Dice que te vas para La Gomera.

Miércoles 12 de octubre de 2011. Día del Pilar, la Pilarica como dicen los maños, también día de la Hispanidad y festivo en toda España. Es un día en medio de la semana, en medio de la nada, así que decido hacer algo diferente y me pongo  a buscar alternativas. Encuentro una excursión de la Asociación de Caminantes Las Breñas para patear por la isla colombina, yendo temprano en barco y volviendo en el mismo por la noche. Parece un buen plan. Me apunto sin pensarlo mucho. Isla redonda surcada de mil barrancos: ¡allá vamos!

Madrugón para embarcarnos en el trimarán de pasajeros traído desde Australia, dicen que a todo se acostumbra uno, habrán algunas excepciones… en mi lista de "a lo que no me acostumbraría nunca" pondría los madrugones, también algunas cosas más, pero con sueño difícil reflexionar sobre ello, ahora mismo solo pienso en camas, almohadas, colchas y sábanas, y un poco en La Gomera, ya me iré despertando según me acerque.  Reunión en el embarcadero, reparto de boletos de ida y vuelta para todos los caminantes, unos cuarenta y tantos -¿harán todos uso del de regreso?-, y abordaje del barco. Nos distribuimos en su interior como hordas,  amigas en este caso,  buscando buen acomodo en sus acolchados sofás y butacas,  aunque algunos, como es mi caso,  preferimos la dureza de las banquetas y las barandillas para disfrutar en cubierta de la calma chicha.  

Son las seis menos cuarto  y  partimos del puerto de Santa Cruz de La Palma. Todavía es noche cerrada, una espectacular noche otoñal casi veraniega: cálida (más de 20 grados centígrados), despejada y con una maravillosa luna llena. En cubierta veo la maniobra de desatraque y como poco a poco nos vamos alejando de la ciudad y de la isla hasta quedarnos en medio de la inmensidad del mar. El barco es un transporte más sufrido y lento que el avión, pero indudablemente más romántico y aventurero. Pienso en las personas que en otras épocas tuvieron que emigrar en barco, en sus sentimientos en cubierta al alejarse de la isla, un mar de sensaciones sobre la mar: tristeza, esperanza, incertidumbre, emoción, libertad, aventura… sin saber en cuanto tiempo volverían, incluso si volverían. Ciertamente desde el barco todo se ve diferente, todo es más relativo, todo es más infinito,  hasta que pones pie en tierra, ahí vuelves a la realidad: el barco siempre es un puente entre dos mundos tanto físicos como mentales vayas a donde vayas. Un lugar perfecto para el tránsito del alma.

Después de una hora y media de trayecto estamos entre La Gomera y  Tenerife. Debido a las características de la noche, despejada y con luz de luna -que provoca que se vean perfectamente los contornos de las dos islas-,  la sensación es de estar atravesando un estrecho. Mi mente viaja hacia la gran Turquía y me imagino que estoy entrando en el Bósforo y pienso en las distancias de sus orillas: sin son parecidas, o mayores o menores que las que existen entre Tenerife y La Gomera. También pienso que algún día me gustaría atravesar el Bósforo en barco, e imaginar que soy un pirata morisco que va a Estambul a gastar a manos llenas. Mi mente va más allá, me gustaría surcar el mar en un barco atraviesa-estrechos, que desde Canarias subiera costeando África para adentrarse en el Mediterráneo, pasando cada estrecho y canal en el camino, buscándolos si hace falta: Gibraltar, Bonifacio, Messina, Otranto, Corfú, Corinto, Dardanelos, Bósforo, y pasar Estambul y no detenerme y  continuar por el Mar Negro hasta que se nos acabe el agua salada en dirección Este, adentrarnos en el Mar de Azov por el estrecho de Kertch y llegar al límite, la ciudad rusa de Taganrog, fortaleza y puerto fundado por Pedro I de Rusia en 1698 en su lucha por acceder a los mares meridionales, una vez allí, aprovecharía la ocasión para visitar la casa museo del escritor Antón Chejov, lugar donde nació y pasó su infancia y juventud; Chejov, maestro del cuento literario, entre mis pertenencias estaría La Dama del Perrito, cuento que me leería en la zona portuaria sentado en algún rincón lleno de transeúntes, me imaginaría que alguna de las bellas mujeres que pasan es Anna, su protagonista, la más que se acercase a su propia descripción: "era alta y delgada, vestía completamente de negro y desprendía un olor a ciprés y a café"; afinaría mi vista y olfato, me impregnaría del lugar y de las personas, una vez acabado el cuento y  mis cábalas sobre la mujer más parecida volvería al barco y sobre mis pasos, haciendo el mismo camino marítimo y atravesando los mismos estrechos y canales, y al llegar a Canarias, entre Tenerife y La Gomera, recordaría todo el viaje y me inventaría un nombre para el estrecho que los une, el mejor nombre posible, me tomaría el tiempo necesario, lo recorrería tantas veces como hiciera falta.

