo en los días de las Fiestas Lustrales en honor a la Patrona de la Isla, Nuestra Señora de Las Nieves, discurrían por las calles numerosos "indianos con el indispensable sombrero "Panamá", venidos de Cuba a gozar los festejos que el pueblo palmero consagra a la venerada imagen", a "La Morenita".
"Era la época – escribe la investigadora llanense Hernández Pérez-, que los grandes veleros surcaban el Atlántico haciendo la carrera de Indias, tiempos de ensueño, esplendor y riqueza enfrentados a la decadencia de una España que veía desmembrarse su imperio de ultramar. El lema que atrajo a la emigración a América fue la conocida frase "cinco años y una fortuna"", sugiriendo el retorno del indiano a disfrutar de la Bajada Lustral (cada cinco años).
Esta ingeniosa tradición, concebida tal y como la conocemos actualmente con la generalizada denominación del Desembarco de Los Indianos es una expresión festiva y una explosión de regocijo popular, una gigantesca cabalgata blanca bajo una nube inmensa de polvo. Se trata, en definitiva, de una idea "muy exportable": es económica y no presenta dificultad alguna en cuanto a su indumentaria y puesta a punto.
Es una lástima que el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma no haya patentado esta idea tan nuestra, por lo menos es lo que tenemos entendido. Posiblemente, al no tratarse de la "Negra Tomasa", por ejemplo, que sí podría ser registrada -un símbolo físico inseparable de nuestras fiestas blancas-, sino de una costumbre multitudinaria, etc., puede que no sea esto posible.
Por este motivo, se está observando una ascendente proliferación de "indianos" fuera de las barreras insulares. "Los Indianos son de La Palma y "punto"", como dicen los más exacerbados, dolidos por las copias que se están viendo "por ahí fuera". Si algún avispado "patenta la idea" o "registra la propiedad", como se ha oído hace ya algunos años por estas fechas, "se acabarían nuestras fiestas más multitudinarias y participativas". También se oye que, "para conseguirlo, sería necesario que el Ministerio designara a nuestros "Indianos" como "Fiestas de Interés Turístico Nacional", o por qué no, "Internacional", como algo más lógico". Son estas fiestas las que nos hacen diferentes a los otros Carnavales copiados de los de Brasil.
En la actualidad, en cualquier lugar del territorio palmero se "corre" el Carnaval, con música y con "polvos de talco". Se producen auténticas batallas "incruentas y blancas" de miles de kilos de oloroso polvo de talco inundan todos los rincones, especialmente los de la capital durante este "día grande". Es una de las máximas expresiones de alegría del palmero, a pesar de que arrojar salvados, polvos y harinas se encuentra entre los más antiguos ritos del Carnaval en España desde el siglo XIV. Actualmente no existe otro lugar conocido en el que se lleve a cabo un espectáculo de estas características asumido como propio por un pueblo orgulloso actuando al unísono, sin ningún programa que lo limite. El pueblo comienza a andar por voluntad propia y es cuando empiezan "los Indianos". El resto son "copias".
El mencionado arcediano José Viera y Clavijo es uno de los primeros que escriben en Canarias sobre esta costumbre carnavalera: "Todo son juegos, chanzas, diversiones/ya arrojan al cabello limpios talcos/ya al pulcro rostro rostro harina y almidones/ya la agragea a la pulida espalda…".
Hernández Pérez hace un exhaustivo y completo estudio sobre los "empolvados, huevos rellenos, agua e inmundicias y otras costumbres del carnaval canario", en su obra, que recomendamos, titulada La Palma. Sus Fiestas y Tradiciones.
También allí se recoge una de las primeras manifestaciones directas de empolvados que conocemos. El periódico El Ómnibus, el 30 de marzo de 1867 publica una crónica fechada en Santa Cruz de La Palma que dice, entre otras cosas: "… todos los juegos se reducen á tirar á las ventanas huevos llenos de harina ó polvos de olor (especie de bombardeo); entrar en las casas a empolvar y bailar; máscaras y parrandas por la calle…".
