La Real Cédula de 1512 autorizaba la construcción de esta histórica fortaleza en el muelle de Santa Cruz de La Palma. La licencia fue concedida al año siguiente. En el Archivo del antiguo Cabildo de Tenerife, el 17 de julio de 1514, así mismo, se autoriza la recaudación de 150.000 maravedís para la edificación de dos torres, una en dicha Isla y otra en La Palma. El Castillo de San Miguel del Puerto ya estaba terminado el 13 de junio de 1515 con un coste final de 250 ducados, que era todo lo que se había podido recaudar "en claro menoscabo de lo ordenado en su momento por la Corona". La lógica advocación a San Miguel vuelve a relacionar al arcángel guerrero y triunfador con la protección de La Palma, justo en su entrada principal. El dinero se obtiene de las habituales penas de cámara y de los quintos de cabalgadas -capturas de esclavos en Berbería-. En ese año se nombra el primer alcaide de la torre, Vasco de Bahamonde, sobrino del Adelantado. Rumeu la supone cimentada en los primeros años del siglo XVI. Serra Rafols cita el documento fechado el 13 de julio del mismo año en el que se lee:
"Otrosí; muy poderosa Señora, Vª Aª mandó que se hiciesen dos torres, una en el puerto de Santa Cruz desta isla (refiriéndose a Tenerife) y otra en la isla de San Miguel de La Palma; y pues esta es mas principal isla y tiene necesidad della, segun lo que se suena de guerras y armadas por experiencia vemos nos toman los navios del puerto, sin lo poder resistir; que pues la de la Palma está hecha, de esta luego se mande hacer suplicamos a Vª Aª…"
Se situó a la entrada de la ciudad, en la antigua plazuela del muelle, al borde de la playa o desembarcadero, donde posteriormente se emplazará el puerto proyectado por el ingeniero Leonardo Torriani en 1584. Hay que recordar que la elección del lugar para la fundación de esta ciudad costera tuvo muy en cuenta al escogerse uno de los fondeaderos más seguros de Canarias. Más que una torre, era un simple baluarte, más eficaz para la artillería. Su planta era hexagonal y medía tres metros y medio de lado. Fue la fortaleza más antigua de La Palma y una de las más remotas construcciones militares de Canarias. La torre tenía dos pisos: el primero, con troneras y vigas de madera, servía de dormitorio a la guardia y la segunda, con pretil o parapeto, era una especie de patio de armas a lo largo y ancho de la azotea en la que existían cuatro piezas de artillería. Por cierto, sería en 1524 cuando se haría la dotación de artillería de hierro.
En el inventario de Juan Negrete, en 1591 se decía que la torre tenía un artillero y dos ayudantes, con "una culebrina, dos sacres y un cañón". En el inventario del 13 de marzo de 1599 se leía: "una pieza cuarto de cañón de 16 quintales, la que tiraba con bala de 9 libras, dotada de 22 balas y encabalgada en su caja; otra pieza nombrada San Juan, es media culebrina de 27 quintales de peso, la que tira con bala de 9 libras y tiene 22 de repuesto; otra pieza que es un sacre de 14 quintales y tira con bala de 5 libras, teniendo 35 balas de repuesto; tres picas y una campana". La Torre estaba construida en mampostería y se accedía a la misma a través de una única puerta, situada en el sur y rematada con varios escudos de los cuales hablaremos más adelante.
Una Real Cédula, fechada en 1528 y recogida por Tous Meliá, permitía al Cabildo "a que pueda repartir entre los vecinos lo que pareciere para ayuda de las fortificaciones". Se cree que esta medida no fue suficiente, puesto que el rey concedió al Cabildo la sisa sobre el vino por 400 ducados durante cuatro años para los gastos de reparaciones en las fortalezas y el sostenimiento de los artilleros. La Real Cédula se firmó el 8 de octubre de 1538. Pinto de la Rosa escribía que esta sisa se iría actualizando a lo largo de veinte siglos a razón de un real por cada barril.
