El otro día visité a mi buen amigo Paco Antequera, retirado de la docencia, a la que se dedicó en cuerpo y alma durante cuarenta años, y retirado también de una de sus grandes pasiones, la lucha canaria -hoy, según él, en decadencia, y sin remedio, por culpa de algunos de los males que aquejan a tantos y tantos deportes que se dejan pervertir en el mercadeo de los resultados-. Hablamos de esto y de lo otro, por supuesto más de lo humano que de lo divino, mientras recorríamos su huerta de La Dehesa de La Encarnación, balconada de ensueño sobre Santa Cruz de La Palma, comprobando la calidad de sus pequeñas pero extraordinarias cosechas de tomates, judías, pimientos, millo y aguacates antillanos -el mejor de los manjares-, entre cloqueos de gallinas satisfechas de encontrarse justo allí, en un hábitat y un microclima acogedores. Esa huerta escalonada y de humildes proporciones representa todo lo hermoso que podemos encontrar en la madre naturaleza. Generosa hasta lo inimaginable, da a manos llenas lo mejor de sí misma si la tratas con el respeto que se merece. En fin, un milagro o una celebración de la vida que no debiera sorprendernos, de tan antiguo, de tan reiterativo; y, aun así, cuánto nos sobrecoge el don de sus frutos, auténtica señal de lo que es verdad -"verdad verdadosa", por recurrir a una expresión de mi hija cuando era chiquitina-, como el olor del pan recién horneado, como la voz grumosa de una abuela cantando el arrorró: atributos todos ellos de las cosas más elementales, esas que no dejan de acompañarnos, especialmente en el fluido vaivén de la memoria, y que no siempre comprendemos aunque tarde o temprano nos ayudan a aceptar cómo somos por dentro y por fuera.
Mientras a cierta distancia, ni mucha ni poca, gira el mundo, desde hace cuatro meses Paco sobrelleva el drama de la viudez con la doliente y sin embargo serena resignación de quien sabe reconocer la diferencia entre valor y precio. Quiero decir que Paco es (al menos así lo veo desde que lo conozco) un hombre bueno y sensato que no desdeña las lecciones de la experiencia, siempre enriquecedoras, incluso las más duras, sobre todo las más duras. En el locus amoenus de su huerta, hacendoso y meditativo como fray Luis de León, Paco redescubre por sí mismo el sentido de aquello por lo que merece la pena el esfuerzo de toda una vida. Es cierto que en una simple semilla rebullen el misterio y la grandeza del universo entero, y que el contacto con la tierra, además de ubicarnos definitivamente, transmite la energía que más nos conviene, pero por encima de estas consideraciones, confirmadas una y otra vez por quienes renuncian a la vanidad de las glorias mundanas, el hecho de que Paco haya sentido con tal entereza la pérdida del ser más querido lo reviste de un aura de conmovedora sabiduría. Al refugiarse por instinto en el calor de la tierra fecunda, se ha reencontrado con un tempo vital mucho más pausado que el que rige los hábitos de la gente. Ese ritmo me recuerda al de los artesanos, que en el sosiego de sus labores, lo mismo al sol que en penumbra, casi alcanzan a escuchar los latidos del corazón. Convendría tener en cuenta que el ser humano ha sido diseñado, al cabo de cientos de miles de años de evolución, para dejarse llevar por sus propios latidos, y no precisamente por el frenesí del tipo de vida que viene adoptando en las grandes ciudades.
Por fortuna nuestra isla, pequeña y dependiente de los ciclos naturales, aún ofrece a sus habitantes la posibilidad de retomar, siquiera de pasada, siquiera a ratos, el contacto con ese ritmo perdido. Paco Antequera, que admira profundamente a sus antepasados campesinos, sabe de lo que hablo. Contemplando el imponente paisaje que rodea su casa y afanándose cada día sobre un pedazo de tierra ha aprendido a asimilar algunos de los grandes enigmas -el de la muerte, en primer lugar- que nos acechan desde que nacemos. La resolución de esos enigmas pasa por una aceptación de las debilidades humanas y por una voluntad de superación ante las mismas. ¿Habrá una forma mejor de definir la esperanza?
Al salir de su huerta, como despedida el propio Paco resumió sus conclusiones de hombre cabal en una frase lapidaria que lo caracteriza:
-Es lo que hay.
A continuación me regaló tres maravillosos aguacates antillanos.
Gracias, Paco.