A las siete y media atracamos en San Sebastián de la Gomera, lo que en su momento fue un pequeño fondeadero ha evolucionado hasta convertirse en un puerto con un tráfico importante. Diferentes barcos la conectan continuamente con Tenerife. Todavía es de noche pero retazos brillantes de oriente nos avisan de que falta muy poco para que el Sol haga su aparición estelar. Nos recibe Antonio Espinel, del club de caminantes La Taparucha de La Gomera, será nuestro cicerone. Es una persona instruida que desinteresadamente compartirá con nosotros sus amplios conocimientos sobre su isla: amabilidad y cordialidad interinsular. En un pequeño paseo por San Sebastián para tomar un café veo a una  mujer que había viajado sola en el barco, en su mundo y ajena a nuestro grupo, de manos de un hombre, en este caso bien podría ser: amor interinsular; incluso La Dama del Perrito versión canaria. A nosotros no nos espera un amor sino una guagua:  nos subimos y nos dirigimos al Cedro.

En el camino vemos que los secos barrancos están roturados al máximo, no hay un rincón sin haber sido trabajado por las familias  para el cultivo, huertas con paredones formando terrazas para aprovechar la humedad y al mismo tiempo barreras para frenar la erosión en una lucha contra la naturaleza. La mayoría están abandonadas, cada vez hay menos manos dispuestas para la agricultura, es un trabajo muy esforzado.  Según vamos subiendo el paisaje seco va tornando verde y frondoso, la laurisilva asoma y le damos la bienvenida, o más bien, ella a nosotros, es la anfitriona.

Pasamos por el  Roque de Agando, un espectacular monolito natural entre dos barrancos. Un bello paraje  que fue mudo testigo de una tragedia: 20 personas murieron el martes 11 de septiembre de 1984 al ser acorralados por un incendio mientras trabajaban para sofocarlo. Nuestro cicerone intenta pasar de puntillas sobre el tema pero finalmente lo comenta brevemente. Intuyo que no tiene ganas de hablar sobre ello pero al mismo tiempo se siente obligado para honrar a las víctimas. Y es que el recuerdo es homenaje. Un monolito, en este caso artificial, se encarga de que nadie olvide a los que nos dejaron ese fatídico día. Hoy en día el lugar ha recobrado el mismo esplendor que tenía antes de convertirse en un paisaje desolado,  un símbolo de esperanza. 

Llegamos a Laguna Grande, un área recreativa que dará inicio a nuestra caminata. El Parque Nacional de Garajonay (declarado así en 1981 y posteriormente patrimonio de la humanidad) es un bosque antiquísimo, formado mayormente por laurisilva, vegetación de hoja perenne, que ha crecido y se ha mantenido al amparo de los Vientos Alisios, que con su humedad lo riega  y protege continuamente. El Monte del Cedro es el más querido por los gomeros, contiene la laurisilva más importante de Garajonay, un vestigio del hábitat desaparecido en el Mediterráneo en la Era Terciaria. 

Entre laureles, acebiños, hayas y helechos,  disfrutamos observando y conversando mientras paseamos. Lo normal es que la neblina esté presente, dándole un aire fantasmagórico al bosque: lo bueno es el misterio,  la magia y la humedad que lo envuelve todo;  hoy hace un sol espléndido: lo bueno es que el campo de visión es mayor y el clima cálido y apetecible. Nos encontramos con troncos de eucaliptos caídos en horizontal sobre la maleza, por lo visto la política medioambiental del parque es bastante rigurosa, los eucaliptos no son originarios del bosque sino traídos de fuera, por lo que han decidido talarlos dejando que sus restos orgánicos se fundan con la naturaleza. Otros árboles importados han corrido mejor suerte ya que han mutado y se han adaptado perfectamente al ecosistema, caso de algunos castañeros, también pinares, aunque algunos grupos de estos últimos todavía están  en fase de estudio hasta saber qué suerte corren. El Parque Nacional de Garajonay tiene un centro biológico que cultiva su propia vegetación, un parque botánico para repoblar e ir manteniendo en perfectas condiciones el bosque donde sea necesario. El ser humano destruye o modifica el curso natural de la naturaleza, pero también puede regenerar y reconducirla: he aquí la prueba, he aquí la esperanza.