El carnaval de las clases más adineradas se festejaba en los interiores de las sociedades y clubes de Santa Cruz de La Palma. Sin embargo, para el otro carnaval que se celebraba simultáneamente en la calle, las autoridades no cesaban de promulgar edictos y decretos que finalmente acabaron por abolir esta costumbre en todas las islas.
Un ejemplo es el decreto nacional de 1799 en el que se dice que "ninguna persona osada de tirar en las calles, sitio público de plazas, paseos ni otros sitios, huevos con agua, harina, lodo ni otras cosas con que se pueda incomodar a las gentes y manchar los vestidos…"
En definitiva, los empolvados eran muy molestos y había que erradicarlos. El periódico palmero El Tiempo, de 26 de enero de 1928, publicó una nota de la Alcaldía de la capital que decía: "Relacionado con la prohibición hecha por el Sr. Delegado de arrojar polvos y harinas… antigua tradición que no está en consonancia con la cultura de esta ciudad, el Sr. Pérez González nos ha manifestado que está dispuesto a castigar con dureza y energía cualquier intento de desobediencia de esta prohibición.".
Los vestigios de prensa que han llegado hasta nuestros días nos relatan incansablemente los intentos del pueblo por recuperar nuevamente la tradición de los empolvados en La Palma, donde sólo se conserva con fuerza y naturalidad. De este auge, nos da muestra el que, de las fábricas llegaban los paquetes de polvo con etiquetas que decían: "Especiales para La Palma". La Casa Duque, incluso, llegó a traer para su venta, paquetes de hasta 25 kilos.
El periódico palmero el Diario de Avisos, el 21 de febrero de 1963 publicaba: "Es la costumbre tan conocida y tan querida por los palmeros y las palmeras de "tirar polvos"…". También el 22 de febrero de 1965 aparecía el artículo "Correr los Carnavales", en el que un visitante sorprendido decía: "si algo pude saborear fue el contenido íntegro de un saco de polvo… que me largaron encima unos alborotadores juerguistas…"."No hay, a lo largo de todo el calendario canario, festejos que estén más fuertemente prendidos al ánimo de la gran mayoría de los palmeros…". "Algo está pasando con los polvos de talco que antaño nublaban la ciudad que daba gusto verla durante una semana…".
Ya en la actualidad, concretamente de la pluma del tinerfeño Elfidio Alonso, salía un libro en 1985 titulado Estudio sobre el folklore canario, donde, en referencia a los empolvados de la Palma, escribe: "Los más viejos del lugar creen que esta costumbre de lanzarse polvos de talco tuvo que ver con un hecho ocurrido en el siglo XIX, cuando un barco, que portaba sacos de harina en malas condiciones, dejó en tierra toda la partida…". Sigue narrando cómo los lugareños la usaron como divertimento del Carnaval, que se estaba celebrando por entonces en Santa Cruz de La Palma.
Se informa de cómo "la costumbre de arrojar polvo de talco sólo respetaba a la persona que tuviera luto, para ninguna más había indulgencia".
También se oía decir que este empolvado exagerado tenía su origen en los delicados polvos cosméticos de maquillaje que usaban las damas palmeras llegadas del Caribe, muy morenas por el sol de allí, a fin de ocultarlo y de presentarse ante la expectante sociedad de La Palma con la tez lo más blanca posible. Éste era un signo social de diferenciación y distinción entre los amos y los esclavos y sirvientes negros que componían la rica comitiva.
