«Debemos protegernos de la adquisición de influencia injustificada, ya sea buscada o no, por parte del complejo militar-industrial. El potencial para un desastroso ascenso de poder indebido existe y persistirá. Nunca debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades ni nuestros procesos democráticos. No debemos dar nada por sentado. Solo una ciudadanía alerta e informada puede lograr la correcta integración de la enorme maquinaria industrial y militar de defensa con nuestros métodos y objetivos pacíficos, para que la seguridad y la libertad prosperen juntas»
Discurso de despedida de la presidencia de Dwight D. Eisenhower, 17 de enero de 1961
Al igual que otros grandes fabuladores de cualquier época y en cualquier idioma, John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) tuvo la preclara virtud de añadir a su ingente conocimiento de la mitología clásica, nórdica y anglosajona, unas moderadas dosis de talento literario (de cuyos límites era plenamente consciente este prestigioso lingüista y profesor universitario y que cultivó con admirable pudor: hoy cualquier gilipollas sin el más mínimo fundamento presume de seguidores -que no de lectores- como Giacomo Casanova del sinnúmero de mujeres que habían caído en la red de araña de sus encantos) y, sobre todo, su periplo de meses en las trincheras del Somme (hasta que -para su fortuna- fue devuelto a Inglaterra enfermo de gravedad) en las que sus ingenuos ojos de veinteañero se toparon con la auténtica faz de la condición humana. Huérfano desde niño y criado en un orfanato, en el que conoció al gran amor de su vida, Tolkien, cuyos camaradas de juventud serían descuartizados en el frente, fue capaz de extraer toda la profunda belleza que brinda este mundo a quien sepa saborearla y venerarla con una devoción casi religiosa y se desempeñó el resto de su existencia como entregado esposo, padre ejemplar y docente admirado y respetado tanto por sus ilustres colegas como por sus discípulos.
En su caso, llega a la ficción literaria sin haberse propuesto otra pretensión que desarrollar, por puro divertimento, un universo ucrónico, en el que desplegar toda la sabiduría y experiencia acumulada durante la primera mitad de su existencia. El modesto éxito editorial de El Hobbit (1937), concebida como relato de fantasía para un público infantil, lo animó a acometer su gran reto: El Señor de los Anillos, obra magna dentro del género de las novelas de caballerías del Renacimiento, revisado y revitalizado a la luz (y a las sombras) del siglo XX. Hay que señalar que su autor jamás quiso crear una trilogía: las dificultades técnicas que atravesaba la industria británica en la década de los cincuenta obligaron al impresor a dividir esta novela río (sempiterna versión del retorno del héroe tras un larguísimo viaje repleto de peligros y enseñanzas) en tres tomos, en cuya partición y titulación no intervino Tolkien, que fue el primero en criticar tales elecciones.
No es mi propósito aquí y ahora ni desbrozar la sinopsis argumental de dichos libros (popularizados y amplificados en las desmesuradas y extraordinarias adaptaciones cinematográficas, producidas y estrenadas en la presente centuria), ni profundizar en sus innegables méritos literarios. Por un lado, tan solo traigo a colación a dos villanos de la citada fantasía medieval (como el mago traidor Saruman o Gríma ‘Lengua de Serpiente’, lacayo del anterior) a modo de jocosa analogía a la hora de identificar a dos personajes siniestros (a cual más abyecto y miserable) de la realidad actual y, por otro, recordar (por lo inquietante que tiene la proyección del objeto imaginado en el repugnante complejo industrial militar que lleva las riendas del planeta, para beneficio de unos pocos y ruina y destrucción de los demás) que hoy en día Palantir Technologies lidera el comercio internacional de armas, así como la mayoría de operaciones e intervenciones que se perpetran (con el consiguiente coste en decenas de miles de vidas humanas) en nombre de una falsa co-gobernanza mundial (eufemismo que esconde, en el fondo, un modelo de totalitarismo de la peor calaña, revestido de un consentimiento democrático absolutamente inexistente), cuando Palantir es la piedra oscura, esférica, que parece de vidrio o cristal, a través de la que puede atisbarse el pasado o el futuro, en cualquier parte o lugar, y mediante la cual Sauron se comunica con su principal siervo, en un tiempo sin tiempo en el que la hechicería no precisaba de otros servidores que los aprendices de brujos, a sueldo de orcogarcas y hombres malvados, obsesionados por el poder, el control y el dinero.










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