La mañana del 18 de julio de 1936, el teléfono sonó en el almacén de plátanos de Don Juan Brito, en Los Llanos. La llamada era para un empleado del empaquetado, conocido entre sus compañeros por ser de ideas fascistas.
– "Le llamaban para avisarlo", asegura otro operario, testigo de aquella escena.
– "Nada. Bien. Que se queme el mundo", cuentan que le oyeron decir, antes de colgar.
Minutos más tarde, el timbre del aparato volvió a oírse. Esta vez llamaba el sindicato Unión Obrera de Argual: convocaba a sus afiliados a una manifestación de protesta contra un intento de golpe de estado que se había iniciado esa madrugada. La mayor parte de los cuarenta empleados de la empresa dejaron sus labores para acudir a la plaza principal del pueblo.
Sobre la diez de la mañana, las pocas radios existentes en el municipio de San Andrés y Sauces captaban noticias confusas que hablaban de un levantamiento militar en Tenerife. En el puesto de la Guardia Civil, escucharon la proclama del general Francisco Franco y decidieron solicitar instrucciones al Jefe de Línea en La Palma, teniente Dionisio Canales Maeso. La llamada sirvió al teniente de la Benemérita para recibir las primeras informaciones sobre el desencadenamiento de la sublevación militar. Antes de colgar el aparato, ordenó al destacamento del pueblo norteño que se concentrase en Santa Cruz de La Palma. Momentos más tarde, repetiría la orden a los guardias civiles destinados en Los Llanos. En unas horas, dispondría de los veinticinco números de servicio en La Palma.
El comandante Baltasar Gómez Navarro llevaba dos días en Santa Cruz de La Palma. El 15 de julio se había reunido en la Comandancia Militar de Santa Cruz de Tenerife con el general Francisco Franco y con el comandante Lorenzo Martínez Fuset. En el encuentro, le encomendaron la sublevación de la guarnición de La Palma. Desde entonces, Baltasar Gómez Navarro portaba, en un bolsillo de su guerrera, la orden escrita firmada por el Comandante General de Canarias:
Comandante Militar de las Islas Canarias E.M. EM 2 Reservado.- Tan pronto tenga noticias comprobadas de haber sido declarado el estado de guerra en el Archipiélago Canario o provincia de Tenerife, se hará usted cargo de la Comandancia Militar de La Palma, continuando en el mando de las tropas del Regimiento de Infantería el capitán que hoy desempeña esa Comandancia, procediendo a la publicación del bando adjunto y ejerciendo el mando sobre todas las fuerzas de orden público de aquella isla. Santa Cruz de Tenerife, 15 de Julio de 1936.- Francisco Franco.- (Texto incluido en la causa 76/36, leg. 158, Archivo Capitanía General de Santa Cruz de Tenerife).
Al comandante Baltasar Gómez Navarro no le transmitieron ni la fecha ni la hora exacta del comienzo de la sublevación del ejército. Debía estar atento a la radio para conocer la proclamación del Estado de Guerra en Tenerife y actuar de inmediato. Entretanto, el militar había concertado con miembros de la derecha local el refuerzo de diez hombres, que acudirían al cuartel de San Francisco para ser armados, desde los primeros momentos.
La mañana del 18 de julio, como hacía desde su regreso a La Palma, se dirigió a la oficina de telégrafos para escuchar la radio. Sin embargo, ese día, el telegrafista Alarco Bencomo le conminó a que abandonara el despacho por no ser personal autorizado. El comandante de Infantería prefirió marcharse y se encaminó al Nuevo Club. A lo largo de esa mañana se recibió en las dependencias de telégrafos el mensaje ordenando que se iniciase la sublevación en La Palma. Ausente el comandante Baltasar Gómez Navarro, el cable quedó en manos del telegrafista que le había expulsado de las dependencias poco antes.
El día 18 de julio de 1936 iba a ser trascendental en la vida de Tomás Yanes Rodríguez, práctico del puerto de Santa Cruz de La Palma. Contaba 37 años de edad. Su profesión y sus propiedades en la Isla le situaban entre los estratos acomodados de la sociedad palmera. Su papel en esta historia vino determinado por ostentar el cargo de vicepresidente de Izquierda Republicana y, sobre todo, por ser responsable de la Delegación del Gobierno en La Palma.