Recuerda Esther Curbelo cómo un Lunes de Carnaval de finales de la década de los 60 se habían presentado algunas parejas de amigos en los salones del Real Club Náutico de la capital palmera. El grupo estaba formado por varios matrimonios muy conocidos: Julieta Guerra y Gonzalo Cabrera, Manolo Cabrera y Estela, Alfredo y Aramita, Yolanda Cabrera y Pedro Vidal…
Todo había empezado antes, cuando Gonzalo le preguntó al hermano de Yolanda, Manolo Cabrera: "¿Qué haces este año?¡Con la chispa que hay aquí, en la ciudad, no hay que traer nada de Tenerife!¿Por qué no hacemos algo que tenga que ver con los cubanos?¿Quién no tiene una guayabera en su casa?…"
Pues dicho y hecho. Así comenzaron buscando la ropa que contenía un baúl de cedro que había llegado desde Cuba con unos familiares. Allí dentro encontraron "vestidos finos de gasa de algodón con floritas bordadas a mano en color violeta, sombreritos, guayaberas y otras vituallas. Todo fue la simiente de la figura del indiano…"
Ya estaban disfrazados de Indianos y no paraban de decir que habían desembarcado del correo procedente de Cuba. Esther nos cuenta que estaban "ataviados a la usanza de la famosa isla del Caribe. Ellas con ropas blancas o color crema, faldas escuálidas y rastreras al tobillo en gasa de algodón, medias y zapatos blancos, sombreritos enterrados en la cabeza, adornados con floritas de gasa o tul, algún bolsito, guantes y abanico de fina madera calada". Continuaba diciendo que "los hombres se lucían con "jipijapes" de paja, guayaberas y chalecos de algodón o lino fino, leontinas, cuervos, bastones y calzado blanco. Con las manos hacían sonar con maestría simpáticas maracas…" Es curioso -según la nota de los editores del libro conmemorativo del Club Náutico Pasos de un Siglo…, Poggio Capote y Hernández Correa- cómo el sombrero ecuatoriano popularmente llamado "jipijapa", "en La Palma se ha conservado una variante acabada en -e que cambia además su género de femenino a masculino". Se trata de un tipo de sombrero de paja y de ala ancha que se tenía por originario de un cantón al sur de la provincia ecuatoriana de Manabí, llamado San Lorenzo de Jipijapa o Xipixapa.
El grupo de aquellos primeros indianos -compuesto por queridos y respetados vecinos de la capital- se encaramaba entonces en la tarima del Real Club Náutico y entonaban:
"…Toca, toca, Lolita.
Toca, toca este vals.
¡Ay, mamá, ¿cómo quiere usted
que toque este vals
si es la primera vez
que lo voy a tocar?
Toca, toca, Lolita.
Toca, toca este vals…"
Esther Curbelo seguía transcribiendo las palabras de Yolanda Cabrera:
"Salíamos a la calle ya almorzados a la usanza cubana, a veces de pie y otras montados en un coche antiguo verde y descapotable que nos prestaba Germán García, de Breña Alta. Entrar en el Club y tocar la marcha Toca, Toca, Lolita en el rellano de los espejos, nos animaba muchísimo…¡Era todo tan bonito! No usábamos pamelas de ala ancha, no; eran sombreritos encasquetados a la cabeza…"
"El Desembarco de Los Indianos" toma parte oficialmente como tal en el programa de festejos carnavaleros de 1966 organizados por el Ayuntamiento de la capital palmera, denominados entonces "Fiestas de Invierno". Es aquí cuando se preparan formalmente, donde la comisión de fiestas del "recibimiento de los indianos también celebró asambleas y los residentes desempolvaron los trajes, les sacaron la naftalina o los hicieron." Los indianos, con su singular vestimenta, "traen a las Fiestas el sabor de la América lejana".
Hay que tener mucho cuidado con la indumentaria que está proliferando en las últimas ediciones. Se trata de parodiar al indiano rico y es preciso ponerse las grandes galas para dar "sana envidia o no" y hacer ostentación de la riqueza (aunque no la haya) ante familiares, amigos y vecinos en general que se quedaron allá en el terruño. El que fue pobre al Caribe buscando trabajo, debe de regresar triunfante como un gran señor a La Palma. Aquí no cabe ponerse camisas "hawaianas", ni sombreros "mexicanos", ni muchos de los atuendos que nada tienen que ver con las Antillas… Debe de haber mucho oro, joyas, encajes, perlas, pamelas, relojes, baúles, loros, billetes, sirvientes, habanos, abanicos, leontinas… Por supuesto todo ello de bisutería y confeccionado por materiales que se adapten a todos los bolsillos… Pero debe de primar la gracia, el lujo, el orgullo… pero no la utilización de elementos ajenos al asunto. Hay que tener mucho cuidado. Se debería de ofrecer programas informativos en las televisiones, radios o medios de comunicación locales para asesorarnos a todos los participantes de cómo se debería de ir y lo que se debería de evitar. Crear incluso de talleres de costuras municipales, etc. Creo que de esta forma preservaríamos la continuación en el futuro de este número señero y auténtico del Carnaval de la capital de La Palma. En caso contrario, esto se "desmadraría", olvidaría su origen y perdería su razón de ser, es decir, sería el principio del fin para este popular y anhelado acto anual.
