Leocricia Pestana Fierro (1853-1926) (III)

Las crónicas informaban también de que le gustaba sobremanera recibir invitados en casona de la "Quinta Verde", sobre todo a aquellos intelectuales que, de paso por la capital palmera, ya habían mostrado interés especial por hablar con ella, conocerla y aprender y departir con ella gratas conversaciones. Estas visitas eran acompañadas con frecuencia por un gran amigo de Leocricia, el ilustre  entomólogo palmero Elías Santos Abreu (1856-1937) que, además, era su médico.

Otro de los importantes personajes que estudiaron la obra de Leocricia fue el publicista Sebastián Padrón Acosta, quien, al profundizar en la producción de las poetisas canarias, quiso comenzar con ella. La consideró "un espíritu inquieto, una mujer enamorada de la libertad y de la belleza, amante de la independencia y propulsora de la cultura de su isla; un alma lírica y arrebatada que se entusiasmaba leyendo los discursos de Castelar". El mismo crítico opinaba que sus magníficos sonetos estaban imbuidos del espíritu de Voltaire, indicando que, uno de los que más sobresalían era el titulado A la Sociedad Amor Sapientae:

"Con férreo diente la corteza dura

De nuestra madre tierra, audaz destroza

El arado que mano vigorosa

Va impulsando por árida llanura.

Al desgarrar cruel su vestidura

Deja en el surco la cimiente hermosa,

Que mañana la lluvia generosa

Transformará en guirnaldas de verdura.

Así también, sin que te arredre el peso,

"Amor Sapientae", tu saber prodiga

Surcos, abriendo el pensamiento humano,

Que en el extenso campo del progreso

¿quién no piensa al coger la rubia espiga

En la mano feliz que sembró el grano?"

 José Apolo de las Casas (1894-1975) -profesor de Pedagogía en el Colegio de Santa Catalina y titular de una plaza de magisterio en la Escuela Real, también de la capital palmera- sitió una especial curiosidad sobre la poetisa palmera. La observaba desde la Huerta Nueva, con prismáticos, "y le parecía una musa, un ensueño, una divinidad pintada de blanco, que leía, leía sobre la ladera del barranco toda la literatura liberal desde la Revolución Francesa en adelante; que el año de 1789 era para ella un altar, un lábaro, un sol sin límites". Este célebre personaje isleño -que colaboraba también en la prensa local y dirigía el periódico falangista Escuadras– pretendía averiguar el alcance literario y el valor poético de la obra de Leocricia. Le parecía muy escasa puesto que sólo conocía: dos poemas sencillos, cuatro sonetos y un brindis. Llegó a decir: "debe existir algo más o aquí hay algo raro".  

Otro personaje de la época, Crisóstomo Ibarra, que también escribió sobre ella, también de joven contemplaba a la dama desde lejos "aquella figura de mujer, blanca y pálida como un lirio o una magnolia, que se deslizaba bajo las luces crudas del sol por entre los rosales y las enredaderas que trepaban por los muros de su jardín, siempre escoltada por dos rubios felinos que iban rozando su falda, larga como una túnica grieta…"  Años más tarde, tendría la suerte de visitar a Leocricia en su mansión. Quería conocer de cerca de esta mujer aislada de todo, sola…; sin embargo no era así según ella misma, pues se sentía acompañada constantemente de sus flores, sus gatos, sus sueños, sus libros, sus versos…  

Efectivamente, entre sus libros Leocricia era feliz. Una gran biblioteca -excepcional para la época- repleta de libros era el lugar mágico de su casona y el preferido para recibir a las visitas. Era una sala luminosa y alegre, llena de flores y de sabiduría, de historias, de poesía… Pérez García escribía: "la anfitriona, de rostro fuertemente maquillado, observaba a sus visitantes tras unas gafas de  gruesos cristales con unos ojos que revelaban su inteligencia; entonces hacía gala de su trato afable y afectuoso. Su cultura era vasta; sus ideas, firmes y claras, que no vacilaba en exponer; consideraba a la mujer española esclava de la Iglesia y llena de prejuicios, y criticaba con toda pasión toda tiranía…"

Después de que en 1898 se trasladara a vivir a la "Quinta Verde", se la vería bajar al centro de la ciudad en muy contadas ocasiones. Así, al año siguiente, "la culta  psicóloga" visitó a su suegra Rosario Álvarez Romero en su casa de la Calle Real con motivo de su enfermedad y posterior fallecimiento. Todos los miembros de su familia se iban muriendo uno a uno: se quedó sola. Así, su retiro se vería cada vez más acentuado a medida que iba envejeciendo.

Sin embargo le seguían llegando invitaciones para que participara en veladas y le seguían solicitando su colaboración con algún poema. Sólo entonces ofrecía algunos versos para justificar su ausencia. Sin embargo asistió a algunas, como en la noche del 29 de diciembre de 1909 "…en nuestro teatro se celebró una velada literario musical en honor del poeta Emiliano Duke y Villegas. En ella formó parte la ilustre poetisa Leocricia Pestana de Carrillo…" (Germinal, enero 1910). También, el 11 de enero de 1905,  se celebró otra velada en honor de Leocricia y otras. Leocricia esta vez sí se presentó.

En otras ocasiones, como dijimos, no fue así. Entonces solía suplir su presencia física con su célebre obra y su dulce poesía. Así, por ejemplo, envió un soneto para que fuese leído en la Biblioteca Cervantes el 19 de marzo de 1912 con motivo de la celebración de una velada literario musical en conmemoración de las Cortes de Cádiz. Leocricia no acudió y lo leyó Antonio Rodríguez Méndez. Otro soneto fue enviado a la Sociedad "Sangre Nueva", para excusar su ausencia a un acto en el que fue invitada en 1914. Fue leído por el afamado y polémico periodista Antonio Acosta Guión (1886-1972). 

Otro poema titulado Deprecación fue leído en el Real Nuevo Club Náutico el 19 de febrero de 1909. El acto, al que fue invitada pero no acudió, tuvo lugar para recaudar fondos para los damnificados de los terribles terremotos que arrasaron Calabria y Sicilia. La población se movilizó y la Sociedad "Amor Sapientiae" inició una suscripción a beneficio de las víctimas. El alcalde Manuel Van de Walle y Pinto organizó un baile de máscaras en el Circo de Marte. El periódico local Germinal publicaba aquel soneto:

¡Oh, Dios del Sinaí, fuerte y celoso,

Que envuelto en la nube que la luz colora,

Ostentas en la diestra vengadora

De tu cólera el rayo poderoso;

Que al soplo de tu aliento rencoroso

Infecundas la tierra productora

Lo mismo que al malvado, al virtuoso.

Calma ya de tu ira los rencores,

Vierta el iris de paz apetecido

Sobre las ruinas del inmenso osario

Sonrisa de celestes resplandores,

Y hoy que te llama un pueblo dolorido,

Responde por piedad, Dios del Calvario!"

 

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