La relación entre el mar y los seres humanos es tan antigua como la propia historia de la humanidad. De esa primaria unión, mitad curiosidad mitad necesidad, surgió la pesca. Desde que nos hicimos recolectores de lapas, cangrejos, pulpos y peces en las charcas de las zonas intermareales para poder subsistir, al menos desde el Paleolítico Medio, nuestros antepasados pescaban. Es una profesión de las antiguas de verdad, pero también es una afición que navega entre el deporte y el ocio.
La fascinación ejercida por ese inmenso mundo acuático la descubrí desde muy pequeño en las largas tardes vacacionales del verano, cuando un grupo de chiquillos -apenas ocho años de edad- nos reuníamos con nuestras cañas fijas de bambú y un ilimitado optimismo para irnos juntos en alegres excursiones, a la segunda meseta del muelle exponiéndonos al Sol en espera de algún sargo, salema, vieja o cualquier pez que se atreviera a picar en nuestros anzuelos mosquita comprados en la tienda de D. Francisco, en los bajos del Club Náutico de la calle Real. Así, de la manera más inocente, muchos de nosotros nos íbamos abriendo al conocimiento de la biodiversidad litoral de nuestro medio natural que luego forjaríamos en estudios universitarios.
La pesca es una promesa de aventuras, una suma de estímulos capaces de hacernos asumir riesgos y percibirla como un desafío de satisfacciones inmejorables. La verdad es que nunca he dejado de soñar con algo tan placentero como una deliciosa tarde de verano fondeado en una pequeña chalana del puerto mientras echábamos unos lances de pesca en la bahía de Santa Cruz de La Palma, contemplando en toda su belleza y esplendor nuestra abrupta y descarnada costa, esperando ese mágico momento crepuscular en el que conforme anochece, se van encendiendo las luces de la ciudad hasta alcanzar el clímax en ese instante fantástico de colores cálidos que se mezclan en el cielo mientras dan paso a las estrellas.
Dicen que soñar que nos estamos preparando para salir a pescar con caña en una barca es augurio de éxito en la vida -en el ámbito hogareño y en lo social- y muestra el deseo de explorar nuestro subconsciente y su interior. No sé si es cierto, pero no he dejado de tener instantes de ensoñación que me han llevado a una inesperada comunión con la naturaleza. He estado muchas veces allí, en un punto imaginario mientras desarrollaba una conversación con un amigo en espera de una sutil picada de alguna de las muchas presas que vagan por nuestras costas. Al mismo tiempo que observaba cómo cambiaban los ritmos nictimerales acompasados por sus indispensables pausas. Disponiendo, en consecuencia, de tiempo para nosotros, para nuestros recuerdos, para la reflexión…
Siempre ha sido así: delicadas y eternas olas mecen nuestra barca al mismo tiempo que la ligera brisa que nos refresca la cara y entumece la nariz nos lleva al garete en busca de las infinitas promesas de nuevas conquistas. Mientras, los ojos, impávidos no dejan de observar el horizonte, pendientes del más mínimo atisbo de movimiento, de quizás fugaces reflejos iridiscentes, de bioluminiscencias fatuas que delatan toda la seductora vida. La mayoría de las veces esta ensoñación pasa desapercibida por las puñeteras prisas que siempre tenemos al querer apurar la existencia al máximo, perdiéndonos la mayoría de veces, los más leves atisbos de la presencia de una naturaleza casi infinita en todas sus formas.
Por eso tengo claro que los verdaderos pescadores deportivos no buscan la captura masiva de peces, sino que dedican su esfuerzo a obtener ese quimérico pez soñado, el mejor ejemplar, con las mayores dimensiones y peso, para poder satisfacer el afán de superación innato en el hombre. Obviamente, también se trata de divertirse y entrar en contacto con la naturaleza para liberarse de las presiones de la agitada vida actual en nuestras ciudades.
Asimismo un deseo, que los vientos que nos arrecian les lleven felicidad y la lluvia que nos ahoga les descargue su alegría. Un abrazo desde este húmedo paraíso. Feliz pesca y Felices Fiestas.