Desde las diez de la mañana del Lunes Blanco de Carnaval comienza en el atrio del Ayuntamiento "La Espera", con entrega de "distinciones a Ministros, Embajadores y Cónsules llegados a la isla para tan importante empolve. Se garantiza jolgorio y se requiere rigurosísima etiqueta…". Se inicia la fiesta con recitales de música cubana, degustación de melaza y otros productos típicos en la Plaza de España, actuaciones teatrales, etc. y por fin, el "recibimiento oficial de La Negra Tomasa" (figura emblemática de las fiestas: Embajadora de Cuba, o de "Fidel Castro").
En el programa de la edición de 2010 se lee:
"10:00 h. La Espera (regreso de los Indianos). Te esperamos en la Plaza de España de Santa Cruz de La Palma para recibir a los viejos amigos, vecinos y familiares que marcharon a América en busca de fortuna. Hoy llegan para alborotar la ciudad con sus ritmos cubanos"
Más tarde, después del almuerzo -momento mágico en el que "disfrazados de indianos", las familias y los grupos de amigos, asociaciones, comparsas, grupos… se concentran en casas, sociedades, bodegas, etc.-, se reparten varias toneladas de polvos de talco gratis en los camiones dispuestos por la corporación municipal justo antes de que dé comienzo el Gran Desfile de Indianos desde la Avenida homónima hasta la Plaza de la Alameda. Es aquí, junto al Barco de la Virgen de Las Nieves, donde tiene lugar la gran verbena del Desembarco. Hace unos años el Consistorio capitalino cambió el nombre de Carretera de Bajamar por el de Avenida de los Indianos. Un acierto. Queda perpetuada así para la posteridad la importancia que el indiano tuvo para nuestra historia, cultura, economía, música, gastronomía…
En el recinto principal de las fiestas comenzarán las verbenas y el festival de música cubana hasta el día siguiente, quedando toda la ciudad blanca y resbaladiza, como después de una gran nevada.
Nuevamente nos referimos al trabajo de Hernández Pérez: "en un principio, los polvos de talco estaban alejados de este cortejo decimonónico. En los años ochenta se recupera, con implantación anual, para el programa oficial del Ayuntamiento "La Llegada de Los Indianos", a la que se entremezcló la vieja tradición de los polvos; hoy, "la batalla de polvos de talco y la llegada o desembarco de los indianos" se ha convertido en el número más representativo del carnaval de La Palma".
2.- EL CUADRO DE "LOS INDIANOS".
Esta obra del mentado Fierro Van de Walle es un dibujo a tinta y acuarela de 22 x 29 cms, cuya firma aparece junto con la fecha de su ejecución, 1911, en el ángulo inferior derecho: "J. B. Fierro". Actualmente se custodia en una de las salas del Museo Insular de La Palma, dependencias del extinto Convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción, conocido popularmente como Convento de San Francisco de Santa Cruz de La Palma.
El autor -un artista aficionado- había sido capitán de las Milicias Insulares, jefe del Partido Liberal, Diputado Provincial por La Palma, presidente de la prestigiosa Sociedad "La Cosmológica" de la capital palmera, llegando a convertirse en su Director Honorario como reconocimiento a su labor.
Su estilo pictórico, caracterizado por la deliberada ingenuidad, tanto en la representación de la realidad como en los colores empleados, esto es, primitivo y "naïf", relata, por lo general, tipos y costumbres populares con técnica y perspectiva inocente y candorosa. A través de su mirada podemos observar cómo aflora el humor, el fino sarcasmo, la pizca de mordacidad, una suave parodia y caricaturización de las escenas costumbristas y figuras, fiestas, personajes populares, vistas urbanas… Ejemplos de este quehacer tan personal, tan suyo, son las siguientes obras: El ciclista de Puntallana y La ermita de la Concepción de Buenavista en fiestas (1884), Vista de Santa Cruz de La Palma desde el Barranco de los Dolores (1884), Convento y plaza de Santo Domingo (1885).
