De no haber fallecido a la edad de setenta y tres años, víctima del bacilo de Kock, temible bacteria de entre 1 y 10 micrómetros de largo y de entre 0,2 y 0,6 micrómetros de ancho, y, por contra, de haber gozado de una longevidad más propia de Matusalén que de cualquier ser humano conocido y, de momento, aún por conocer, al bueno de Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger le hubiese dado tiempo de refutar, reformular y contradecir y volver a replantear y rebatir innumerables veces sus propias hipótesis y ecuaciones sobre campos tan escurridizos como la mecánica cuántica o la termodinámica.
A pesar de sus muchas y diversas contribuciones a la física, este premio Nobel de la especialidad en 1933, compartido con Paul Dirac «por el descubrimiento de nuevas formas productivas de teoría atómica», será recordado por los siglos de los siglos por el experimento (nunca llevado a la práctica) de meter un gato en una cámara de acero completamente hermética y especular con la posibilidad de que, una vez activado un dispositivo sensible a la radiación, al estar dotado de una partícula radiactiva, y de que este provocase la rotura de un matraz provisto de un potente veneno, lo que, en virtud de la superposición cuántica, daría lugar a que, durante un momento, un suspiro, un destello fugaz (como el que emiten los meteoros que entran en la atmósfera de este planeta a la velocidad del rayo vallecano), el citado minino estaría vivo y muerto a la vez, como el desdichado protagonista de El extraño caso del señor Valdemar, de Poe, primorosamente adaptado a la pequeña y gran pantalla hasta en tres ocasiones por el gran Chicho Ibáñez Serrador.
A diferencia del felino de Schrödinger, presente solo en las coordenadas espacio temporales de la mente albergada en su cráneo privilegiado, el michi de Jésica Rodríguez (nos referimos a la mascota adoptada por ésta en los tiempos en que vivía de ser la concubina del ex ministro Ábalos, no a su chumino) gozó de una existencia cierta, real, empírica y demostrable y que, no en balde, por confesión de su propietaria en sede judicial, hubo de ser sometido a una intervención quirúrgica en la consulta de un médico veterinario (de alguna manera la mayoría de los galenos no dejan de ser, en el fondo y en las formas, zootecnistas) que luego pasó una minuta de unos seiscientos euros que, por caprichos de la superposición cuántica, al mismo tiempo fueron abonados de su propio bolsillo por el hoy encausado ex secretario de organización del PSOE y por usted mismo, sufrido contribuyente, contribuyenta o contribuyento, que bien pudo sufragar dicha operación a través de alguno de los ciento sesenta impuestos decretados por el gobierno desde que llegara al poder, aupado en una moción de censura que fue defendida con vehemencia e indignada prosodia desde la tribuna del Congreso por el mismo tipo que se sienta en el banquillo de los acusados y al que le aguarda una larga temporada en una celda sin sombra. Y sin gato.










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