Un pastor de cabras, por Juan Capote

Aún no ha amanecido cuando un hombre retira de sí la manta y se incorpora. En la entrada de la cueva, de pie y alerta, le observa el perro que va a compartir con él toda la jornada. El pastor se desplaza bajo la atenta mirada de su can, bebe un trago del botijo y agarra un zurrón. Después juntos caminan hacía el rústico corral, montado en un abrigadero, donde entrarán las cabras para ordeñarse. Los animales se están secando pero aún quedan algunos que dan la leche suficiente para hacer un par de quesos y para alimentar a la pareja. El hombre comerá el gofio amasado con ella mientras que el perro (¿o es perra?) lamerá el suero donde flota un trozo de pan duro.

Ha amanecido y quizás el cabrero haya visto al sol salir. O puede que lo vea caer más tarde; depende de la orientación de la cueva ya que en esa época había pastores en muchas partes de la isla. Hombre y animal se intercambian una mirada, la de este penetrante y la del cabrero casi ausente. Es la hora de emprender el camino. Minutos después un intenso tintineo anuncia la atropellada salida de las cabras hacía los pastos arbustivos que dominan el entorno. El sonido se suaviza con la dispersión del rebaño y el reflujo de la brisa. "Compañero" (o quizás "Lobo" o "Cubana"…) atiende a una orden y rodea sin prisa la manada, se sienta y mira. A otra señal se aproxima nuevamente al animal más cercano provocando que casi todo el rebaño se desplace precediéndolo. Solo tres chivas, hijas del mismo padre, se quedan a un lado, enviciadas con los restos de un escobón ya bastante castigado. El fastidio apenas se nota en la mirada del hombre, pero el perro parece intuirlo porque está erguido, observándolo ansioso. El pastor sabe que algunas cabras son más díscolas que otras, que el carácter se hereda y recuerda como se lo pensó antes de ponerle aquel chivato con pinta de diablo a sus cabras. Con un leve gesto ordena a "Compañero" que ponga las cosas en su sitio. El can sube como un tiro hacía las chivas, ladra una sola vez. Las cabritas corren y él las persigue velozmente con su boca abierta: parece un depredador a punto de capturar a su presa. Saltando de roca en roca se acerca a la más rezagada pero, cuando todo indica que ya va a morderla, simplemente le toca con el hocico en su grupa y espera a oír el familiar silbido que le ordena quedarse clavado sobre el terreno. El perro no lo sabe pero su amo, a pesar de ser aun joven, ya ha matado a dos de sus predecesores por morder la ubre de una cabra. Entre canes y hombres, en la soledad de los riscos, se crea un vínculo especial aunque tiene sus límites, a pesar de todo. En aquella época de penuria la pérdida de la capacidad productora de una cabra, prácticamente segura después de una mordida en sus mamas, era un golpe fuerte para el pastor y aún más cuando varios animales terminaban perjudicados. Casi todos los perros pastores son lupoides y su capacidad de trabajo en el pastoreo está basada en la habilidad de sus amos para transformar su instinto depredador hacía esa actitud. Por eso, cuando un animal expresa su agresividad por primera vez, normalmente no es también por última: en general repite su comportamiento con consecuencias nefastas para la economía de aquellos cabreros pobres. El vínculo entre perro y hombre que entonces se rompe aún no se había consolidado, puesto que suelen ser perros jóvenes los que manifiestan este comportamiento.

Normalmente el cabrero deja las cabras de noche en una zona donde ellas pueden alimentarse al amanecer y baja al pueblo para dormir en su casa, pero la presencia de perros asilvestrados, con un instinto de cazador acentuado por el hambre, hace que el pastor cambie su rutina hasta que los famélicos chuchos sean exterminados sin contemplaciones por él o por sus compañeros. Por eso ahora el cabrero conduce a su rebaño hacía los pastos en donde tendría que haber amanecido la manada. Camina con mesura y sabe que su perro lo hace de la misma forma, por la parte más baja de la ladera. No necesita verlo y eso es fundamental en el peligroso terreno que ahora transita. Pocos años atrás, "El Guindero", un colega suyo al que todos tenían como el mejor caminador en riscos, se despeñó desde un "paso" que solo él atravesaba. Su muerte causó conmoción, pero sus colegas sabían que no era el primero y que tampoco sería el último: gajes del oficio.

Los perros tenían que desenvolverse en esos parajes, competir con las cabras en su terreno. Por eso  empíricamente su físico había sido seleccionado para la verticalidad y el equilibrio, con potente grupa y tamaño corto. Estas dos cualidades, junto a su sobriedad y a su carácter mesurado, valeroso e inteligente era lo que buscaba el ganadero. El coraje era especialmente necesario cuando el cabrero se dedicaba a capturar las pocas cabras salvajes que aun quedaban en las zonas más abruptas y peligrosas de la isla, formando cuadrilla con varios amigos y muchas veces intentando eludir la constante vigilancia de los guardas. Entonces el perro era de vital importancia para acorralar a un tipo de reses que parecían volar sobre paredes y salientes. Y no pocas veces lo pagaban con sus vidas.