Se trata de un amplio catálogo de obras de un alto valor documental y etnográfico. Es importante la valoración que los estudiosos de las costumbres y tradiciones, folkloristas en general, han hecho sobre su más celebrada obra: la indumentaria tradicional de los diferentes municipios de La Palma, fechada en torno a 1860.
Fue también cronista y narrador de su tiempo y representó los acontecimientos más importantes de la vida de su Santa Cruz de La Palma natal y de la Isla: Bahía de Santa Cruz de La Palma el 2 de mayo de 1876; Amarre del cable telegráfico en 1883. Como todos sabemos, la capital palmera fue la pionera en las Islas de los grandes avances del siglo XIX.
Su interés por lo etnográfico y lo social se plasma en pinturas como Los Indianos (1911), en la que queda representada la llegada a su "terruño amado" de un matrimonio de indianos, ahora ricos, y sus dos hijos, recién desembarcados y procedentes del Caribe.
Aquí coexisten una serie de valores típicos y tópicos que J. B. Fierro, con gran sentido descriptivo y documental, se deleita en detallarnos. Son los elementos que distinguen al "indiano": el color blanco impoluto de su impecable traje de lino, el sombrero "Panamá" de fina paja tejida, el distinguido pañuelo doblado en el bolsillo de su lujosa casaca que combina con la sombrilla que porta bajo el brazo, los botines de piel, su gran anillo en el dedo medio de su mano izquierda, con la que sujeta la jaula redonda de un exótico loro verde y rojo… Su esposa e hijos llevan blondas, joyas, mantilla, encajes, mitones, abanicos, sombreros de flores, regalos, botines, quitasoles a la moda de La Habana, etc.
En contraposición a esta sugerente escena de la familia de acaudalados indianos y a las "novedades del Nuevo Mundo" que ésta representa, se exhibe ahora a los personajes de la tierra, que contemplan atónitos a los recién llegados, sorprendidos en sus labores cotidianas e identificados por su indumentaria campesina tradicional. Detrás de ellos, aparece el único que parece haberse dado cuenta de la llegada y toma parte activa de la escena. Es precisamente el campesino descalzo, con mandil, chaleco y montera que, cabizbajo por el peso del gran baúl de cedro y por el del paquete blanco que porta en su brazo derecho, fuma también, no un habano, sino una cachimba. Se marca así también otra enorme diferencia. Más que ayudarlos, parece un esclavo que soporta el gran peso del equipaje de sus amos en época colonial.
A lo lejos, los vecinos se agolpan curiosos a las puertas de las humildes casas típicas de campo palmense, ávidos por conocer y admirar el "espectáculo". En primer término, dos mujeres de "pueblo", vestidas a la antigua usanza; una con un gran cesto de paja sobre su cabeza y otra con montera. Parecen haber sido extraídas de su espléndido catálogo de trajes típicos anteriormente mencionado.
En su atuendo es posible distinguir las prendas más representativas de la ropa femenina: las enaguas blancas bordadas, faldas recogidas a la cintura, sombrero de paja en la mano, justillos, toca, pañuelo sobre los hombros, etc.
Le sirve de fondo un paisaje rural, detalladamente recreado por el autor, donde no faltan las palmeras, las "piteras", el campo sembrado de trigo, paredes de piedra volcánica tan reiteradas a lo largo de nuestros campos de La Palma, techos de teja roja… Detrás, la inconfundible silueta de la montaña de Tenagua (Puntallana), que surge por el norte sobre la bahía de Santa Cruz de La Palma. "La perspectiva acientífica y la representación en perfil de las figuras situadas en primer término, rígidas y estereotipadas, acentúan el primitivismo de la composición".
También en el magnífico y completo Museo Insular, se guarda otra versión de este tema, firmado así mismo por Fierro en 1911 (23 x 16,5 cms) y simplificada con las imágenes del indiano – sin su familia -, del porteador y de una "maga".

