CORRUPTOS Y PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

 

 

Estos días han resultado muy convulsos para el mundo del deporte tras ponerse en marcha la Operación Galgo que implicó en una red de tráfico de productos dopantes y otras prácticas prohibidas como transfusiones de sangre a laureados atletas, entrenadores, médicos y otras personalidades del mundo del atletismo. Toda la magia, la admiración que has podido sentir por unos deportistas puede desvanecerse y producirte hasta un sentimiento de asco hacia sus figuras. Muchas veces nos entusiasmamos con los atletas y los convertimos incluso en héroes, porque vemos unos seres humildes que desde el anonimato y con su pundonor han logrado unas registros imprevisibles y con ellos han enorgullecido a un pueblo, a una nación; cuántas veces nos hemos visto reflejados en esas figuras que han obtenido una medalla o un campeonato.

Si, de repente, se desvela que esos logros han sido cosechados con productos prohibidos a los que se supone que no han tenido acceso otros deportistas, toda nuestra ilusión desaparece y más bien nos sentimos distanciados de esas modalidades deportivas. Pasó con el ciclismo y ahora amenaza con suceder en el atletismo.

Sin embargo, debe existir la presunción de inocencia que permita la defensa de los acusados y ver qué argumentos exhiben contra una prensa tan carroñera ahora como entregada a su causa antaño. Muchos de estos deportistas ya saldrán con su figura eternamente manchada y con un lastre irreparable después de su vinculación a esta historia que difícilmente podrá ser reparado de demostrarse su inocencia. Es verdad que la presencia de algunos personajes como el doctor grancanario Fuentes- por cierto, vaya rigor el que esgrimen algunos periodistas que hablan de las confidencias de este galeno a su compañero de celda, tampoco es de extrañar en un país que eleva a altares mediáticos a personajes como Belén Esteban- o del entrenador Pascua es recurrente y la compararía a aquellas películas que se hacían sobre la mafia en las que todos sabían quienes eran los responsables de la organización, pero nunca estos dirigentes podían ser detenidos. Evidentemente, si se demuestra la culpabilidad de los acusados tendrían que rodar cabezas en la cúpula del deporte español por los altos cargos de algunos de los implicados; recuerdo que Marta Domínguez era la Vicepresidenta de la Federación Española de Atletismo, aunque en este país rara vez se asumen responsabilidades políticas.

Vamos a confiar en la justicia y esperar que el tiempo nos demuestre hasta dónde estos atletas llegaron con su esfuerzo o hasta qué punto sus marcas fueron elevadas por prácticas dopantes. Una lectura más radical de los hechos nos llevaría a desconfiar de todo el sistema y de todo el deporte.

Y el mismo planteamiento pienso que tendríamos que aplicar a la vida política, donde muchas veces en casos de supuesta corrupción ponemos en entredicho la separación de poderes y hablamos de utilización política de los jueces; probablemente, existan miembros del cuerpo judicial que no sean ecuánimes, pero de ahí a poner en solfa todo el sistema; yo veo muy poca imparcialidad y sí a muchos dirigentes políticos que piden las máximas penas para sus adversarios y que, en cambio, apelan a la presunción de inocencia cuando los afectados son de los suyos.

Al final, muchas veces caen los tramposos y los corruptos; hemos de remar conjuntamente para crear unos mecanismos que resulten cada vez más difíciles de sortear por estos tahúres que alcanzan la gloria sin darse cuenta que de ser cazados su caída será mucho más dura. Es la segunda vez que escribo un artículo sobre el doping y me gustaría que fuese la última, porque ello significaría que habría desaparecido; de todas maneras soy consciente de lo utópico de mis palabras, ya que la corrupción es inherente al género humano.

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