El amor es extraño. Tan extraño que sin dolor no tiene sentido. Una terrible contradicción, que da a esta situación del ser humano el sentido trágico que muchas veces tratamos de ocultar bajo la apariencia de una plácida felicidad. El amor crea expectativas y destruye ilusiones, lleva hasta la cima de la euforia y te conduce a los oscuros abismos del infierno.
Cuando las cosas se tuercen, entran dudas sobre su sentido, ya no produce el calor que antes daba, la casa se viene encima y la complicidad se vuelve silencio es difícil aclararse. No hay respuesta a las preguntas que satisfagan, ni soluciones que convenzan. Quizá sea el momento del silencio. Lo digo con el rubor de quien no entiende de estas cosas, pero quiero recordar una de las odas del poeta Ricardo Reis:
"Junto al hogar, cansados no de la obra/ sino porque la hora es la hora de los cansancios,/ no forcemos la voz/ a estar más que en secreto,
y casuales, interrumpidas sean/ nuestras palabras de reminiscencia/ (no para más nos sirve/ la negra ida del sol).
Poco a poco el pasado recordemos/ y las historias contadas en el pasado/ ahora dos veces/ historias que nos hablen/ de las flores que en nuestra infancia ida/ con otro fin en el gozo cogíamos/ y con otra ciencia/ en la mirada lanzada al mundo"