En un claro del camino podemos admirar la Fortaleza de Chipude, como su propio nombre indica, una auténtica fortaleza natural, una montaña que en su parte superior es plana y de roca. Si estuviera situada en  la histórica Europa medieval ya  tendría un  inexpugnable castillo en lo alto, al valiente que se acercase para intentar conquistarla, le caerían calderos de aceite caliente. Pero no tiene castillo, su belleza es tan pura como natural, y eso lo hace muy especial; lo más que puede caerte si te acercas es fresco rocío cristalino. Desde La Palma se ve su silueta y pienso en todas las veces que me he fijado, y en esas tardes especiales que suceden de cuando en cuando,  un par de veces al año a lo sumo, cielos muy limpios en los que el sol al  declinar proyecta un foco sobre La Gomera y se ve nítidamente su abrupta orografía, como si tus ojos fueran dos catalejos de larga distancia. Y destacar imponente La Fortaleza, imposible no distinguir su especial figura. Y quieres que la tarde se eternice y no se vaya nunca. Y al día siguiente por la tarde vuelves a mirar y tus ojos ya no son catalejos. Por eso cuando ocurre es algo que se disfruta mucho. Te parece que está tan cerca La Gomera que te apetece ir a nado, o por lo menos, en  un barquito en un tranquilo paseo, porque el mar está tan quieto que es un espejo del cielo, o el cielo un espejo del mar, lo mismo da: en su quietud ambos se reflejan.

Coronamos el Alto de Garajonay, el punto más alto de La Gomera: 1487 metros lo contemplan. Las vistas son preciosas, se ve una espectacular panorámica del Teide. Los gomeros dicen que el Teide es más suyo que de los tinerfeños. Algo de razón tienen, está a una distancia perfecta, ideal…  ni muy lejos ni muy cerca, se admira en toda su esbeltez. Tiene que ser sensacional poderlo contemplar durante todo el año, con  las diferentes estaciones y colores y ambientes: nieve, seco, lluvioso, arco iris,  nubes, amaneceres, atardeceres… un filón inagotable para fotógrafos y pintores y sensibilidades de cualquier condición.

Garajonay es una leyenda aborigen, la tradición oral relata que en la Gomera vivía una hermosa muchacha  llamada Gara que conoció a un joven y apuesto guanche de la vecina isla de Tenerife llamado Jonay que había cruzado el mar a bordo de dos pieles de cabra infladas. Se enamoraron pero los parientes de la muchacha se oponían a su amor así que los jóvenes amantes huyeron al monte y fueron perseguidos. En el pico más alto, al verse acorralados, tomaron dos palos afilados en sus puntas y, apoyando sus pechos y,  antes que vivir separados, murieron juntos y atravesados.

El guía nos echa abajo esta leyenda, nos dice que es una invención como las de tantos otros lugares, como Romeo y Julieta y tantas otras historias. O es poco romántico, o muy pragmático, quizás de exacerbada alma historiadora escrita, o simplemente realista. Siento una desilusión tan grande como cuando de niño me enteré de que los reyes magos eran los padres. Pero no todo el mundo está por la labor de descreer tan fácilmente. Surgen comentarios. Que las leyendas pueden ser fantasía pero también tener una base real. Alguien pone el ejemplo del gigante Goliat, que en verdad no era un gigante sino un fariseo, un cacique de la época, un déspota que tenía amedrentada a toda la población y contra el que nadie se atrevía, hasta que un muchacho joven lo desafió y lo mató, y se convirtió en héroe y ejemplo hasta nuestros días. Otra persona recuerda a Aquiles y que  solo tenía un punto débil, pero cree que realmente era un guerrero tan bueno y respetado como difícil de contrarrestar y que la leyenda se encargó de crearle un punto débil insólito: el talón. Poco a poco la gente va sintonizando sus pensamientos y dándose argumentos que aporten legitimidad a la leyenda de Gara y Jonay. Creer es cuestión de fe, las leyendas son creencias, y el que quiere creer a fe que lo hace.

