No es noticia que las relaciones canario-americanas están teñidas de un riquísimo panorama compuesto de hombres y mujeres anónimos sin los cuales sería imposible comprender en toda su dimensión el fenómeno del comercio y de la emigración de los isleños hacia las Indias Occidentales. A menudo, la historiografía oficial ha ignorado a muchos de ellos o por mero desconocimiento o porque sus vidas y sus hechos no parecían poseer ese halo de dignidad merecedor de su inclusión en los anales de las letras doradas y abultados lomos.
Y, sin embargo, son ellos los que delinean en buena parte la demarcación precisa del vulgar acontecer cotidiano. Ignorados o, peor aún, silenciados, sin ellos careceríamos del color de la vida en su sentido más neto, más imparcial y, quizás, más auténtico. Sin la seducción del brillo pomposo del rico indiano, carentes del glamour de los adinerados terratenientes y las esposas de encaje y joyas, privados de la pasión aventurera que movió a muchos navegantes intrépidos o graves descubridores, ayunos de poder y grandilocuencia, cumplieron, no obstante, su función en la ruta canaria a América con fidelidad a ellos mismos, con similar arrojo y con idéntica sabiduría. Su menuda aportación a la historia no les exime del merecido reconocimiento a su esfuerzo o desgana, a su valentía o espantoso miedo ni a su aliento o a su traición.
Corría el año del Señor de 1627 y desde Santa Cruz de La Palma el comisario insular del Santo Oficio, «en cumplimiento y resulta de los edictos de fe y anathema leydos en la dicha ysla en la quaresma», remitía al Santísimo Tribunal de Canaria los autos correspondientes a los casos incoados contra Águeda Martín, alias «la Çipota», Juan, esclavo morisco de Juan de Soto, el carpintero Pedro de Fleitas y una mujer de leyenda, María de Gracia, acusada de hechicería.
El sumario de esta última habría pasado inadvertido entre la pléyade de sortílegos, brujos, nigromantes o hechiceros que pueblan los papeles de la Inquisición en Canarias de no ser porque la declaración de testigos seguida por el comisario de La Palma nos desvela uno de esos capítulos pocos hollados de las relaciones canario-americanas, en los que suele aparecer una trilogía de cuento gótico: un náufrago, su viuda y una bruja de bajos fondos, marginada por su condición racial y probablemente abocada a colocarse, por la exclusión social a la que fue sometida de antemano, en una posición desviada que asume casi de manera autocomplaciente. Es entonces cuando el ser marginal pasa a convertirse en automarginado.
Se añade a su caso, también, otro aspecto sobresaliente que la distingue de otras brujas o hechiceras: su naturaleza gitana. En este sentido, conviene recordar que, según las estadísticas elaboradas por el profesor Francisco Fajardo Spínola [1992: 323-324] tomando como referencia la variable "raza" en su análisis sobre la práctica brujeril en Canarias durante la Edad Moderna, los gitanos ocupan sólo el 1,8% de los denunciados, frente al alto porcentaje que presentan otros grupos étnicos como los blancos (del 35,01%), los mulatos (del 25,86%), los negros (del 19,64%) o los moriscos (del 16,64%). María de Gracia es, pues, un ejemplo singularísimo por personificar a un sector especialmente minoritario.
Ahora bien, ¿cómo llegó su caso a oídos del comisario de La Palma? Para explicarlo es necesario remontar la historia tres años atrás. Fue hacia 1624 cuando Gonzalo Pérez, piloto de la carrera de Indias, zarpó hacia El Caribe. Volvía en viaje de retorno de La Habana hacia España cuando el navío en el que navegaba desapareció; sin noticias del capitán, piloto ni tripulantes, enseguida comenzó a correr «boz comun que [eran] ahogados». En Santa Cruz de La Palma, la viuda de Gonzalo Pérez, María de la O, parecía convencida del trágico desenlace de su paradero en aguas atlánticas, principiando así una secuencia de misas en sufragio por el alma de su marido. Pero ni la cera, ni el incienso ni el réquiem lograban consolar su angustia, aquel no saber con plena seguridad, aquel duelo sin muerto.
Herida por la desesperación, la obligada viuda buscó ánimo por otros derroteros, adentrándose entonces en el mágico, sórdido y siempre atrayente mundo de lo desconocido, porque si «hallara alguna bruja que le dijera si era bibo o muerto su marido havia de consultar sobre este caso para rremediar con esto su congoja y afliçion». Por mediación de otras dos mujeres, su vecina Águeda de Noguera y una prima de ésta, la vendedera Ana Hernández o González, María de la O logró sus propósitos a principios de enero de 1627.
