
Para Chari, con amor, en la convicción de que su querida Lía nunca se separará de su lado
En estos días aciagos (y los que quedan), en los que las desdichadas circunstancias personales se solapan con una realidad cotidiana profundamente desalentadora, el visionado del largometraje documental Jerry West: The Logo, producido para la plataforma Prime Video por el combativo cineasta californiano Kenya Barris y que aborda, a partir de la última entrevista concedida por Jerome Alan West (Chelyan, Virginia Occidental, 28 de mayo de 1938-Los Ángeles, California, 12 de junio de 2024), la compleja trayectoria de uno de los más formidables y elegantes jugadores de baloncesto desde que James Naismith creara, en diciembre de 1891, un deporte para practicar bajo techo, en las instalaciones de la YMCA (Young Men’s Christian Association), en Springfield, Massachusetts, a salvo de los rigores invernales de la costa Este, me produjo la reconfortante sensación de que no todo está perdido, de que la pervivencia de esta especie tan maligna como miserable está garantizada mientras seamos incapaces de destruir la simiente que termina madurando en seres humanos como este héroe trágico que siempre se rebeló y jamás se doblegó ante un destino cruel y despiadado (la dura infancia, rica en privaciones, con un padre violento y desgraciado; la muerte en Corea de su hermano mayor, al que estaba unido por un vínculo muy especial y su refugio, para cicatrizar dicha pérdida, en la dedicación obsesiva, a todas horas, al lanzamiento a canasta en el destartalado patio de su casa; las nueve finales de la NBA perdidas, de forma ininterrumpida; el naufragio de su primer matrimonio; su sentimiento de culpa por haberle fallado a sus tres hijos; su continua lucha contra la depresión, motivada en gran parte por su incapacidad para expresar emociones íntimas frente a quienes lo amaban sin reservas o la inesperada desolación que le produjo el fallecimiento de Kobe Bryant, su más asombroso descubrimiento y a quien adoptó como si el chico fuera uno más de su familia), para asumir con dignidad la derrota, encarar el dolor y darle la vuelta a tanto infortunio (por ejemplo: no fue campeón universitario por un solo punto de diferencia, después de batir todos los récords inimaginables con los West Virginia Mountaineers) para cosechar, finalmente, una interminable relación de títulos y reconocimientos, en la propia cancha (medalla de oro en Roma, 1960, y campeón de la NBA, en 1972, con un total de victorias, sesenta y nueve, apenas superadas por los Bulls de Jordan, en 1996), y desde los despachos de los Lakers, los Grizzlies o los Warriors; y lo que sin duda más importa: el reconocimiento, el respeto y la admiración de quienes lo trataron y que aquí dan testimonio de todo ello.
En 1969, tras ganarle en el séptimo partido de la serie final, en el Forum de Inglewood, su rival Bill Russell, que ponía así el cierre soñado a una carrera que nadie podrá igualar jamás, le escribió una nota que habla tanto de su caballerosidad como de la grandeza del vencido: «Sabes que te quiero y espero que entiendas que no cambiaría nada en el mundo, excepto verte feliz».










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