La emigración en La Palma, durante el siglo XIX.

Pascual Madoz, recogiendo informaciones que databan de la década de 1840, afirmaba que la principal producción alimenticia de La Palma eran unos "pocos granos, que los pobres" mezclaban "con raíz de helecho, pulverizada para pan". Según su estudio, "a lo menos tres cuartas partes de sus habitantes no se alimentan de otra cosa que de la expresada raíz del helecho". El "decaimiento" a que había llegado La Palma, continuaba, era "grande" y si no se promovían nuevos cultivos e industrias, no quedaba "otro recurso a sus habitantes que emigrar a las Américas abandonando su ingrato país, que no puede suministrarles los recursos indispensables para su subsistencia"[1].

Efectivamente, a lo largo del siglo XIX, la emigración se erigió en la única salida para miles de campesinos que buscaban su supervivencia en la isla de Cuba, fundamentalmente. Como apuntaba Pascual Madoz, la principal razón de esta marcha estribaba en la insuficiencia crónica de la economía palmera para proporcionar alimentos y empleos a sus habitantes. Se trataba de una emigración predominantemente masculina que dejó su marca en el censo, al provocar un importante desequilibrio entre la población masculina y femenina de 15 a 60 años. Así, en municipios como Los Llanos, según el censo del año 1860, la proporción era de 62,2 hombres por cada 100 mujeres[2]. "Cuba y La Habana", escribía el economista Benigno Carballo Wangüemert, era "una especie de patria para los palmeros. Son raras las familias, particularmente en las clases menos acomodadas, que no tengan hijos en Cuba"[3]. Durante años, los caudales enviados por los emigrantes que trabajaban en el Caribe constituyeron el principal recurso de muchas familias palmeras[4].

Las crisis de subsistencias aumentaban el flujo de isleños hacia América. En efecto, periódicamente, sobrevenían malas cosechas, causadas por plagas o sequías, que traían varios años de penurias. Por ejemplo, desde 1867 hasta el otoño de 1869, transcurrieron años de sequedad que, según informaba el ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma al gobierno central, ponían el precio de los artículos de subsistencia fuera del "alcance de las clases menesterosas". El consistorio capitalino advertía que "el aumento de precios en estos artículos de primera necesidad, al par que su escasez, ha de crear graves conflictos para la generalidad de los pueblos compuestos en su mayoría de trabajadores, cuyos cortos jornales están muy lejos de poder alcanzar a cubrir las necesidades de sus pobres familias". A continuación, la institución daba por seguro que la "difícil situación de estas clases producirá la emigración a otros países más favorecidos por la naturaleza, como ha sucedido en años anteriores"[5].

Incluso en las etapas de bonanza económica, como la protagonizada por el cultivo de la cochinilla, la emigración al Caribe no se interrumpía. Una de las razones que explicaba la persistencia de la corriente emigratoria, pese a la prosperidad económica, era que la agricultura de subsistencia, destinada a producir alimentos para el consumo local, era empujada hacia los peores terrenos debido a la expansión del cultivo de exportación. Este fenómeno determinaba que las cosechas de cereales y papas, la base de la alimentación, resultaran insuficientes. La consiguiente subida de precios de los artículos de primera necesidad incidía sobre las clases más bajas y las abocaba a la emigración[6]. Además, la corriente de isleños a Cuba se mantenía en fases de auge económico, porque,  aunque al palmero "que tiene voluntad de trabajar ya no le falta aquí donde proporcionarse los medios de subsistir", muchos "de los que no han tenido la dicha de heredar bienes bastantes", "principalmente labriegos de ambos sexos y de todas edades", abandonaban La Palma en busca de "la hermosa quimera" de adquirir en América "riquezas de consideración"[7].

