Desde el principio de los tiempos el hombre ha sentido una gran atracción por el mar. Su cercanía le amedrenta cuando, encrespado, ruge furioso. Su inmensidad le fascina cuando, apaciguado, sus olas lamen la costa. Es un ente vivo que expresa sus sentimientos; a veces muestra su enfado en forma de tempestades y en cambio otras le recompensa con pacífica quietud.
La necesidad de buscar una justificación a los distintos estados de ánimo de esa gran masa de agua que satisficiera el racionamiento lógico inherente a la condición humana favoreció la elaboración de distintas conjeturas que explicaran su misterioso proceder. Este misterio dio pie a la invención de dioses que son quienes expresan su voluntad a través de él. Dioses que forman parte de las mitologías de casi todas las culturas.
Pero esa atracción, antes mencionada, combinada con la innata necesidad humana de conquistar nuevos ámbitos, hizo superar al hombre sus miedos y adentrarse en él.
Muy probablemente, el descubrimiento de la navegación no se dio en un momento concreto ni en un lugar determinado. Dado que la interacción entre los distintos pueblos ha sido muy lenta y costosa, no sería lógico pensar que tal descubrimiento se propagara desde un único lugar.
Como en muchos otros casos sería la propia naturaleza quien diese las claves para el desarrollo del arte de navegar. Posiblemente, el hombre observaría los restos de ramas y arbustos enredados que se desplazaban flotando a lo largo de los ríos hasta llegar al mar. Observaría, acaso, cómo pequeñas aves se posaban en esas primitivas balsas impulsadas por el flujo de agua.
Desde ese entonces hasta hoy la capacidad de navegar ha ido evolucionando en función de los conocimientos que el ser humano ha ido adquiriendo. De esta evolución, extraemos la conclusión de que la navegación, en su lento y progresivo discurrir, ha sido utilizada para facilitar el acceso a nuevos alimentos, probablemente su primera utilidad. También lo fue para hacer la paz, al constituir un nexo de unión y comunicación entre los pueblos. Y para hacer la guerra, facilitando el acceso a nuevas tierras que conquistar. El mar nos ha obligado a vivir juntos, como hermanos o como enemigos, ha servido para que intercambiemos mercancías, buques, hombres y…, cómo no, creencias.
Pero será una nueva vertiente del arte de navegar la que inspire este blog. Se trata de la navegación como recreo y deporte.
El deporte de la vela es el epílogo del capítulo que en la evolución atañe a la relación del hombre y la mar. Aquel hombre que, atemorizado, buscaba divinas interpretaciones a las reacciones pelágicas ha llegado a la conclusión de que aquello que le hace débil y temeroso es su propia ignorancia. Por ello a lo largo de los tiempos, tras infinidad de vicisitudes en las que no siempre ha existido una armónica ni agradable relación, el hombre ha aprendido a conocer, a entender, a disfrutar, a respetar la mar. Con actitud valerosa, pero con prudencia y humildad ante las fuerzas de la naturaleza. Ésta es la premisa en que se basa el deporte de la vela. Reinar sobre la mar es reinar sobre uno mismo.