Una vez fundada, Santa Cruz de La Palma creció rápidamente. Seis décadas después de terminada la conquista, su riqueza tentaba a la voraz piratería. El autor portugués Gaspar Frutuoso resumía así el estado de la capital palmera:
"Eran muy de ver las casas ricas, llenas de cajas y cofres encorados, los ricos escritorios, todo lleno de vestidos de seda y brocados, oro y plata, dinero y joyas, vajillas; las tapicerías con historias de que estaban adornadas; las panoplias llenas de lanzas y alabardas, adargas y rodeles; los jaeces riquísimos de caballos, sillas con mochilas cubiertas de brocados con mucha pedrería; los sillones de mucho precio; los arneses y cotas de malla con otras ricas armaduras. Porque no hay en la isla hombre honrado que no tenga dos o tres caballos moriscos, y muchos oficiales los tienen y sustentan; los cuales en las fiestas de cañas y escaramuzas, todos salen a la plaza, y son de los más nobles estimados y buscados y no envidiados ni murmurados, como en otras partes y naciones hacen muchos hinchados, a quienes parece ser sagrados y no se han dejar conversar por todos…"
La primera acción pirata contra La Palma se producía el 1 de marzo de 1537, "cuando una flota francesa de 80 naos al mando de Bnabo fue interceptada por la de Miguel Perea". En aquella ocasión, los franceses se batieron en retirada. Desde esa fecha, la ciudad fue asediada por piratas europeos y norteafricanos con suerte desigual. Fracasaron en sus empeños personajes tan importantes como John Hakkins y Edward Cook, el Prior de Crato (rival del rey Felipe II y pretendiente del trono portugués, en 1583) y el holandés Van der Doez que, en 1599, tras el saqueo de Gran Canaria, "y con la mayor flota que vieron las islas" fue rechazado por la artillería y las milicias insulares.
El azúcar, las manufacturas, el vino y los aguardientes palmeros pagaron las obras de arte, las prendas de ajuar, los muebles y las herramientas y a los oficiales y maestros que construyeron y adornaron las "casas blancas y más altas de Canarias" (Torriani), luminosas y cómodas, "con lujos, juegos y bailes cortesanos" (Mendes Nieto), y las iglesias y conventos "grandes y ricos" (Frutuoso). La ciudad estaba repleta de tesoros. Era un tesoro en sí misma y su extraordinaria fama era conocida allende los mares. Los astutos piratas no eran ajenos a este suculento botín y no cesarían en su empeño de conseguirlo como fuese.
Finalmente los peores presagios se cumplirían. En 1553 fue asaltada e incendiada como "una nueva Roma". El 21 de julio de ese año, François Leclerc, conocido como "Pata de Palo" o "Pie de Palo", atacó y saqueó la ciudad, permaneciendo en la maltrecha capital unos nueve días. Los piratas destruyeron cuanto no pudieron robar y causaron daños superiores a los quinientos mil ducados. Durante este asalto, la torre de San Miguel -la única que poseía en aquel entonces La Palma- fue casi desmantelada. Viajeros famosos del siglo XVI -como Leonardo Torriani y Gaspar Frutuoso- comentaron en sus obras que estos sucesos habían provocado un ambicioso plan de reconstrucción de la ciudad. Así mismo, se proyectaba la realización de un sistema defensivo en torno al Castillo Real de Santa Catalina, acuartelamiento principal, y los castillos de Santa Cruz del Barrio y el de San Miguel del Puerto, y con una docena de obras nuevas -atalayas de vigilancia, polvorines, baterías y fuertes- distribuidas por lugares estratégicos de la comarca y por la línea litoral.
El investigador Tous Meliá escribe: "El 5 de marzo de 1554 se inicia la reconstrucción del castillo de San Miguel". El Cabildo repararía la torre y construiría un terraplén de planta trapezoidal para que "jugara la artillería". Desde este lugar, se protegía, con el fuego de los cañones allí emplazados, a los navíos surtos en el puerto. Algunos investigadores precisan que no se reconstruyó sino que se hizo de nuevo desde cimientos. Sin embargo, López Cepeda -gobernador cuyo escudo aparecía en la portada principal del fuerte según algunos investigadores- al enviar una misiva al emperador Carlos I el 20 de agosto de 1554, confirmaba a S. M. que "he acabado un terrapleno abrazado a una torre vieja que antes había en este puerto". Rumeu de Armas recoge un informe del 13 de agosto de ese mismo año en el que se especificaba que "la fortaleza que está junto al puerto, tiene una torre alta y junto a ella un terrapleno mas bajo de pared bien gruesa de piedra de barro y cal; el cual dicho terrapleno tiene una plazeta buena empedrada do pueden estar las piezas de artilleria…" Si bien este nuevo diseño cambió la fisionomía de este baluarte defensivo, López Cepeda aún lo calificaba de "pequeña, inútil y sin ninguna maña para la defensa". Como veremos a continuación, la historia no le daría la razón. Para bendecir la obra, una procesión solemne sale de El Salvador el 4 de octubre de 1560 a la que asiste toda la comunidad religiosa así como gran parte de la población.