A su puerta llamó una ama, «una jitana que bibe en esta ciudad, que se llama Maria de Gracia, muger de un Herrero». Se iniciaba así una ruta mágica y legendaria, cargada de misterios, oraciones en lenguas extrañas y conjuraciones. El mismo día de su encuentro comenzaron las sesiones misteriosas con la lectura de las rayas de la mano. María de la O sólo sacó en claro dos cosas: que tenía un «buen marido» y que el afán lector de María de Gracia le había costado de entrada cinco reales. Nada mejor, como carta de presentación, que hacer uso de la quiromancia, uno de los métodos adivinatorios más característicos del universo maravilloso gitano, según han confirmado varios estudios al respecto [Sánchez Ortega, 1988].
La segunda sesión consistió en practicar las llamadas suertes del plomo derretido. También con la variante de estaño quemado -u otros metales-, este ritual se cree de origen morisco, si bien, en el caso de Canarias, bien pudo haber penetrado también a través de los hechiceros berberiscos [Fajardo Spínola, 1992: 199-203]. Sea como fuere, lo cierto es que María de Gracia conocía el procedimiento; su versión, sin duda algo ecléctica, mezcla una oración en la que se nombra a san Juan y a san Sebastián, las únicas palabras que María de la O logró escuchar con claridad. Fundido el plomo mediante la acción de una candileja, al caer las gotas sobre una escudilla de agua «lebantaba borbollones i hasia siertas figuras el plomo, y entonses desia la dicha jitana: "Mire señora be aqui su marido y estos que estan aqui abajo es mucha gente que tray consigo i que paso mucho travajo i peligro i que ya estava en Sivilla"». El proceso debía continuarlo durante la noche, entre las once y las doce, la propia interesada. Se obligaba a sumergir la escudilla y dos tostones en la orilla del mar, diciendo a continuación: «"Asi como esta moneda corre asi corra Gonçalo Peres i benga donde yo estoi", y en esto avian de salir dos animas i pareser alli en la orilla». Atemorizada por el juego con el más allá, tuvo que ocuparse del ritual la hechicera.
La tercera sesión no llegaría a efectuarse. Consistía en amarrar cuatro reales de a ocho en las respectivas puntas de una toalla, «la mejor que tubiese en su cassa», e insertar al medio doce perlas, colocando el ato a los pies de la cama, entre los colchones: en cada vuelta que diese en la cama durante la noche, debía tocar la toalla con los pies: «con esto bendria su marido en salvo». A la mañana siguiente, habría de hacer entrega a la gitana de las perlas y los reales.
Incrédula, arrepentida y con cinco reales y dos tostones menos en la faldriquera, María de la O, viuda del piloto Gonzalo Pérez, reaccionó: «"Anda bete que todo es enbuste i Dios sobre todo", i comenso la dicha Jitana a echar juramentos y ofresiendose muchas beses a el enemigo si no desia verdad en todo quanto le avia afirmado, i que se beria muy afligida por no darle credito con lo qual se fue i no la hablo ni bio mas».
Inevitablemente marcada por sus negocios con la quiromante, con el peso de la culpa sobre su conciencia y aturdida por la amenazante traición de algún delator (probablemente las ya citadas Águeda de Noguera y Ana Hernández), María de la O se presentó ante el comisario inquisidor de La Palma, testificando todo cuanto había sucedido. Se cerraba así un episodio más del trasiego canario a América y sus consecuencias en la vida familiar de los que, aquejados por la incertidumbre, no se consolaban con las respuestas de la moral dominante, recurriendo a otros métodos y personajes excluidos de la norma, capaces de darles alivio -no siempre- a través de determinadas creencias y poderes sobrenaturales.
Fuentes:
- Fajardo Spínola, Francisco. Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna. Las Palmas: Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria, 1992.
- Gray Brich, W. de. Catalogue of a Collection of Original Manuscripts formerly belonging to the Holy Office of the Inquisition in the Canary Islands; and now in the Possession of the Marquess of Bute, with a Notice of some Umpublished Records of the same Series in the British Museum. Edimburgo; Londres: Blackwood and Sons, 1903.
- Sánchez Ortega, Helena. La Inquisición y los gitanos. Madrid: Taurus, 1988.