Al igual que en el resto del Archipiélago, si la crisis del sector de subsistencia coincidía con el hundimiento del principal producto de exportación, sobrevenía una profunda depresión económica y social. Así, cuando se clausuró la etapa de la cochinilla, en toda La Palma, los jornaleros no encontraron trabajo, los arrendatarios tuvieron que pagar rentas más elevadas a los dueños de los terrenos y los pequeños y medianos propietarios, empobrecidos, no pudieron afrontar el pago de las deudas y de las contribuciones[8]. La prensa insular, desolada, dejó constancia de aquella angustiosa situación: "el precio de los cereales ha subido, los jornales han bajado y el trabajo escasea"[9]. Ante semejante desastre económico y social, nuevamente, la salida que se presentó a la población fue embarcar, masivamente, hacia las últimas colonias que España conservaba en América[10].

Pero podía ser peor si la crisis general se encontraba con las puertas de la emigración cerradas. Esto suponía una doble contrariedad: no solo los habitantes de la Isla no podían marchar a América, a fin de conseguir los medios para sobrevivir que no encontraban en La Palma, sino que, además, las remesas de los emigrantes, esenciales para el desenvolvimiento de la economía insular, apenas llegaban. Entonces, la agitación social crecía, llegando a niveles que no se alcanzaban cuando la vía emigratoria estaba franca. Entre 1868 y 1878, la Guerra de los Diez años que se libró en Cuba sujetó el flujo de palmeros hacia Ultramar. Desde que la  contienda terminó, los temores a que la crisis económica derivada del hundimiento de la cochinilla provocara conflictos de envergadura llevó a miembros de las clases acomodadas a fomentar la emigración, hasta el punto de recomendar al Gobernador Civil, como principales medidas para "aliviar la suerte de los infelices labriegos de algunas de estas islas", comenzar una campaña de obras públicas y, sobre todo, "dirigirse a las autoridades superiores de la Isla de Cuba en solicitud de que se formen ligas o asociaciones de propietarios y hacendados a quienes pudiera convenir pagar a su llegada los pasajes de los emigrantes para remunerarse de ello con su trabajo"[11]. Durante las décadas siguientes, la emigración se incrementó gracias a la atracción que suponían los jornales superiores que se devengaban en Cuba y a las facilidades que se daban para que los campesinos canarios pudiesen realizar el viaje.

Nuevamente, a finales del siglo XIX, una serie de malas cosechas, ocasionadas, esta vez, por años de sequía, provocó la miseria en las zonas rurales insulares dedicadas a la agricultura de subsistencia y el encarecimiento de los artículos de primera necesidad. Todavía el plátano y el tomate no habían recuperado los niveles de prosperidad aportados por la cochinilla treinta años atrás. Por eso, cuando a esta coyuntura se le añadió el cierre emigratorio, debido a la guerra de independencia cubana (1895-1898), la situación social se tornó angustiosa. De esta manera, la describía la prensa capitalina, en el año 1897:

"Continúa la aflictiva situación de esta Isla a consecuencia de la prolongada y terrible sequía… (La sequía) ha concluido con todas la cosechas, pudiendo decirse con seguridad, que se han perdido totalmente…Y si a esto se añade el alza que han sufrido los artículo de primera necesidad, la paralización completa del trabajo, la desgraciada situación de Cuba de donde ya no pueden mandar nuestros paisanos las economías de su honrado trabajo, principal recurso que antes teníamos para sobrellevar las enormes cargas que pesan sobre nuestros pueblos, y atender a las principales necesidades de la vida; adonde tampoco pueden emigrar los palmeros a buscar el jornal que no encuentran en su país… ."[12]

Entonces, como sucedería en la centuria siguiente, los círculos republicanos que contestaban al orden caciquil vigente se expandieron y se constituyó, por primera vez en la historia de la Isla, un sindicato obrero: la Asociación Gremial de Obreros de La Palma.

