La decencia del hombre sencillo

La democracia tiene una esencia altruista legada por millones de personas que se esforzaron por conseguir libertad, justicia, paz y tolerancia para todos. Quien desande el tiempo, descubrirá generaciones del común, anudadas en un relevo tenaz, levantándose, aquí y allá, por mejorar su condición. Hombres y mujeres que, en algún momento de sus vidas, lucharon por el derecho a la felicidad, pese a exponerse a los avatares del castigo.

Cuando se alcanza la libertad, buena parte de la energía que impulsó la empresa colectiva se transforma en esperanza. Esta ilusión es ignorada, muchas veces, por unas formaciones políticas que muestran tendencia a priorizar el interés de la organización o el beneficio particular de sus integrantes sobre el bien común. Ya por el año 1871, durante el Sexenio Democrático, el periodista palmero Antonio Rodríguez López avisaba sobre el deterioro que las malas inclinaciones de los partidos suponían para el régimen democrático: "a la causa social ha sustituido la causa personal, a la fraternidad el egoísmo, a la suprema ley de la unidad el interés mezquino de la parcialidad" (La Causa Pública, Santa Cruz de La Palma, 19 de agosto de 1871).

 Desde hace unos meses, uno de los principales partidos de nuestra democracia (no importa cuál, sino qué), ve como afiliados suyos son imputados por delitos de corrupción. Concretamente, los atestados acusan a varios dirigentes de aprovechar el ejercicio del gobierno para favorecer ilícitamente a su organización, a sus socios o a sus amistades. Tras la incriminación, el partido señalado replica con una tanda de medidas consistentes en achicar a los testigos, arremeter contra los organismos del estado (policía, fiscalía, jueces) que han impulsado la investigación y ligarlo todo a una persecución urdida por su adversario, el otro gran partido.

El discurso exculpatorio, difundido por una potente batería de medios de comunicación, relega a un segundo plano la autenticidad o falsedad del cargo, al presentarse la inculpación como un desenmascarado acoso político, dirigido desde el Gobierno, ahora en manos de sus competidores. La acusación judicial queda desfigurada y, por tanto, cuestionada, al revestirse, como cacería política. De este modo, se consigue galvanizar a los partidarios, dispuestos a defender a su asociación de las agresiones de los contrarios; se presiona a las instituciones encargadas de examinar las imputaciones; y se desplaza el foco de atención de los tribunales al cuadrilátero de la política.

En las últimas elecciones celebradas en España, vencieron quienes sometían a las urnas su absolución. Sin embargo, dejar pasar no es una vacuna. Ahora, como una nueva gripe, el virus se extiende y, todos, desde los jerifaltes hasta los concejales de pueblo, recurren al mismo protocolo.

Hace unos días, un edil de este partido, en Tenerife, fue denunciado por la Policía Local de un municipio norteño, debido a que forcejeó con su novia, hasta dejarla tendida en el suelo. La reacción siguió el mismo patrón: en primer lugar, según las informaciones de los diarios, el acusado presiona a la víctima y principal testigo para que calle; en segundo lugar, el político amenaza con querellarse contra los policías locales que, al comprobar que la mujer no cumplimentaba la denuncia, decidieron presentarla de oficio; en tercer lugar, el partido respalda a su militante y condena "la utilización política y partidista de este supuesto caso de maltrato por parte del gobierno socialista en el Ayuntamiento" (La Opinión, Tenerife, 14 de junio de 2009).

La cuestión es que el estado de derecho se desvirtúa si desemboca en un lugar donde corruptos y abusadores pueden blandir su cuota de poder para obtener licencias de impunidad.

Quizás, sea el momento oportuno para reabrir el libro de la historia y recordar la sentencia que Tomás Negrín, conocido por "Corre", regaló a La Palma, sin que nadie se lo pidiera, en una fiesta del árbol, celebrada en los albores del siglo XX: "planten árboles y no planten vergüenza".

Lo menciono porque la pareja de "guindillas" que socorrió a la mujer hizo lo que proponía Tomas "Corre", la única defensa del hombre sencillo, sembrar decencia en la tierra necesitada de la democracia.

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