En el alto se forman diferentes corros y conversaciones. Una mujer se preocupa de la vecina isla de El Hierro y sus habitantes, la cual se vislumbra muy vagamente debido al calima reinante, y que estará aconteciendo en lo que al volcán respecta. A colación, la guarda forestal, Carmen,  nos cuenta que durante el volcán de El Teneguía en La Palma, en 1971, se podía distinguir perfectamente el humo desde La Gomera, una gran columna blanca, de la que incluso llegaban cenizas, y que por la noche se juntaban familias y amigos en su pueblo norteño, Agulo, para ver el espectáculo que se les ofrecía en el cielo: una incandescencia rojiza que lo recubría.

Continúan las conversaciones insulares en un agradable ambiente de camaradería. Nos mantenemos en El Hierro. Un hombre recuerda que antiguamente solo había un ataúd en la isla, épocas de mayor carestía, y que ese ataúd servía para transportar a los muertos hasta el cementerio, una gran cueva, una vez enterrado volvía a su lugar de origen; un ataúd reutilizable; una época más humilde pero también más económica y ecológica, porque una vez enterrado el muerto ¿para qué sirve el ataúd? Puede que los bichos tarden más en devorarte, pero lo van a hacer igualmente, es gastar  madera y más madera; ya lo decía Groucho Marx: ¡más madera, es la guerra!; en este caso: ¡más madera, es la muerte! No se porque extraña razón la conversación gira a las vacas y que antiguamente las más caras  cuando llegaban desde Holanda en barcos a los puertos de Canarias eran las vacas preñadas porque eso era prueba fehaciente de su fertilidad, y la fertilidad era un don con un plus incorporado que había que pagar.

Después de este buen rato distendido y agradable en lo alto de La Gomera volvemos a desandar lo andado hasta volver a Laguna Grande, ahí nos tiramos en los bancos y en las mesas de los merenderos y debajo de los árboles y comemos y descansamos. Luego subimos en la guagua para bajar a San Sebastián. Los caminos de La Gomera son radiales debido a su forma redonda y su orografía: su cumbre está en el centro desde donde parten todos los barrancos hasta el mar. Me sorprende lo salvaje y escarpada que es la isla, y pienso que lo es incluso más que La Palma, ya que en La Palma hay zonas llanas y  tendidas, pero  La Gomera es puro barranco, y me doy cuenta de porqué inventaron el ingenioso silbo gomero,  para comunicarse entre los barrancos y ahorrarse largos e interminables rodeos. Realmente es una isla tan bella como dura, tan admirable como sufrida.

Llegamos a San Sebastián y nos sacamos una foto en grupo en la Torre del Conde, nos despedimos de Antonio Espinel, todos les damos las gracias por tan magnifica aportación, ha sido un guía de primera, con sus conocimientos hemos aprendido mucho, pero también nos recuerda  que quedan infinidad de senderos por transitar, las ganas de volver están ahí. También nos despedimos de un muchacho gomero muy simpático del mismo club que compartió el día con nosotros.

Nos queda la tarde en San Sebastián hasta subirnos al barco que nos lleve de vuelta a La Palma. Cada uno lo disfruta a su manera. Unos se van de compras para llevar recuerdos y presentes a la familia y amigos, productos típicos gomeros: guarapo (bebida hecha a base de miel de palma), almagrote (paté a base de queso ligeramente picante), diferentes artesanías,  etcétera… los más hambrientos se van a degustar un delicioso potaje de berros, ideal para recobrar fuerzas, los más calurosos van a refrescarse a la playa de San Sebastián, ciertamente  el día está perfecto para ello,  y los más cansados descansan a la sombra y tirados en el césped del parque principal charlan entretenidamente.

Nos subimos todos en el barco, definitivamente nadie se queda en tierras colombinas. Justo antes de oscurecer, zarpamos. Primero sale nuestro barco de la compañía Fred Olsen y seguidamente el de la compañía Armas. Es una carrera imposible, nuestro barco multicasco le sacará más de una hora de ventaja al barco monocasco, nos deslizaremos por el mar sobre tres ligeras quillas con pasmosa facilidad; por suerte, el mar está en calma, normalmente este viaje de vuelta es más complicado que el de ida ya que se suele ir contra marea.