Durante todo el siglo XIX, la aventura de la emigración se cobró su tributo. Según las noticias que El Time consideraba "verídicas y seguras", pocos de los que viajaban a América conseguían su propósito. "Un dos por ciento" mejoraba "verdaderamente su fortuna, un cinco por ciento se mantendrán poco más o menos como aquí, y el resto, o son víctimas de las enfermedades reinantes en aquellos países, o por diversas causas viven en situación aún más aflictiva que la que dejaron, no escaseando el número de los que en medio de la indigencia se considerarían felices con tener el gofio con que se alimentaban en su tierra, a la que no regresan por carecer del dinero preciso para costear el viaje". No obstante, como reconocía el mismo periódico, la emigración proporcionó a La Palma "grandes e indisputables beneficios". "Su oro" había sido "por largo tiempo el único instrumento de nuestros cambios". "Algunos de nuestros paisanos" habían adquirido "allí riquezas de consideración, que más o menos" habían refluido "en provecho de La Palma, y otros" habían agenciado "medios suficientes de subsistir con algún descanso y comodidad"[13].

 


[1] MADOZ, Pascual: Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar (1845-1850), Interinsular Canaria, Valladolid, 1986, pp. 164 y 166. No es de extrañar la baja esperanza de vida: 27,6 años de edad, que, a mediados del siglo XIX, tenía La Palma (OLIVE, Pedro de: Diccionario Estadístico-Administrativo de las Islas Canarias, Jaime Japus, Barcelona, 1865, p. 638).

[2] OLIVE, Pedro de: 1865, op. cit., pp. 642-643.

[3] CARBALLO WANGÜEMERT, Benigno: Las Afortunadas, Centro de la Cultura Popular Canaria, Santa Cruz de Tenerife, 1990, p. 143.

[4] Emigración a América,  El Time, La Palma, 7 de octubre de 1867. De los emigrantes que partieron del municipio de Los Llanos, un articulista decía que "aquellos de sus hijos que han salido a buscar a extraños países, los bienes de fortuna que en él no podían hallar, lejos de olvidarle, imitan la piedad del hijo de Jacob, velando desde Egipto por el sustento y bienestar de sus deudos" (El Time, La Palma, 18 de septiembre de 1864).

[5] Importación de cereales, El Time, La Palma, 17 de octubre de 1869. Ver, PÉREZ DÍAZ, Pablo: El sexenio en La Palma, Tenerife, Editorial Benchomo, 1993, pp. 30-50 y143.

[6] Precios corrientes de varios artículos de consumo, El Time, La Palma,  27 de diciembre de 1863, 7 mayo de 1865 y 22 agosto de 1867.

[7] Emigración a América,  El Time, La Palma, 7 de octubre de 1867. Benigno Carballo Wangüemert refería que muchos emigrantes retornaban "a la vuelta de algún tiempo" aunque "su número es siempre inferior al de los que salieron, porque el vómito  negro y las enfermedades que se padecen en Las Antillas, cobran su tributo, y algunos que no han mejorado de fortuna, no quieren retornar pobres al país natal" (CARBALLO WANGÜEMERT, Benigno: 1990, op. cit., p.143).

[8] Nuestra riqueza agrícola, El País, La Palma, 23 de diciembre de 1896.

[9] Sección provincial y local, La Palma, 16 de abril de 1878.

[10] La razón del proceso migratorio insular la volvía a reiterar el periódico La Palma por aquellas fechas: "sabido es que muchísimas personas de esta Isla, cuando no encuentran en ellas los medios suficientes con que atender a sus primeras necesidades, o bien deseando adquirir grandes capitales, emigran a varios puntos de América y más principalmente a la Isla de Cuba, para allí encontrar lo que su Patria les niega (Una cuestión trascendental, La Palma, 21 de junio de 1879).

[11] Sección provincial y local, La Palma, 16 de abril de 1878. Se consiguió organizar la marcha de muchos canarios a Cuba mediante este sistema. Sin embargo, pronto se descubrió que esta fórmula permitía al Círculo de Hacendados de Cuba mantener a muchos emigrantes canarios en situación de semiesclavitud. Estos abusos fueron denunciadas por algunos canarios residentes en Cuba y por la prensa palmera (Sección provincial y local, La Palma, 17 de febrero de 1879. Ver, HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Manuel: Canarias. La emigración, Centro de la Cultura Popular Canaria, Tenerife, 1995, pp. 102-104 y 109-110).

[12] Grave conflicto, El País, La Palma, 3 de abril de 1897.

[13] Emigración a América,  El Time, La Palma, 7 de octubre de 1867.

 

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