El 10 de noviembre de 1664, el licenciado Melchor Brier y Monteverde -Visitador General del Obispado- había dispuesto que la ermita de Las Nieves se alargase unos 20 pies y que sus paredes se aumentaran en proporción. Fernández García, en su premiada obra sobre el Real Santuario palmero, informaba de que esto "se basaba en que era insuficiente para acoger a los fieles que concurrían el día de la Virgen y en tiempo de cuaresma…" El propio investigador palmero aseguraba que todas las reformas y edificaciones que durante años tuvieron lugar en este sacro recinto, siempre fueron ejecutadas en el mismo sitio. Es decir, que la iglesia de Nuestra Señora de Las Nieves nunca estuvo situada en otro lugar, "sino siempre con reformas dentro del mismo núcleo". Se cree que este santuario había sido fundado o superpuesto sobre un lugar sagrado para los aborígenes.
El primitivo oratorio tenía, sin embargo, una orientación diferente al edificio actual, de manera que, en su largo, "quedó de capilla mayor y sacristía actual, en su ancho". De esta manera, el medio punto de cantería que aún hoy podemos apreciar, era el primigenio altar de la ermita de la Patrona de La Palma, fabricada por Antón Pérez. En él se había colocado en 1696 un cuadro de medio punto que representa a la Sagrada Familia.
Fernández García -al igual que otros estudiosos- lo han catalogado como obra de escuela sevillana del siglo XVII. Sin embargo, el profesor palmero Pérez Morera decía que es cuadro en forma de luneto que se adapta a la curvatura del arco, "de influencia murillesca que hemos atribuido al artista Bernardo Manuel de Silva -colocado sobre la cajonería de la sacristía (1697)…"
Esta bella pieza pictórica se llevó a cabo por devoción del sargento mayor de las Milicias de La Palma, alguacil mayor del Santo Oficio y mayordomo Diego de Guisla y Castilla (1634-1718) y su esposa, María Pinto de Guisla. Como perpetuo testimonio de su devoción a la Virgen de Las Nieves y con claro afán de ostentación pública, hizo grabar su nombre en las numerosas obras que hizo en honor a la Morenita. Es por todo ello que en ambos lados inferiores de esta pintura aparecen los blasones nobiliarios del célebre matrimonio. Fue muchos años esclavo mayor de la Virgen en la congregación mariana que fundó su primo Juan Pinto de Guisla para fomentar la veneración a la "Gran Señora de La Palma": la Esclavitud de la Virgen de Las Nieves. Gracias a su celo y devoción se hicieron las magníficas andas de baldaquino de plata de la imagen (segundas más antiguas de Canarias tras las de la del Rosario de Santa Cruz de La Palma), el pórtico principal de cantería del Santuario, el retablo mayor del templo, el altar-trono festivo de plata repujada, el pavimento interior del recinto sacro, etc. Además, Pérez García escribía: "…caballero de los más significados en el medio social de la ciudad-capital, fue uno de los que se comprometieron a costear la celebración de uno de los días de estancia de la imagen en la parroquial de El Salvador…" durante las grandes fiestas lustrales de la Bajada de la Virgen, fundadas por el prelado García Ximénez.
La bella pintura sobre lienzo (cuyas medidas son 240 x 145 cms.) representa a la Virgen -de suave rostro y de expresión bella y candorosa- con el Niño Jesús, que está jugando con un pajarillo entre sus manos, símbolo del alma del pecador "que busca refugio en Cristo" (Salmo, 123,7). En esta sencilla, tierna y humana composición destacan las dulces miradas de María y José, sentado a su lado y apoyado en el tronco de un árbol que los cobija. Ambos observan amorosamente el juego del Niño desnudo que, plácidamente se recuesta sobre el regazo de su Madre. Un rompimiento de gloria como foco irradiante de luz se plasma sobre las cabezas del grupo desde cuyo centro surge la paloma blanca que representa al Espíritu Santo.
La magnífica obra podría bien llamarse Sagrada Familia del Pajarillo, por ejemplo, recibiendo ese nombre por el pajarito con el que se entretiene el Niño Jesús. La total ausencia de elementos divinos o celestiales (si exceptuamos la Paloma mencionada) hace que nos situemos ante una escena familiar, como si el pintor abriera las puertas de su propio huerto para mostrarnos el juego tierno del pequeño acompañado por su madre, mientras el padre se enlaza con ambos a través de la cuerdecilla con la que está atado el animalito. Sin mirarse directamente, se comunican con complicidad mientras San José sostiene el cordel con ternura y delicadeza, mostrándose protector y vigilante como buen padre: disfruta sosegado con el inocente juego de su Hijo.
A excepción del rompimiento de gloria, no hay divinidad, ni halos místicos: María, José y Jesús son simplemente unas personas plasmadas en una escena cotidiana. Son figuras elegantes pero no dejan de poseer cierto realismo; el protagonista es el Niño Jesús, iluminado por un potente foco de luz procedente de la parte superior que provoca contrastes, dejando el lado derecho del espectador y su fondo en casi total penumbra sobre el que se recorta las figura de San José. Aquí se vislumbran también el grueso tronco de un árbol y la silueta de un arbusto.
Una imaginaria línea diagonal divide al cuadro en dos mitades: una clara (el cielo, las nubes, Dios…) y otra oscura (la tierra, el árbol, el hombre…). Las figuras también siguen ese juego diagonal de inclinación hacia la derecha del que contempla la imagen. No obstante, la iluminación es matizada y supera el estricto tenebrismo. Estos contrastes eran típicos barrocos y hacen resaltar a los personajes sobre el fondo, casi siempre neutro. El excelente dibujo del que siempre hará gala Bernardo Manuel de Silva se aprecia claramente en sus escasas obras pictóricas, donde los detalles son también protagonistas: los delicados pliegues de los paños, los miembros de las figuras, los gestos, las miradas absortas y ensimismadas, etc.
Pérez Morera publica las palabras que el párroco del santuario, José Crispín de la Paz y Morales, decía sobre esta pieza en 1920: "posee un cuadro bastante bueno en forma de semicírculo, de autor desconocido, perteneciente a la escuela sevillana. Representa a la Sagrada Familia. En él, la Santísima Virgen ocupa el lado derecho sosteniendo amorosamente al Niño Jesús de bruces, que juguetea con un pajarillo que San José sentado a la izquierda sujeta con un delgado cordel para evitar su fuga".
Este cuadro nos recuerda la composición pintada por Murillo titulada la Sagrada Familia del Pajarito, óleo sobre lienzo -barroco naturalista- pintado en 1650 y conservado en el Museo del Prado de Madrid.
BIBLIOGRAFÍA
FERNÁNDEZ GARCÍA, Alberto-José. Real Santuario Insular de Nuestra Señora de Las Nieves, Everest, León, 1980
PÉREZ GARCÍA, Jaime. Fastos Biográficos de La Palma, Madrid, 2009
PÉREZ MORERA, Jesús. «Real Santuario Insular de Nuestra Señora de Las Nieves», Magna Palmensis. Retrato de una Ciudad, CajaCanarias, 2000
– Idem. Silva. Bernardo Manuel de Silva, Biblioteca de Artistas Canarios, Gobierno de Canarias, 1994

