Egoísmo o solidaridad

El capitalismo necesita que el egoísmo humano corra por sus venas. Por eso, anima al hombre a concurrir a un gigantesco terreno de juego llamado mercado, bajo la promesa de que su ambición y su esfuerzo pueden ser recompensados con la prosperidad. Según los partidarios del capitalismo, el mercado es la pócima del progreso, pues, de su seno, emergen las mejores iniciativas: aquellas que cumplen con el doble requisito de proporcionar ganancias a sus promotores y, de paso, aportar riqueza a la comunidad. Las leyes de este bazar universal garantizan que las empresas defectuosas no perduren. El propio mercado, competitivo e inclemente, se encarga de devorarlas, igual que la naturaleza engulle a las especies que no se adaptan con éxito al entorno.

Los detractores del capitalismo reconocen que semejante fórmula se ajusta como un guante al hombre porque alienta, primero, y aprovecha, después, sus inclinaciones egoístas. Sin embargo, consideran que este sistema económico tiene dos secuelas perversas que lo invalidan: su voracidad con la vida sobre el planeta y su insensibilidad ante el sufrimiento humano. Tal es así que, para muchas voces críticas, el proceder de la economía capitalista merece el calificativo de salvaje.

En efecto, buena parte de la comunidad científica ha advertido que mantener en marcha la maquinaria del capitalismo compromete la vida sobre La Tierra. Es decir, que sostener los niveles actuales de consumo sería pan para hoy y desastre para mañana. No en vano, haría falta extraer los recursos de cuatro planetas como el nuestro para abastecer la demanda que se generaría si todos los países gastaran al ritmo de Estados Unidos.

De hecho, los biólogos aseguran que nos encontramos en medio de la sexta gran extinción. Unas 30.000 especies desaparecen cada año. En ocasiones anteriores, las extinciones masivas sobrevinieron por causas que podríamos calificar de naturales: meteoritos, erupciones de supervolcanes, cambios climáticos, etc. Sin embargo, la actual destrucción de la biodiversidad la provoca el Homo sapiens sapiens. Como dice el profesor de la Universidad de Havard Edward O. Wilson: esta vez, "nosotros somos el meteorito" [1]. Es nuestra especie quien está cortocircuitando ese gran sistema de vida sobre La Tierra que los científicos denominan Gaia[2]. Historiadores, economistas y biólogos coinciden en que, desde el Neolítico (hace unos 12.000 años), nuestro modo de vida ha sido crecientemente depredador. Y, argumentan que si ahora percibimos los límites de este mundo se debe, precisamente, a que estamos llegando al final del festín. Ante esta perspectiva, el escritor Eduardo Galeano comenta con sorna que el capitalismo "vivirá más de siete vidas", lo que "no sabemos, en cambio, (es) cuántas vidas podrá vivir su víctima principal, el planeta que habitamos, exprimido hasta la última gota"[3].

El origen del comportamiento feroz del capitalismo habría que rastrearlo en la naturaleza del ser humano. Algunos antropólogos sostienen que el hombre es la especie dominante en el planeta porque las capacidades adquiridas a lo largo de millones de años de lucha por la supervivencia le han convertido en el mejor depredador[4]. Las propias fieras, salvo que sean acosadas o estén poseídas por el hambre, han interiorizado, generación tras generación, que resulta preferible esquivar a esos animalillos de aspecto endeble que, sin embargo, han demostrado ser tan mortíferos.

Los disconformes con el capitalismo comprenden que la condición depredadora del ser humano se gestó en la dura travesía que llevó del simio al Homo sapiens sapiens (hominización). Pero, rechazan que la combinación de ambición y agresividad que encumbró al hombre en el pasado sea la mejor receta para gestionar el futuro. En su opinión, desatar el instinto depredador que el hombre alberga en sus genes comprometería el porvenir de un mundo que la actual perspectiva global nos ha revelado como preocupantemente limitado.

Los críticos se preguntan, además, si fomentando este instinto depredador, no acabaremos por volvernos contra nosotros mismos cuando lleguemos al límite de los recursos. Es decir, si no recurriremos a las guerras como el mejor remedio para resolver los problemas de la escasez. Este riesgo de canibalización es un supuesto que no inventa la imaginación, sino que emana de la memoria. Ha pasado muchas veces a lo largo de la historia. Un país autoerigido como "superior" ensancha su "espacio vital", apropiándose, violentamente, de lo territorios de otros pueblos a los que ha declarado "inferiores", previamente, para justificar su acción. En las últimas décadas, estudios geoestratégicos desarrollados por varias instituciones, entre las que figura la ONU, anuncian guerras por el control del agua, luchas por los mejores suelos de cultivos y confrontaciones por el dominio de las fuentes de energía a punto de agotarse.

En esto de las guerras no conviene olvidar el factor atómico. Hasta el presente, la mayoría de las conflagraciones acaecidas a lo largo de la historia han tenido un bando vencedor. Seguramente, no sucedería lo mismo si estallara un conflicto nuclear. Como observara Einstein, tras una contienda atómica, la siguiente pugna sería con palos y piedras. Probablemente, la visión de ese futuro ha impedido la traca del Apocalipsis nuclear. En efecto, aunque durante la Guerra Fría el arma atómica pendió como una cuchilla sobre la cabeza de la humanidad, la conciencia de su poder destructor actuó de forma disuasoria. Sin embargo, la evidencia de que las armas nucleares se almacenan cada vez en más arsenales hace temer a los especialistas que las bombas atómicas dejen de ser un elemento intimidador para convertirse en una tentación.

