Cuando la profesión va por dentro

A mi madre, que siempre nos arreglaba con dulce primor para acudir a las procesiones de Semana Santa en Santa Cruz de La Palma, y a Luis Alemany, con quien espero reencontrarme cuando toque y de quien siempre me acuerdo el Jueves Santo

En el programa de actos y citas ineludibles de esta semana, la procesión de mediodía del Viernes Santo, que suele centrar su atención en la figura de la Madre Dolorosa, que acompaña a su único hijo camino del inhóspito montículo donde es crucificado, en una de las ejecuciones más atroces concebidas por la mente abyecta del hombre (que es el auténtico corazón de las tinieblas), está revestida en Santa Cruz de Tenerife de unas paradójicas y curiosas connotaciones que van más allá del simple rito para religar de una forma absolutamente inesperada la devoción católica con la fe laica en la república liberal. Me explico.

En 1805, por vez primera salió a las principales vías del casco histórico de la capital chicharrera (las calles San Roque, San Felipe Neri, Plaza de la Pila y calle de Malteses, Castillo, La Noria y Corazón de Jesús) la talla de Nuestra Señora de Las Angustias, de 1,50 metros, esculpida en el taller de Miguel Arroyo Villalba (1770-1819), prestigioso ebanista, encuadrado en el barroco tardío, plenamente neoclásico, quien había donado la imagen en marzo de 1804 a la parroquia de El Pilar. La escultura, de la que siempre se ha elogiado su realismo y crudeza, está considerada de hecho como una de las piezas de mayor categoría dentro del arte sacro de la ciudad e incluso cuentan que era tal el celo con que el propio Arroyo cuidaba de su creación que él mismo vestía a la Virgen antes de salir en procesión y lo hacía al estilo de una mujer hebrea de la época e impedía que fuera ataviada con otras indumentarias, por fuerza anacrónicas aunque más llamativas. Como la vida se escribe a sí misma con trazos muchas veces caprichosos y en ocasiones despiadados, quiso la casualidad (o la causalidad, quién sabe) que varias décadas después del fallecimiento de Miguel Arroyo Villalba, en un domicilio próximo, casi puerta con puerta, arribase a este valle de lágrimas Emilio Calzadilla Dugour (1875-1916), abogado ilustre de la localidad y alcalde accidental de la misma hasta en dos ocasiones: del 15 de enero al 19 de julio de 1913, ante la ausencia del titular Marcos Peraza Vega, y del 7 de julio al 8 de noviembre de 1915, en sustitución de Antonio Vivanco Santillán. Precisamente, fue en el primero de estos mandatos provisionales en el que Calzadilla, reconocido republicano de estirpe liberal, vinculó su existencia con la citada talla de Nuestra Señora de las Angustias, cuando, en la semana santa de 1913, los concejales se negaron a pagar a la banda de música para que participara en los pasos procesionales del viernes. Fue don Emilio (y nadie más) quien abonó de su bolsillo los honorarios. En agradecimiento, la banda municipal decidió tocar alguna tonada que fuera del agrado de su imprevisto benefactor y, como al parecer éste era devoto de Giacomo Puccini, los músicos optaron por interpretar el «Adiós a la vida» de la ópera Tosca, que fue adaptada para la ocasión y pasó a ser interpretada cada año, en tributo al edil, al paso de la comitiva por las proximidades de su casa.

Revestida con esta aureola de benévola protección laica, no es de extrañar que en 1931, en medio del insoportable clima de anticlericalismo promovido por los energúmenos y exaltados que impusieron la segunda república, esta imagen mariana, conocida ya entonces como «La Republicana» o «La Virgen Republicana», fuese la única cuya procesión se autorizó en esa fecha y en las inmediatamente posteriores (hasta 1936). En su itinerario se incluían tres paradas concretas: ante la desaparecida librería Delgado Yumar (en cuya trastienda se reunían un nutrido grupo de intelectuales y republicanos santacruceros en largas y acaloradas tertulias), sita entre la calle Villalba Hervás y San José, que es donde la banda ejecuta aún hoy la célebre aria de Puccini; y frente a los domicilios del alcalde Andrés Orozco, en la calle del Castillo, y del ilustre letrado Ramón Gil Roldán, en Teobaldo Power.

Tan conmovedora convención se mantuvo años después, en pleno régimen franquista, y aquella procesión pasó a ser motivo (y punto) de reencuentro para viejos políticos represaliados, nostálgicos de la siempre postergada revolución falangista, simpatizantes de la causa o jóvenes descontentos, creyentes o no, que asistían a aquel acto religioso, lleno de simbolismo cívico y oculto anhelo libertario. Esta parte de la historia me la refirió Luis Alemany, que era un asiduo a la cita hasta que un buen día él también se fue para no volver. Luis, que se declaraba un agnóstico esperanzado y que, en el fondo, siempre se sintió un poco católico y sentimental (como el marqués de Valle Inclán) se habría muerto de risa (con aquella carcajada suya de niño travieso algo tísico) si hubiese visto que el martes, al paso de la comitiva que acompañaba al Señor de Las Tribulaciones por la calle San Francisco Javier, caía confeti de algunos balcones y ventanas, mientras los chinos (parafraseando a Andrés Chaves: «Siempre hay un chino mirando») sacaban vídeos y fotos con su móvil, para subirlas a TikTok como souvenirs antropológicos.

Post scriptum: no se descarta que alguno de estos súbditos del coloso asiático, atraídos a las Islas por las fabulosas condiciones (y promesas) del REF, del RIC, del ROF, y del futuro Tratado de Libre Comercio entre España, Rusia, China y Kafiristán, haya confundido a José Manuel Bermúdez con un mascarón y al resto de comparsas con una cabalgata retrasada, en conmemoración del Año Nuevo, dedicado al Caballo Fufo.

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