El Trimarán Benchijigua Express es un barco espectacular, fue proporcionado por la compañía Austal (Australia) en 2005, tienen 127 metros de eslora y puede transportar 1280 pasajeros y 340 automóviles, pudiendo alcanzar velocidades de 40 nudos, que viene a ser aproximadamente 74 kilómetros por hora. Son buenos barcos en mares turbulentos: los trimaranes tiene menor resistencia a la corriente, mejor estabilidad y un área de contacto menor en el casco de la nave; por lo tanto, son muy seguros; por el contrario, son más difíciles de maniobrar que un barco monocasco.

En el barco nos desplegamos por sus diferentes zonas de esparcimiento. Subidos a bordo viene la agrupación folklórica Echentive, de Fuencaliente, pasaron el día en Arona de romería y regresan cantando y tocando las guitarras: son incombustibles;   algunos pasajeros se suman a cantar con ellos en una improvisada fiesta de regreso. Yo me encuentro a unos amigos, una pareja de novios, que han pasado varios días en Tenerife. 

Nos sentamos juntos y nos contamos como nos ha ido. Entonces surgen las típicas conversaciones marítimas canarias, anécdotas que todos saben y conocen o que han sentido en sus carnes. Este último viaje es Tenerife – La Gomera – La Palma, donde el barco atraca aproximadamente a las 22 horas y duerme hasta la mañana siguiente, vuelve temprano a La Gomera y está todo el día haciendo el trayecto Tenerife – Gomera hasta que regresa a La Palma. En La Gomera la parada es muy breve, aun así se puede salir a estirar los pies, solo debería ser a estirar los pies…

Cada uno cuenta su historia. La mía es la de unos amigos que regresaban un lunes de carnaval desde Tenerife, para disfrutar el día grande de los de La Palma, Los Indianos, pero se bajaron un momento a tomar aire en La Gomera y se despistaron y se quedaron tirados, tuvieron que hacer noche en una pensión y por supuesto perderse la fiesta a la que iban tan entusiasmados. Ella cuenta la de un matrimonio con un hijo pequeño que se quedaron dormidos en el último trayecto hacia La Palma, cuando se despertaron comprobaron que estaban de vuelta hacia la Gomera, hablaron con la tripulación y les dejaron bajarse en la isla colombina para esperar todo el día hasta que partiera de nuevo el barco por la tarde. Mi amigo también cuenta la suya, le ocurrió a el mismo, como queriendo dejar constancia de que es real y no hace falta que se la cuenten:  en un regreso Tenerife – La Palma, se bajó con dos amigos a dar un paseo por La Gomera, perdieron el barco, tenía el coche dentro y tuvo que llamar a la familia para que fueran con la llave de repuesto a sacarlo de su interior, y con los dos amigos  vivió en la indigencia en San Sebastián, no tenían dinero y estuvieron toda la noche y todo el día siguiente tirados en bancos y parques. Historias típicas de isleños. Hay Historias de la Puta Mili, Historias para no Dormir, Historias del Más Allá, Historias del Kronen, incluso Historias de O, y por supuesto, Historias de Barcos y Canarios, es algo inherente, el mar nos rodea.

Casi sin darnos cuenta estamos llegando a La Palma. Me asomo a cubierta; ya es de noche y se ven las luces de las casas brillando a los lejos. La Luna nos alumbra el camino y sobre el mar en calma se dibuja una estela blanca. Entonces pienso en la gente que emigró  y regresan, después de 10, 20, 30 y hasta 40 años o más, y en sus sensaciones y sentimientos, algo tan personal como inexplicable, ver como con parsimonia el barco te devuelve al pedazo de tierra sobre el mar en que naciste y del que una vez partiste sin saber si volverías. Y arribar y dar los primeros pasos y ver la gente y los lugares y sentir las igualdades y diferencias,  un mar de sentimientos que inundan el alma interior hasta provocar vías de agua y tener que achicarla y expulsarla al exterior en forma de lágrimas, tan dulces como saladas.

Mi viaje ha sido más corto en espacio y tiempo: de ida y vuelta en un solo día a la vecina isla de La Gomera. Y pienso que ha sido un bonito día y que ha merecido la pena y que he disfrutado y aprendido y que hay una camaradería tácita y evidente entre los isleños aunque nos separe el mar, y que La Gomera estará ahí y me apetecerá volver y andar y desandar sus caminos y perderme en sus bosques milenarios y silbar en sus barrancos. Y al llegar a casa me tumbaré en la cama y soñaré que soy un príncipe aborigen de otra isla que en La Gomera me enamoro de su princesa y que la familia lo consiente y nos respeta y me quedo a vivir para siempre.

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