Había sido nombrado a finales de febrero de 1936, tras las elecciones. Las notas publicadas por la prensa reflejaban que la designación había obtenido el beneplácito de las derechas, el agrado de las izquierdas y, por supuesto, la complacencia de los propios republicanos. Tomás Yanes Rodríguez, al margen de sus ideas políticas, parecía cumplir el requisito de ser una persona apreciada por todos debido a su carácter noble y a su talante prudente. Sin embargo, cuatro meses y medio más tarde, Tomás Yanes Rodríguez estaba cansado. De hecho, había manifestado a compañeros republicanos y a amigos de derechas que pronto presentaría su dimisión.
La crispación de aquel momento histórico se había instalado en La Palma. La actividad falangista y la beligerancia del diario Acción Social expresaban el descontento de la derecha por el fortalecimiento de unas organizaciones obreras que, tras dos años de gobierno derechista (1933-1935), recuperaban el control sobre el mundo laboral y empezaban a ocupar cargos en los Ayuntamientos y en el Cabildo. Algunos miembros de la Unión de Derechas creían vislumbrar en el horizonte el fantasma de la revolución obrera. No en vano, la celebración del primero de mayo en Santa Cruz de La Palma había grabado en las retinas de los derechistas asistentes una manifestación imponente, encabezada por jóvenes que, uniformados con camisas rojas, desfilaban portando banderas con la hoz y el martillo por las principales calles de la población, mientras proferían consignas favorables a los trabajadores, al comunismo y a Rusia. – ¡Carajo, esto parece Moscú! -exclamaría un miembro de la derecha isleña.
Durante lo primavera de 1936, el Comité que asesoraba al Delegado del Gobierno estuvo integrado por dos miembros de Izquierda Republicana, dos directivos de la Agrupación Socialista y otros dos del Radio Comunista. Este equilibrio era sólo formal. En realidad, tanto Izquierda Republicana como la Agrupación Socialista eran minoritarias en La Palma, el partido hegemónico en la izquierda era el comunista. Su influencia se dejaba sentir intensamente en la vida institucional, quizás más de lo que deseaba el propio Tomás Yanes Rodríguez.
Estaba cansado. Esperaba la visita próxima del Gobernador Civil, Vázquez Moro, para presentarle su renuncia. Sin embargo, lo que esa mañana llegaban eran noticias imprecisas de una sublevación de las Fuerzas Armadas en la isla de Tenerife, encabezada por el Comandante Militar de Canarias. La confirmación se la trajo su amigo Alarco Bencomo sobre las doce de la mañana. El Delegado del Gobierno leyó el cable que le tendió el telegrafista:
A comandante militar La Palma. Santa Cruz La Palma. Telegrama Oficial. En 18 Julio 1936. Declarado estado guerra este archipiélago ponga práctica instrucciones recibidas. Tranquilidad absoluta esta isla. Noticias confirman extensión movimiento a guarniciones África y península. Por orden General Comandante Militar se aumenta a partir de hoy una peseta haber soldado con cargo fondo material cuerpos. Absoluta fe triunfo conseguido que consolidará para bien España (Telegrama incluidos en la Causa 76/36, leg. 158, ACG).
Tras leer el mensaje, Tomás Yanes Rodríguez ordenó al cabo de la Guardia de Asalto que acudiera, con sus once números totalmente pertrechados, a la sede de la Delegación Insular del Gobierno. Cándido Onzain Molinero, cabo de la Guardia de Asalto, estaba bañándose en la playa de la bahía cuando recibió el aviso del Delegado del Gobierno. Rápidamente se presentó con sus hombres en la Delegación. Su posición estaba clara: acatamiento a las órdenes de la autoridad republicana.
A esas horas, las organizaciones obreras conocían la sedición militar en marcha. Inmediatamente, la Federación de Trabajadores acordó declarar la huelga general, movilizar a los afiliados de la capital y de las poblaciones vecinas y convocar una manifestación para las dos de la tarde. Mientras decenas de militantes se desplegaban por la población para cerrar comercios y talleres, varios de sus directivos, encabezados por José Miguel Pérez e Ismael Hernández, se entrevistaron con el Delegado del Gobierno. Pronto la Delegación del Gobierno se convirtió en un hervidero de militantes de asociaciones obreras.
Al mediodía, un Comité del Frente Popular integrado por azañistas, socialistas y comunistas se hacía cargo de la situación en La Palma. La crisis provocada por el golpe de estado había reafirmado el consenso. Comunistas, socialistas y republicanos defenderían el gobierno que habían votado. La Delegación del Gobierno decidió aceptar la huelga planteada por la Federación de Trabajadores y armar, pobremente, una guardia cívica integrada esencialmente por afiliados a las organizaciones obreras. Las milicias, sometidas a la legalidad de la República y apoyadas por guardias de asalto, rodearon el Cuartel de San Francisco.
