El viejo carnaval de Los Llanos de Aridane

Llegadas las fechas de Carnaval, los vecinos de Los Llanos de Aridane se apresuraban «a correrlos» con alegría, buena música, alegres y curiosos disfraces e, incluso, con la representación de obras de teatro.

La buena música era parte esencial de estos festejos del Valle. Muestra de ello es la participación de La Filarmónica (actual la Banda Municipal de Música de Los Llanos de Aridane), en el lejano año de 1864, en los carnavales del vecino municipio de El Paso. Según el periódico palmero El Time: «El domingo de piñata por la noche tuvo lugar en este pueblo el baile de máscaras habiendo asistido también a él muchas personas que vinieron del inmediato pueblo de Los Llanos. Uno de los jóvenes que componen la orquesta de aficiona­dos de este último, D. Leopoldo Pérez, dio a conocer las grandes disposiciones que por la música posee, tocando varias piezas por la flauta». En un inventario de bienes de la citada Banda, entre sus fondos se hallaba en 1908 la pieza de autor desconocido El Carnaval, compuesta de vals, habanera y jota «coreadas en partituras». Como vemos, la buena música estaba en los actos de Carnestolendas en el cruce de los siglos XIX y XX. Y, como decimos, el teatro tenía su espacio en el Carnaval decimonónico. En 1870 se formó en Los Llanos una compañía de «aficionados a la declamación», que tuvo su primera presentación pública en Carnaval con el estreno del drama de José Zorrilla El puñal del godo.

Como vemos el Carnaval aridanense tiene su lado culto en la música interpretada por conjuntos de banda y en el teatro de aficionados, que convivía con otro Carnaval más popular, que recorría las rectas calle de la ciudad. Así, al menos desde 1895, el Ayuntamiento disponía mediante contrato suscrito con Baldomero Hernández Martín «el Farolero» el encendido de los 13 faroles (que había por esos años) durante las noches carnavaleras.

En los locales de las sociedades privadas tenían lugar los bailes de disfraz y otras representaciones. El periódico palmero El grito del pueblo (15 de febrero de 1902), anuncia que en los salones de la sociedad Terpsícore de Los Llanos de Aridane «grupos de jóvenes [se presentaron] perfectamente disfraza­das de marineros, peregrinos y toreros, llamando la atención las primeras. Representaban la tripulación del Almirante Díaz y con su capitán a la cabeza, en correcta formación». Parte de las integrantes de esta comparsa fueron Magdalena de León Rodríguez, Rosario Sosvilla, Antonia Alonso, Nieves de las Casas y Fernanda Pérez Wangüemert.

A la alegría propia de estas fechas se añade la degustación de las tradicionales sopas de miel, que vienen de viejo en el Carnaval aridanense. En 1908 Cipriano Castro Pestana escribe a su sobrino Dionisio Castro Carmona: «Diviértete mucho en estos días de carnavales y bebe mucho vino para que te salgan los colores […] y el pícaro de Celso que se divierta mucho en estos días y que coma muchas sopas de Mield…­». Entre las bromas, propias de carnaval, esta nota familiar invita al buen vino y a las sopas de miel por Carnaval.

Estas fiestas de invierno continúan, años tras año, marcando la vida lúdica de las gentes. Después de la Constitución de 1978, se ha impuesto la representación del entierro de la sardina con la quema de la figura (de papel y cartón) de una elegante sardina, a­compañada por un cortejo de «desconso­ladas» viudas y viudos que la llevan «a enterrar» en un baño de fuegos artificia­les. Ya son pocos los que conocieron los otros entierros de la sardina, en los que el protago­nista no era este sabroso pescado, sino un pelele. Precisamente, este fue uno de los actos más perseguidos. En Los Llanos de Aridane, en tiempos del párroco Maximiliano Darias Montesinos, se dio un suceso que aún se recuerda entre las personas mayores. Podían ser los años "30 cuando el entierro de la sardina en forma de un machango que ostentaba sus atributos masculinos salía desde el barrio de Retamar. Bajaba por la calle Real y a la altura del callejón Aridane se encontró con los municipales, la Guardia Civil y el mismísimo y corpulento cura párroco al frente. Cuentan que el cortejo se disolvió con una acalorada refriega.

En 1961 un suceso pirático dio la vuelta al mundo. En la madrugada del 21 de enero, el capitán portugués Enrique Galvao -Galvoa- y 60 tripulantes más asaltan el barco Santa María, anclado en La Guaira. Dan muerte al piloto, resultando heridos un oficial y el médico. El capitán es apresado y tras varios días de navegación, atracan en el puerto brasileño de Belén. La prensa internacional recoge este hecho insólito «como piratería del siglo XX». El buque traía desde América un pasaje de 600 personas con destino a los puertos de Tenerife y Vigo. La prensa palmera, en ese año Diario de avisos, recogió el día a día de esa "aventura" protagonizada por Galvao.

El entierro de la sardina del Carnaval de Los Llanos de Aridane hizo suya esta aventura. En ese mismo año, al grotesco pelele de Retamar lo llamaron Galvao: como representación personificada del mal, había de «morir en la hoguera». Los planes del cortejo se vieron truncados, una vez más, por las fuerzas de orden público, acompañados por el Alcalde y el párroco, y la burlesca manifestación fue disuelta entre carreras, pérdida de alpargatas, retención de un mulo «sin dueño», detenciones personales y alguna que otra multa. Según testimonio del por entonces párroco Marino Sicilia González de Retamar llamaban por teléfono avisando de la salida del "cortejo" y reclamando, para que la "fiesta fuera total", la presencia del Alcalde y el cura. En los años 60 y la "apertura" del carnaval aridanense era imparable.

En 1967 la ciudad de Los Llanos comienza a celebrar «oficial­mente» las Fiestas de Invierno con la Llegada del Señor Ministro. Representaba este papel Manuel Brito, sacristán de la parroquia de Los Remedios. En el atrio del Ayuntamiento se celebró una parodia con recibimien­to a las diferentes autoridades de su séquito, elegantemente vestidos, llegados en coches descapotables. Desde el edificio municipal pronunció un discurso de bienveni­da Faustino González, quien asumió gustoso su papel de alcalde; con su leve tartamudez natural y los nervios propios del momento, logró las más estruendosas carcajadas que se recuerdan.

Entorno a estos números de los programas anuales de las carnestolendas aridanenses, la lluvia de huevos rellenos de polvos y picadillo de papeles de colores y los conocidos polvos de talco inundaban calles y plazas, mientras las viejas de Argual -figura doble de hombre y mujer- bailaban en medio de la verbena de la plaza. Ya se recuerdan en los años "20 del siglo pasado. Al parecer, su creador y uno de los primeros bailadores fue Julio Ramos Domínguez, conocido popular­mente por maestro Julio o Julio el herrero, al que acompañaba Antonio el Majorero, Juan el Gatilludo, Toribio León y Justo Ramos. 

A esta misma parranda de las viejas se les unió un grupo, organizadas también por maestro Julio, de unos curiosos personajes representado a mujeres cogotudas que bailaban y deambulaban por los lugares de celebración, aunque no podemos precisar el año debe corresponder a los años 40 o50 del siglo XX. Una magnifica fotografías así lo atestigua.       

El Carnaval aridanense actual conserva del viejo, como el de antaño, buen humor, las viejas, espontáneas parodias y polvos de talco en medio de verbenas y parrandas; a partir de 2008, además, el incipiente despertar del viejo Galvao de Retamar.

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