Aventura

No por casualidad escribo estas escasas líneas y las "subo" al blog de El Apurón el 2 de octubre, un día de celebración familiar por tratarse del aniversario de boda de mi hermana Manolita y Nane Carrillo. Llevan juntos cuarenta años (en este caso podríamos decir que si "veinte años no es nada", cuarenta es aun menos), tiempo suficiente para comprobar que el amor, el amor de verdad, no el enamoramiento ni el enamoriscamiento, surge como un volcán y acaba asentándose como una gran montaña llena de caminos hacia la cumbre; una montaña que no se desmorona así como así porque, entre otras razones, acoge todas las variantes de vida posible.

      Ahora que el síndrome de Peter Pan se extiende con la globalización, ahora que el egocentrismo y la impaciencia -el zapping del alma- por todas partes suele resquebrajar relaciones e imponer la bandera de la libertad individual por encima del compromiso derivado de los afectos, la estabilidad de esta pareja concreta de la que les hablo parece un ejemplo luminoso del milagro que tantas y tantas canciones han anunciado a dos voces sin temor a la banalización. El destino de Manolita y Nane, como una trenza que no cesa de crecer y armarse a sí misma sobre sí misma, no es otro que el de tantos amantes que se abrazan en la pantalla cuando la película termina con un fundido en negro. Ese fundido, el signo de una elipse en toda regla, representa la esperanza y el futuro, siempre incierto a pesar del conjuro prometedor del "fueron felices y comieron perdices". Todos los relatos, orales o escritos, reales o ficticios, persiguen el mismo colofón en tanto que el ser humano necesita comprobar que el esfuerzo del amor merece la pena. Porque el amor es, antes que nada, esfuerzo, y nos redime al obligarnos a dar lo mejor de nosotros mismos.

      Por supuesto sé que hay historias de amor fallidas que no pueden ni deben continuar en la pamplina de la hipocresía y el sufrimiento: nunca es tarde para rectificar ni para empezar de nuevo, y afortunadamente, en contra de los cantos de sirena de la clerecía más conservadora, ya nadie está obligado a soportar lo insoportable. Faltaría más. Esto le confiere más valor si cabe a la experiencia del amor real que se afianza con el vuelo de los años. Para ello tiene que haber una convivencia intensa pero sin demasiados altibajos (tampoco ha de rehuir, ni mucho menos, las bonanzas de la rutina doméstica), en todo caso basada en el respeto mutuo, el único secreto de la fórmula, la única clave posible: sin respeto estamos perdidos, tanto como lo pueden estar dos náufragos chapoteando a oscuras en medio del océano.

      De cualquier manera, aunque se habla y se gasta más tinta sobre los amores rotos -ruidosos, novelescos- que de los estables, la búsqueda de la felicidad en pareja, y aun su consecución, no es un sueño o una utopía cursi, sino el reto de una aventura del carajo que no se deja eclipsar fácilmente.

      Felicidades, Mano, y felicidades, Nane. Me alegro por ustedes, y por sus hijos y sus nietas.

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