Por otra parte, los críticos advierten que la maquinaria capitalista ha escapado al control de los hombres. En principio, la misión de este sistema económico consistía en aprovechar los recursos que ofrecía la naturaleza para atender las necesidades del ser humano. Bajo este cometido, la economía estaría al servicio de la humanidad. Sin embargo, su funcionamiento parece haberse vuelto contra el hombre, igual que sucede en las inquietantes obras de ciencia ficción, cuando los robots adquieren conciencia propia y se enfrentan a sus creadores. El fallo que ha provocado este desarreglo se localiza en el primer mandamiento de las empresas: obtener el máximo beneficio. Ese precepto relega a un segundo plano el objetivo inicial de procurar medios de vida al ser humano. Surge, entonces, la contradicción de que el artilugio económico concebido para proporcionar bienestar al hombre fomenta actividades que son lucrativos para las arcas de las empresas, pero resultan nocivas para el conjunto de la población. Este contrasentido explica que el comercio de armas figure entre los mayores negocios; que el crecimiento económico vaya unido a la contaminación de la tierra, el mar y el aire; que las compañías tabaqueras hayan cambiado vidas por ganancias; o que las autoridades permitan la edificación de una fabrica de asfalto perjudicial para la salud de la población, argumentando que, de lo contrario, se vulnerarían los derechos de la empresa inversora.

Las medidas propugnadas por políticos y financieros para resolver la crisis parecen confirmar que la máquina económica se ha insubordinado contra el hombre. Los gobiernos de los países más ricos y las principales terminales del poder económico (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional…) incitan a la población a recortar su felicidad con el fin de que la economía sobreviva. En consecuencia, debemos bajar los salarios, disminuir las plantillas de las empresas, acortar la duración de los contratos laborales, facilitar el despido, aumentar la jornada laboral, reducir las pensiones, alargar el plazo para jubilarse, recortar la asistencia sanitaria, disminuir los recursos invertidos en educación, mermar los presupuestos en cultura e investigación científica. Lo que es bueno para el ser humano es malo para la economía. Asusta comprobar que todas estas renuncias no plantean erradicar la pobreza que padece medio mundo. El apremio con que se quiere administrar semejante purgante tiene el propósito exclusivo de que la economía subsista.

Para que asumamos sacrificar pedazos de nuestro bienestar en el altar del capitalismo, se otorga rango divino al sistema económico. El becerro de oro que denunciara la Biblia. No pueden evitar, pese a todo, que algunos descreídos sin retorno como el uruguayo Eduardo Galeano reprochen al capitalismo ser un "sistema que privatiza sus ganancias pero tiene la amabilidad de socializar sus pérdidas, y por si fuera poco nos convence de que eso es filantropía"[5]. Efectivamente, tras el escenario montado al ser supremo, se entrevén los grandes intereses que, como titiriteros, mueven los hilos del culto a los mercados.

A menudo, noticias publicadas en los medios de comunicación, reportajes emitidos en canales de televisión o estudios aparecidos en revistas científicas nos advierten sobre un catálogo de riesgos que amenazan el futuro de la especie humana: cambio climático, impacto de un meteorito gigante sobre La Tierra, aparición de potentes tsunamis, virus terriblemente letales, estallido de supervolcanes, contaminación del planeta, agotamiento de los recursos naturales… . El origen de varias de estas amenazas reside en el carácter depredador del sistema económico y el escollo para prevenir o amortiguar las restantes radica en que la economía considera inútil lo que no es rentable para sus arcas. Mientras fabricar minas antipersona es un negocio lucrativo; salvar a la población africana del SIDA con medicamentos gratuitos es un gasto inasumible.

Hace ya cincuenta años, el entonces presidente del país más capitalista del mundo, John Fitzgerald Kennedy, avisaba a la humanidad sobre la realidad de compartir un mundo finito: "nuestro vínculo común más básico -dijo- es que todos habitamos este planeta. Todos respiramos el mismo aire. Todos apreciamos el futuro de nuestros niños. Y todos somos mortales (1963)". Probablemente, hoy más que nunca, estamos ante desafíos globales que afectan a la viabilidad de la vida en nuestro planeta y, por tanto, a nuestra existencia como especie. La cuestión radica en que afrontamos estos retos con un sistema económico cuyas decisiones se toman en función de las ambiciones concretas de un grupo reducido de personas o corporaciones. ¿Hasta qué punto este pecado original no invalida al capitalismo para hacer frente a los problemas colectivos que acechan a los habitantes de La Tierra?

A fecha de hoy, el capitalismo maneja el planeta como un gran mercado global. Frente a este escenario, cada vez más personas perciben La Tierra como un hábitat amenazado donde conviven siete mil millones de prójimos. Esta conciencia compartida empieza a reavivar otra vertiente de la naturaleza humana: la solidaridad. Quizás, gestionar el planeta desde planteamientos solidarios vuelva a contribuir a la supervivencia del hombre, al evitar que el capitalismo privatice nuestro futuro.

 


[1] En el año 1993, el entomólogo de la Universidad de Harvard Edward O. Wilson publicó un estudio sobre lo que denominó la "sexta extinción". En este trabajo aportó la cifra de 30.000 especies extinguidas al año. Casi dos décadas después,  muchos científicos consideran que esta cantidad se queda corta.

[2] La hipótesis de Gaia (diosa griega de la Tierra) consiste que el planeta se comporta como un gran organismo que favorece la vida sobre su superficie. Fue difundida por el químico James Lavelock, a partir del año 1979.

[3] Entrevista publicada por el diario La República, Montevideo, 7 de diciembre de 2008

[4] La denominada "hipótesis del mono asesino" fue formulada por el antropólogo Raymond Dart en el año 1953. Desde esa fecha, ha sido asumida por unos, matizada por otros y, también, criticada por muchos.

[5] Entrevista publicada por el diario La República, Montevideo, 7 de diciembre de 2008

 

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