El comandante Baltasar Gómez Navarro se había quedado por detrás de los acontecimientos. En el club de las clases acomodadas de La Palma, verificó los rumores que corrían sobre el inicio del pronunciamiento militar. Eran las dos de la tarde. Inmediatamente, se dirigió al cuartel acompañado del capitán Álvaro Fernández Fernández. Disponían de 25 soldados armados con fusiles, granadas de mano y una ametralladora. Esperaban la asistencia de los diez civiles de derechas para armarlos y contaban con la adhesión de los veinticinco guardias civiles de la Isla.
En las primeras horas de la tarde, el comandante y el capitán de la guarnición ordenaron al teniente de la Guardia Civil que acudiera al destacamento de Infantería. El teniente de la Guardia Civil, Dionisio Canales Maeso entraba en el cuartel sobre las 3 de la tarde. Allí el Comandante Baltasar Gómez Navarro le expuso el plan de salir al anochecer de la guarnición para hacerse con el control de la población. El oficial de la Benemérita aceptó presentarse a esas horas con una camioneta y veinticinco números para tomar Santa Cruz de La Palma.
Sin embargo, a lo largo de la tarde, la radio de Madrid daba por fracasada la intentona golpista. "¡Ha oído V. la radio! -comentó por teléfono el Teniente Canales al Comandante Navarro-La cosa va mal" (Declaración del comandante Baltasar Gómez Navarro, causa 76/36, leg. 158, ACG). También en La Palma, el oficial jefe de la Guardia Civil constató la total oposición de la población obrera al golpe militar. Además, no le gustaba la estrategia planteada por el comandante Baltasar Gómez Navarro. Que la Guardia Civil saliera a la cabeza del golpe de estado y prácticamente ocupara sola la capital supondría muchas bajas entre los hombres a su mando, teniendo en cuenta que, probablemente, se enfrentaría con los bien adiestrados guardias de Asalto, con algunos guardias municipales y, seguramente, contra cientos de obreros de la capital y de las zonas aledañas. No en vano el Frente Popular había ganado las elecciones en aquella población con más de 1.700 votos y en toda la Isla se estimaban en unos siete mil los comunistas.
En estas circunstancias, el jefe del puesto de la Benemérita consideró que sus bajas serían elevadas, sin que ello garantizase el éxito. Y si eran derrotados por las masas obreras enfurecidas no quedaría ningún orden que guardar. Ni el estado de guerra, ni la autoridad republicana sobrevivirían. Serían los revolucionarios, armados con los pertrechos de las fuerzas derrotadas, los que se adueñarían de la isla.
A la hora convenida, la Guardia Civil no compareció. El oficial al mando había elegido guardar el orden, a secas, y pensó que la mejor forma era colaborar con la autoridad gubernativa. Durante la tarde se entrevistó con el Delegado del Gobierno y acordaron que la Benemérita se acuartelaría y sólo intervendría si la autoridad gubernativa quedaba superada por los acontecimientos.
Tampoco los diez civiles de derecha pudieron traspasar el cerco que las milicias obreras habían dispuesto en torno al cuartel. Estas contrariedades determinaron a los militares sublevados acuartelarse a la espera de refuerzos y de acontecimientos. En la noche del 18 de julio los tres oficiales al mando firmaban un parte en el que dejaban constancia de los avatares de ese día:
Teniendo en cuenta la defección de la guardia civil, la hostilidad segura de la guardia de asalto, en el armamento de los grupos comunistas con sus guardias en las calles porque había que pasar teniendo en cuenta que de salir a la proclamación de la declaración del estado de guerra, tendrían que combatir desde los primeros momentos y que de tener bajas, estas no podrían ser recogidas, ni apoyadas por reserva alguna, dado que en el cuartel no quedaban más de tres hombres, insuficientes para la defensa por su extensión, que caso afortunado de abrirse paso con granadas de mano y poder ocupar los edificios quedarían dejando una sola pareja en cada edificio, trece hombres para la defensa de ellos, de la población y sumisión de la guardia civil (veinticinco hombres) y de asalto (doce hombres) en franca oposición (Parte de los sucesos ocurridos el 18 de Julio de 1936, causa 76/36, leg. 158, ACG).
El golpe de estado había fracasado y empezaba la Semana Roja. La iniciativa pasaba a las autoridades del Frente Popular. Hasta la arribada del cañonero Canalejas, siete días más tarde, La Palma permanecería fiel al gobierno de la II República.

