Un torreón horadado

Hace ya muchos años, en una de mis frecuentes excursiones, me propuse conquistar un torreón que presenta sus entrañas horadadas. Era una mañana espléndida, de esas en las que el rey Sol nos demuestra lo implacable que puede ser cuando decide descargar todas sus radiaciones de manera nítida sobre este mundo, convirtiéndose en un amenazante obstáculo para aquellos locos aventureros que empeñados en una meta no dudan en desafiarlo. Todo estaba lleno de "chiribitas" y falsas apariencias que llegan a confundir incluso a los caminantes más expertos. Era de esos días que te aprietan hasta el agotamiento…

Había por todas partes un embriagador aroma a resina volatizada. Es un olor que despierta tus sentidos y te pone en alerta por lo potencialmente inflamable de la situación. Mientras me acercaba a mi objetivo, trepaba por el margen izquierdo del acantilado, sorteando pequeñas y resbaladizas pendientes -fruto de la caída de las casi perennes acículas resecas- que continuamente amenazaban con llevarme hacia el precipicio. Con la preocupación metida en el cuerpo, los sentidos exaltados y la cara enrojecida por el calor y la congoja, avanzaba paso a paso casi deslizándome. Mis pupilas, dilatadas hasta lo inimaginable, tropezaban una y otra vez con los escamosos frutos entreabiertos de nuestro majestuoso símbolo botánico. Era una alocada pero metódica carrera por salir de aquel solajero otoñal, provocado por el siroco, que recalentaba mis sesos y eliminaba sin piedad cualquier vestigio de verdor. Solo descansaba para observar el desafiante deambular de aquellos insectos que por su vuelo lento y zumbón lograban atraer mi atención.

Unos cuantos cientos de metros más arriba se abría, como una media luna en la noche, una oscura boca que exhalaba un fresco aliento que invitaba a penetrar en su interior. Comencé -como casi siempre- con el ritual establecido: todo un despliegue del material previo a la conquista. Una mirada a los alrededores, un leve calentamiento, algunas rutinarias posturas y una vez templados todos los músculos, ya sin más preámbulos, poco a poco me fui deslizando hacia su interior, sorteé algunos obstáculos y me agarré con fuerza de algunos puntos que sobresalían. Flexioné todo mi cuerpo mientras poco a poco aumentaba la tensión del momento. Una vez que penetré en su interior, recorrí toda la galería y me deleité con sus magníficas salas…Comprobando que otros me habían precedido disfrutando de ella; algunas heridas, pequeños agujeros y varias cicatrices en sus repisas, delataban sus anteriores experiencias, que hablaban de un uso digno, como refugio de aventureros y abrigo de pastores.

Ya llevaba algunas horas escudriñando su interior y recorriendo sus entresijos cuando de repente y sin previo aviso toda la gruta se iluminó con un inquietante destello, por un momento cegador, para unos ojos distraídos por la oscuridad.

Aún confuso, un aterrador estruendo sobrecogió mi ya alborotado corazón que hizo ponerme en pie, mirando sin ver, mientras giraba la cabeza de un lado a otro buscando una explicación que calmara mi inquietud. De improviso otro resplandor hizo que viera un haz cegador que entraba por la boca y que encogía mis entrañas. De inmediato un segundo estruendo hacía que todo mi cuerpo vibrara al unísono con la cavidad. Rápidamente me desplacé hasta la entrada y allí, ante mis atónitos ojos, se estaba desatando una armoniosa y seca tormenta. Aliviado al descubrirlo, me arrepoché entre dos piedras y casi sin pensarlo me propuse disfrutar de aquel espectáculo, dejándome llevar por la abstracción. Así, había momentos que parecía que el cielo se rasgaba, en otras diría que estaban rodando muebles, cuando no eran redobles o bien cañonazos. En todo caso me parecía una lírica natural de sonidos melodiosos y atronadores.

Cuando decidí irme, el sonido ya quedaba lejano. Minutos después conducía mi coche por una pista polvorienta que me llevaba hacia la rutina del día a día mientras sonaba "Summertime", de Janis Joplin, que ponía colofón a una jornada inolvidable a las puertas de nuestra catedral.

Creo que es un paraje fácil de adivinar. De todas formas, en breve tendrán la solución.

COMENTARIOS (2)

  1. ANTONIO MANUEL MARTIN RODRIGUEZ dice:

    Estimados lectores, aunque pensé que este acertijo era
    fácil, he visto -por las dudas que muchos de ustedes me han planteado por la calle- que ha sido más enigmático que otras veces. Efectivamente, como bien sugiere Pedro Luis, se trata del Bejenado, verdadero torreón de nuestra catedral natural que es la Caldera de Taburiente, y horadado, porque tiene más de una veintena larga de tubos volcánicos. Algunos de ellos
    entrarían en la categoría de los más espectaculares e
    interesantes de La Palma.

  2. Queen dice:

    Algo ayudó la experiencia
    de subir al campanario
    y hasta por ser temerario
    en las cosas de la ciencia…

    Mas que convicción, fue corazonada… ¿Acaso no es el Bejenado el campanario de nuestra catedral natural?

    Un abrazo en el nuevo año y ánimo para todos los amigos que dudaron… No olviden que para salir de la crisis hace falta coraje y decisión… y si nos equivocamos, para eso tenemos al maestro que nos corrija.

Los comentarios están cerrados.

Scroll al inicio