LA CLASE POLÍTICA

Cada día aumenta el descrédito de la clase política y cada vez es menor la credibilidad que los ciudadanos tienen de que a través de la cosa pública podamos revertir determinadas lacras que se han consolidado en nuestro cercano firmamento.

  Me preocupa que se lleguen a ver como normales los casos de corrupción, que se piense que los dirigentes únicamente aspiran a forrarse, que la ineptitud de algunos de nuestros consejeros nos cueste al conjunto de los canarios millones de euros y que además los responsables directos de este caos sigan instalados en sus poltronas.

   Recuerdo la reprimenda que se llevó  una compañera de clase de uno de mis profesores, cuando, apenas llegada la democracia,  le respondió que pasaba de la política; nuestro tutor simplemente la arengaba sobre la necesidad de implicarse y lo fácil y cómodo que resultaba lo contrario.   Es evidente que aquellas filípicas eran imprescindibles para que los muchachos que éramos entonces adquiriésemos unos firmes valores que estabilizasen un régimen aún incipiente.

 Está claro también que hacen falta  personas que se dediquen por entero a esta actividad y que además que el ejercicio de esa labor justifique la percepción de un digno salario. Ahora bien, lo que no es de recibo es el enchufismo que preside ciertas instituciones, el que no se busque para puestos técnicos al más cualificado sino al pariente del político o al que tiene el carnet del partido y los sueldos y dietas astronómicas de muchos  de los "servidores" del Estado. 

  No podemos meter en el mismo saco a todos nuestros dirigentes, pero diferentes hechos constatan que hace falta más transparencia y que en muchos sitios el olor a putrefacción es evidente. La corrupción es inherente al ser humano y siempre va a haber escándalos en todos y cada uno de los partidos. Las fórmulas para evitarlos si deben sobrevenir de una clase política a la que tenemos que demandar urgentemente este tipo de medidas. Lo contrario es una invitación a la aparición de personas e ideologías extremistas; a que cada día nos parezcamos más a países con mayor tradición democrática, pero también inmunizados a este tipo de barbaries como pudiera ser Italia.

¿Está Canarias y La Palma en esta onda o podemos estar orgullosos de nuestros dirigentes? Por lo que concierne a Canarias ya quedó claro en el inicio de este artículo que pienso que damos la razón a aquellos analistas que opinan que los caso de ineptitud y corrupción son más frecuentes en el sur que en el norte. Los votantes también somos corresponsables de ciertas situaciones cuando permitimos que determinados partidos y dirigentes se instalen permanentemente en el poder hasta el extremo que ya consideran que la institución que rigen es su finca particular y no un puesto en el que tienen que gobernar y administrar para toda la población. La cuestión llega a tal límite que a dos años para unas elecciones ya se está más pendiente de la posición a ocupar en la próxima lista que de desempeñar la función que pagamos los canarios. Se ha reducido drásticamente el presupuesto en educación, sanidad, servicios sociales pero no los sueldos de los diputados que, al contrario, se han incrementado bajo el pretexto de que dentro de su escalafón eran los más bajos, no ocurre lo mismo con muchos otros sectores que desgraciadamente no se pueden fijar su propio sueldo. ¿Es este su ejemplo en los actuales tiempos de crisis? A tal medida no hubo ni un voto discordante y sí oídos sordos a las propuestas para congelar tal subida. Una profesión no se dignifica solo con el sueldo sino  también con ejemplos de este tipo.  En las islas capitalinas lo mismo que en Lanzarote y Fuerteventura hasta ahora los escándalos  han sido superiores  a los de nuestra isla, porque también el pastel a repartir ha sido mayor. Con esto quiero decir que no creo que aquí seamos mucho más inmunes, aunque hasta hace muy poco si se observaba una mayor preparación que en las islas orientales, estas en los ochenta y noventa se vieron desbordadas por el boom turístico e incrementos poblacionales desmedidos  para los que no estaban preparadas.

 Que conste que siempre es más fácil ver los toros desde la barrera y quien esto escribe lo pretende hacer desde la objetividad que le otorga su no militancia en un partido político, situación que he prolongado por mi falta de cintura para tragar algunas situaciones. Confío que con este artículo reflexionemos y nos posicionemos  para que todos desde nuestro reducida parcela valoremos la democracia y también ayudemos a fortalecerla con los hechos y no con las palabras. A los políticos, por supuesto, les pediría más clase y menos política.

 

 

 

 

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