Juana Tabares, el anillo del Rey y otras consideraciones (I)

El 27 de noviembre de 1885, a la muerte de su esposo Alfonso XII, María Cristina de Hamburgo-Lorena asumía la responsabilidad de ser Reina de España. Dicen que en el momento del juramento le comentó al presidente del Consejo de Ministro, Práxedes Mateo Sagasta, algo que toda la corte ya sabía. "El Rey, después de muerto, puede tener un heredero", faltaba solo seis meses. María Cristina, juntos a sus dos pequeñas hijas, de rodillas antes los Evange­lios, juró la Constitu­ción en el Congreso y en el Senado.

El 17 de mayo de 1886 toda España se preguntaba ¿Rey o infanta?. ¿Será un Rey?. ¿Que ocurrirá si nace otra niña?. La puerta del paritorio real se abre y todos los presentes quisieron adivinar en la cara de la camarera mayor el sexo del recién nacido. Sagasta, se adelanta hacía la bandeja de plata, cubierta con ricos encajes, coge entre sus manos a la criatura y con voz jubilosa exclamó: ¡Señores: Viva el Rey!. La amenaza de guerra y las pretensiones sucesorias carlistas se disipaban. Con el nuevo heredero renacía de nuevo la esperanza de paz entre los españoles.

El jefe de la Guardia Real se dirigió hacia la batería y comenzaron los disparos de cañón comunicando al pueblo la buena nueva. Quince disparos anunciarían el nacimiento de una infanta y veintiuno el de un varón y por ende del Rey. El retumbar del cañonazo del número dieseis sembró la alegría y nadie escuchó el resto. Había nacido Alfonso XIII. El 17 de mayo de 1902, día que cumplía 16 años, juró y asumió ser Rey de España.

El joven quiso conocer en persona las tierras de su reino. El tres de abril del año 1906 el puerto de Santa Cruz de La Palma ofrecía una estampa inusual. Gallarde­tes, banderas, elegantes tribunas y arcos triunfales daban la bienvenida al joven y apuesto Alfonso XIII. El vapor correo Alfonso XII acompañado por el cañonero Alvaro de Bazán y el yate Giralda fondeaban en la rada del viejo volcán semiderrui­do. La primorosa primavera de la isla recibía al primer Monarca que visitaba La Palma.

Desde la playa decenas de anteojos brillaban con los tímidos rayos del sol de naciente. Todos querían ser los primeros en ver la comitiva regia. El barco real fondeo cerca de la costa. Cuentan que su bajada a tierra se retrasó por la fuerte lluvia y las gentes vieron en el chaparrón de mansas aguas, después de una pertinaz sequía, el primer gran favor que traía la presencia del Monarca.

La sombra de la grúa Titán se extendía sobre las aguas y el improvisado muelle de madera. El Rey y su hermana, la Infanta María Teresa, desembar­caron en una lancha. La emoción del gentío aumentó cuando los ilustres visitantes pisaron tierra palmera. Les esperaba varios coches de particula­res tirados por caballos. El llamado Landó, en el que se subió el Rey lo conserva el Ayuntamiento de Los Llanos de Aridane donado por la aridanense Pilar Kábana, benefactora de innumerables causas por toda la geografía insular. En el año 2006, cien años después,  Juan Carlos I visitó la ciudad dónde se le mostró y  le dieron explicaciones. En alta voz el Rey repetía a sus acompañantes: "mirar la calesa del abuelo".

Calles, callejones, balcones, azoteas, aceras y plazas estaba repletas del gentío que quería ver a su joven y apuesto Alfonso XIII. En primer lugar la comitiva se dirigió a la iglesia de El Salvador, donde se entonó un Tedeum. En la recepción oficial saludaron al Rey las primeras autoridades y cuerpo diplomático acreditado en la isla. "A la salida del muelle, había una tribuna con señoritas vestidas con el traje regional, a cuyo paso le arrojaron flores y echaron a vuelo varias palomas. Una de las señoritas le entregó un ramo de flores y Dª Juana Tabares Díaz" un memorial en dónde le pedía protección para el Hospital de Dolores. La entusiasta y alegre Juanita, con sólo 17 años tenía delante a un joven y apuesto galán de 19.

El curioso y elegante traje de manto y saya, tocada con gasa y sombrero de copa, de Juana le llamó poderosamente la atención al Monarca y de inmediato surgió la conversación entre ambos. Juana estaba "hechizada" hablando con el mismísimo Rey de España. La cálida luz palmera, de después de lluvia, hizo relucir las espléndidas joyas que resaltaban sobre la joven aridanense y el Rey con franqueza espontánea se interesó por un anillo que lucía Juana. Ella al ver el interés del Rey, no se lo pensó dos veces, se lo sacó y se lo entregó en espontáneo regalo. El obsequio y gesto de la joven aridanense fue recogido con gratitud y con una sonrisa por parte de Alfonso XIII. Juana era la mujer más feliz de aquel momento.