El pastor lleva consigo una lanza, hecha de corazón de pino, rematada por el sólido regatón de hierro. Es un instrumento imprescindible, una extremidad más que le permitirá atravesar sendas inverosímiles. Pero el perro no cuenta con ninguna ventaja. Tendrá que arreglárselas con sus condiciones físicas y su valentía, heredada de la capacidad de supervivencia en los riscos que tenían sus padres y abuelos.

Por fin el pastor logra que su rebaño llegue al alejado arbustal de "codesos". Los animales se distribuyen entre las plantas, buscando las hojas más tiernas de un vegetal lleno de toxinas. Dos meses más tarde morirán todos los cabritos, unos justo después del parto y otros nacerán muertos. El cabrero lo sabe y lo admite. Los codesos tienen un alcaloide que provocará esa mortalidad, pero también un fuerte carácter nutritivo que permitiría a las cabras cargarse de reservas para iniciar la lactación con toda garantía. Sabe también que un solo queso, de formato grande, vale más que dos cabritos para carne y que puede reponer las bajas de su manada cada dos o tres años. El perro no comerá el cadáver de ninguno de esos cabritos, a pesar de ser perfectamente asimilables. De hecho no comerá carne de ningún animal de la manada que controla, a no ser los restos de la que el cabrero cocine para si mismo y su familia.

La lanza ha dejado de dar sombra cuando empiezan a echarse para rumiar. Entonces perro y cabrero buscan una sombra cercana y cómoda. Cuando llegan a ella el pastor abre el saco que lleva al hombro y extrae un trozo de pan medio duro. Después de beber un trago de vino del pequeño barrilito se lo come con queso y arenque, de los que vienen en unas latas que mas tarde, nuevamente selladas, servirán para mandar piezas de queso a Cuba. Toda la operación es observada por un perro sabedor de que, antes o después, una cáscara, o la cabeza del pescado, será el premio a su compañía.

 Tras la siesta, el hombre agarra su navaja y talla con ella el trozo de corazón de brezo para elaborar una tranquilla, pieza que unirá la tira de cuero que mantiene el guicio, la pequeña campana que identificará a cada uno de los animales del rebaño con sonidos diferentes. En una tierra de abrupta orografía y llena de arbustos, las cabras se salen de la vista a cada momento. Sin embargo siguen localizadas por el sonido de sus cascabeles. Cuando el pastor las reúne, a veces echa en falta alguna. Y quizás en ese monte él no puede oírla pero el perro si. Ha captado perfectamente la inquietud de su amo y se muestra intranquilo, esperando una orden. "Compañero tráila", le dice una voz gutural y casi inteligible. Se estira como un resorte y corre sorteando arbustos para lo que su cuerpo, corto y flexible, está especialmente preparado. Antes de cinco minutos el balido de una cabra, llamando a sus compañeras, indica la llegada del animal seguida tenazmente por el perro.

 Cuando la luz de la tarde comienza a perder intensidad, anunciando el refresque, el pastor ha emprendido el camino de vuelta. Va delante junto con el perro, pausadamente, arrullado por un rítmico tintineo de muchas campanillas. La manada le está siguiendo, sin necesidad de que el can dirija su trayectoria, quizás porque percibe instintivamente que su integridad corre peligro. Dormirán fuera, pero el entorno hoy es seguro para ellas. Aguilillas y cuervos pueden matar a crías recién nacidas aunque los animales adultos solo son vulnerables a los perros asilvestrados. Pero ahora la cercanía del cabrero y el olfato de su compañero protegen a la manada con eficacia.

Ya casi se ha hecho de noche cuando el pastor y el perro se asoman desde la cueva. El cabrero va a sentarse sobre una piedra y el animal a se pone a su lado. Ambos observan a las cabras mientras se retiran desde la fuente donde han bebido, a un paso tan lento como la caída de la tarde. Perro y hombre se vuelven y, mientras el animal da tres vueltas para echarse cómodamente, el pastor agarra de nuevo su zurrón y lo abre para introducir el gofio. Esta vez le pone agua y lo amasa sobre su muslo. El perro parece dormitar, como si no se interesara en una operación que ha visto tantas veces, pero se yergue rápidamente cuando el cabrero empieza a cortar las cáscaras de un queso curado. Se las tira, sabiendo que no llegarán al suelo, y busca su barrilito de vino.

Las estrellas abarrotan el firmamento en aquella noche de luna nueva. Al pastor, que conoce alguna de ellas, le gusta imaginárselas llenas de caminos que las entrelazan como si fueran veredas de un barranco. Las cabras están allí y tranquilas. El olfato del animal puede percibirlo y el cabrero también lo capta: apenas se oye un tintineo aislado, lo que indica que el rebaño descansa en sus echaderos Por primera y única vez en ese día, el hombre acaricia la cabeza del perro. Sus labios se mueven acompañando a un susurro imperceptible: "Compañero…"

 

 

 

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