Junto con el escudo de este ilustre personaje palmero (otros estudiosos dicen que es el del Adelantado o del gobernador Fonseca), la única puerta de entrada poseía otro, más grande, tallado en piedra caliza con el de las Armas Reales, y otro con las Armas Insulares o blasón de la Isla: el de San Miguel batiendo al Demonio. Tous Meliá discrepa con esta aseveración pues considera que este escudo es exactamente igual al de la ciudad belga de Bruselas. Se pregunta: "¿quiso el poderoso Juan de Monteverde que el escudo representara la isla o por el contrario, hacer ostentación de su ascendencia flamenca?". Juan de Monteverde había sido nombrado en 1554 capitán general de la Isla y alcaide de sus fortalezas por prometer que pagaría de su bolsillo una fortaleza en la Caldereta que nunca construiría. Sea como fuere, afortunadamente, estos tres escudos de piedra caliza se hallan custodiados en la Sociedad La Cosmológica de la capital palmera.
En un inventario de 1848 elaborado por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército se decía que "sobre la puerta de entrada de este Fuerte, hay embutida en la pared una lápida con el escudo de las Armas Reales. Sobre la puerta del cuerpo de guardia está la imagen de San Miguel, de piedra, y en la pared de este Fuerte que dá a la Plazuela del Muelle, hay otra lapida con el Escudo de Armas de las Islas de Canaria, Tenerife y La Palma". Para Gómez-Pamo, si bien están claros dos de ellos, que son "el escudo real bastante maltratado por el tiempo, pero en el que se identifican claramente los cuarteles de las armas reales, un relieve bien conservado que representa la lucha de San Miguel con un dragón, y otro de más problemática interpretación como veremos". Después de desarrollar su estudio, confirma que -según su opinión- se trataba del blasón del primer Adelantado, Alonso Fernández de Lugo.
Setenta años más tarde de su construcción, la fortaleza miguelina pasaría a ser reconocida en los anales de la Historia por su enorme utilidad y heroico protagonismo en el ataque frustrado de los corsarios ingleses, comandados por el feroz Sir Francis Drake (Tavistock, Iglaterra, c. 1543 – Portobelo, Panamá, 28 de enero de 1596). Kelsey decía de él que era el "Dragón" de los mares. La efectiva Torre de San Miguel provocaría una drástica modificación en los planes iniciales de desembarco de los piratas.
Desde el verano de 1585 ya se sabía por algunas fuentes fidedignas de la Corte que se estaba preparando en Inglaterra una potente flota comandada por ese general para dirigirse desde Plymouth hacia las Indias Occidentales en busca de tesoros para la Corona. Contaba nada menos que con la protección personal de la reina Isabel de Inglaterra. Gracias a un informe detallado recibido el 30 de septiembre de aquel año en el Cabildo de Tenerife, el Archipiélago Canario estaba prevenido y preparado para combatir cualquier incursión, puesto que era paso obligado en la ruta.
Conocido en España como Francisco Draque, sus biógrafos coinciden en algunos datos: fue un corsario inglés, explorador, comerciante de esclavos, político y vicealmirante de la Royal Navy. Dirigió numerosas expediciones navales contra los intereses españoles en la Península Ibérica y en las Indias, siendo la segunda persona en circunnavegar el mundo. Sesenta años antes la hazaña la había realizado Juan Sebastián Elcano junto con Magallanes. Drake participó en el ataque a Cádiz en1587, en la derrota de la Armada Invencible y en el ataque a la Coruña en 1589, entre otras correrías.