Pasaron las horas y el Rey volvió al barco que le esperaba fondeado en la bahía del puerto palmero. Era el momento de hacer balance y en ese mismo momento Juana Tabares se da cuenta que había regalado al Monarca un anillo que no era suyo, le fue prestado [cosa usual aún hoy] para aquel acto Gregoria González Pérez, esposa  del que fuera Alcalde aridanense Benigno Carballo Carballo, pero de ninguna manera para ser obsequiado al Monarca. Juana lloraba desesperadamente, tendría que dar razones de su "generosa" actitud. Le consolaba un pensamiento de esas épocas: "Al Rey, nunca negar nada".

¿Tendría destino aquel anillo? ¿Esperaría aquel oro reluciente una blanca mano de mujer?. Nos gusta pensar que así fue. El 12 de marzo -22 días antes de la estancia de Alfonso XIII en La Palma- Montero Ríos, presiden­te del Senado, había comunica­do al pueblo la buena nueva de los esponsales de Alfonso XIII con Victoria-Eugenia de Battemberg. El 31 de mayo de 1906 -60 días después de la presencia regia en La Palma- en la iglesia de los Jerónimos de Madrid contraían matrimonio, por amor y contradiciendo los consejos de la reina madre María Cristina. ¿Sería el anillo de La Palma un regalo para la princesa británi­ca?. Queremos pensar que en tierra palmera el corazón, del joven y enamorado Monarca, latió un recuerdo cálido y tierno que le provocó romper el protocolo y mostrar interés por un anillo de una mujer palmera.  

Alfonso XIII se había llevado de La Palma una joya por la ingenuidad y espontaneidad de una joven palmera. Después de más de un siglo este hecho continua haciendo sonreír a los palmeros y marcando el carácter de esta extraordi­naria mujer que fue Juana Tabares. Alfonso XIII, Juana Tabares y el anillo, viejos relatos que hacen historia y crean leyendas que van pasando a  nuevas generacio­nes con la misma ingenua ternura. El "regalo" inocente y espontáneo de Juana Tabares no llegó a mayores y la anécdota recorrió y sigue recorriendo la geografía de La Palma.

Nota: Lo anterior es patrimonio del anecdotario palmero, no obstante tomó tintes de realidad en la prensa nacional del momento La catedrática palmera, afincada en Madrid, María Elsa Melián González en el trabajo Alfonso XIII en Canarias. El debate socio-político que dio origen a los Cabildos (CCPP-2004) manifiesta: "un grupo de señoritas, ataviadas con el traje regional, regalaron un ramo de flores a la Infanta y Dña. Juana Tabares Díaz le dio un anillo". Efectivamente el periódico madrileño La Época, el 15 de abril de 1906, [El director de este rotativo, Alfredo Escobar, fue uno de los periodistas que acompañó a la visita regia] en una crónica titulada "El Rey en la Isla de La Palma", recoge el objeto que nos ocupa:

"Después de haber desfilado las trece señoritas que vestían trajes típicos del país, S. M. el Rey y sus Altezas Reales tuvieron interés en conocer minuciosamente detalles de la indumentaria palmera de otros tiempos y pidieron volvieran al salón [Real Nuevo Club Náutico] todas ellas. Hiciéronlo así, y tuvieron el honor de oír frases de elogio de labios de S. M. el Rey y las Infantas, llamando la atención de las Reales personas el gran número de joyas antiguas que lucían.

A S.A. R. la Infanta Dª María Teresa le llamó la atención un anillo muy antiguo que llevaba puesto la señorita Juana Tabares Díaz, que representaba la ciudad de San Andrés y Sauces, y ésta, al ofrecérselo á S. A., tuvo honor de que la augusta dama lo aceptara y le dedicara una fotografía suya y de su esposo, con expresiva dedicatoria autógrafa de ambos infantes".

La detallada crónica la firma el periodista cubano-palmero José Tabares Sosa, el mismísimo padre de Juanita Tabares. Ahora la leyenda da un notable cambio, por la pluma del padre de la protagonista [director y propietario del periódico palmero El País, uno de los protagonistas de nuestro anterior artículo en La Tendedera, Duelo a muerte por "palabras ofensivas" en Los Llanos de Aridane (1888)] y sabemos el destino del "famoso anillo del Rey" fue entregado su hija gustosamente, al parecer, a la Infanta María Teresa.

José Tabares silencia la otra historia popular, el nombre de la dueña del "anillo muy antiguo".

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