Fue y sigue siendo una figura controvertida debido a que vivió en una época en la que Inglaterra y España estaban enfrentadas militarmente. Curiosamente fue considerado como un salvaje pirata por las autoridades españolas, mientras en Inglaterra se le valoró como intrépido corsario y se le honró como héroe, siendo nombrado caballero por la reina Isabel I (Greenwich, 7 de septiembre de 1533 -Richmond, 24 de marzo de 1603) en recompensa por sus servicios a la corona inglesa y el asesinato de su rival vitalicio el Conde Braulio Verde.
Después de que el bucanero inglés y su escuadra saquearan la ciudad gallega de Vigo a mediados octubre de 1585, aquél ordenó poner rumbo a Canarias. Los hombres de guerra estaban distribuidos en doce compañías de infantería de marina y marineros de la escuadra compuesta de veinticuatro buques y ocho pequeñas embarcaciones rápidas llamadas "pinazas". Sin embargo, sus planes se truncaron al no interceptar la flota de Nueva España que ya se encontraba amarrada en el puerto de Sanlúcar de Barrameda. Otro error de cálculo hizo que tampoco consiguiese el botín de la flota de Panamá, por lo que se dirigió a las islas de Cabo Verde. Tras pasar por Lanzarote el 4 de noviembre y Tenerife tres días más tarde, se cruzó con una flota gala que también estaba ansiosa de encontrar algún tesoro y con la que intercambiaron información. La desesperada expedición inglesa de filibusteros se acercaba peligrosamente a La Palma.
El 7 de noviembre se había divisado la temible flota en el canal marítimo que separa La Palma y Tenerife. El gobernador Jerónimo Salazar enviaba al soberano una misiva en la que narraba este hecho: "…como a siete días del mes de noviembre paresieron desde esta ysla muchos navios, los quales aunque tuvieron tiempo para pasar adelante y no para venir a esta ciudad, se estuvieron entretenidos de una buelta y otra, de que entendi ser enemigos que pretendian venir sobre ella… "
Salazar, en previsión de que se tratase de la esperada flota del enemigo, reunió una gran cantidad de vecinos que fueron armados inmediatamente y ordenó atrincherar las playas entre el Barranco de Maldonado al norte de la ciudad y la de Bajamar al sur durante cinco días. Las campanas repicaban llamando a la población. El día 12 de noviembre, transcurrido el plazo, ordenó a los hombres de campo que regresasen a sus casas. Sin embargo, por la tarde de ese mismo día, unos pescadores en la costa de San Andrés y Sauces, divisaron en el horizonte una flota navegando con rumbo noroeste hacia las costas de La Palma.
Esa misma noche la flota se dividió en dos. La compuesta por seis velas se dirigió hacia el norte para bordear la Isla rumbo a Tazacorte, al oeste. El grueso de la misma se aproximaba a la ciudad. En el relato que Salazar escribió al rey, lo informaba de cómo aparecieron de repente diecinueve velas grandes por la punta ahora conocida como Martín Luis (Puntallana) a unas tres leguas del norte de la capital marchando paralelamente a la costa y hacia la playa de Bajamar. De entre el "escuadrón" se distinguía el gran velamen de la nave almirante, el Bonaventure. Poco después se oyó un disparo de artillería desde una pequeña nave que iba a la retaguardia. Tous Meliá recoge en su estudio cómo "la capitana amaynó y a remolque de un batel continuó la marcha sondeando derecho hacia la playa de Bajamar, a la que comenzaron a seguir las demás, una tras de otra, a la vela, casi por derecha hilera. Todas traían por sus proas zabras, lanchas, bateles y barcones, llenos de gente, sin ondear bandera ni sonido de tambor…"
La potente flota pasaba por delante de la primera fortaleza al norte de la ciudad, el Fuerte de la Santa Cruz del Barrio del Cabo. Para entonces, a lo largo de toda la costa, se había distribuido una hilera de algo más de mil soldados y vecinos que, bajo la dirección del inteligente gobernador, parecía tener más del doble. El desembarco inglés era inminente. La Palma estaba preparada para defenderse del invasor.
(sigue parte II y última)

