Convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora (y III)

La primera capilla del lado de la Epístola, dedicada originalmente a Nuestra Señora de Montserrat, fue fundada por el catalán Gabriel de Socarrás y Centellas, Regidor del Cabildo y su esposa, doña Ángela Cervellón Bellido -hija del conquistador Vicente Cervellón- en 1565. Conocida también como de Nuestra Señora de Los Ángeles o de los Socarraces, se la ha considerado como la mejor capilla de la ciudad. En uno de los artesonados más interesantes del Archipiélago se aprecia, en su almizate octogonal, la Coronación de la Virgen por la Trinidad. Un rico artesonado cupular con decoración renacentista dividido en casetones rehundidos por molduras que producen riqueza y claroscuro. Fue construida antes de la invasión de los franceses en 1553. Su existencia prueba que el convento se libró del incendio provocado por los temibles piratas, lo que coincide con el texto de Gaspar Frutuoso, en el que se indica que el incendio tuvo lugar desde la Placeta de Borrero hacia el sur, en dirección al puerto, entonces el tercero en importancia del Imperio de Carlos V, tras Amberes y Sevilla. Los restos de zonas doradas, azules, rojas y negras, dan todavía buena información de su original esplendor. "Este original esquema de unir estructuras de carpintería con imágenes, se completa en la base de la armadura con la colocación de ocho bustos de los evangelistas y algunos apóstoles o santos" (Martín Rodríguez). Destaca también su interesante arco apuntado sobre pilastras cajeadas completamente decoradas "a la romana". Sobre un pedestal con rostro humano barbado (tal vez San Pedro) se levanta la pilastra cajeada, totalmente cubierta por una decoración de repertorio renacentista, como en ninguna otra de Canarias: "capitel de follaje (con marcado recuerdo corintio), con calículos y cabeza de querubín. El arco tiene por decoración un bello grutesco". Pérez Morera coincide: "la traza del arco, ligeramente apuntado, y la ventana ojival de la pared meridional evidencia la pervivencia del gótico; el arco labrado en piedra, con fina ornamentación de grutescos, no tiene comparación en las Islas". Es extraordinaria la pilastra, con decoración de tipo vegetal, guirnalda con rostro de persona, un angelote… La fecha de 1565 para esta capilla es de gran interés, si la comparamos con la de 1563 en que se construyen las Casas del Cabildo, ya que es evidente la similitud de la talla en ambas fábricas. Se ha querido ver el mismo autor anónimo común. Pérez Morera nos informa de que "cabe la posibilidad que tanto su espléndida cubierta como su arco hayan sido labrados por Arnández de Viamonte, artista que, según consta en el testamento de Diego de Monteverde en 1551, fue contratado por éste…" Hernández Perera decía que "es una de las pocas cubiertas italianizantes del Archipiélago, no tributarias de las lacerías moriscas". Atribuye la capilla a Juan de Ezquerra.

En esta espectacular capilla se venera al Señor de la Piedra Fría, sobrecogedora imagen que es la más antigua de Canarias de la advocación del Cristo de la Humildad y la Paciencia. Esta talla anónima del siglo XVI procede de México. Su retablo dorado era originario de la iglesia del antiguo Hospital -hoy Teatro Terpsícore y Melpómene, conocido como Teatro Chico- donde formaba pareja con el de la Virgen de la Piedad (hoy en la actual iglesia del Hospital de Dolores), de traza y decoración similar. Su origen consta en el inventario más antiguo de la casa-hospital en 1603, donde figura como "Ecce Homo de Las Indias". Fue costeado por Santiago Matías Rodríguez de León, quien obtuvo licencia para fabricarlo en 1756, según Fernández García. El profesor Trujillo indicaba que "los estípites son de original y minuciosa decoración y las orlas combinan los acaracolados y temas florales". Su multitudinaria procesión de la noche del Jueves Santo -antiguamente llamada  Procesión de la Sangre- es una de las más esperadas de la espectacular Semana Santa de la capital palmera en la que desfilan todas las cofradías de la parroquia. Recientemente en la capilla se ha colocado una imagen de candelero de tamaño natural del imaginero palmero Pedro Miguel Rodríguez Perdomo, Nuestra Señora de la Luz de la Pasión,  "de estilo barroco y mezcla del gusto canario y sevillano de finales del siglo XX". En las últimas ediciones participa en la procesión del Via Crucis que sirve de prolegómeno de la Semana Mayor. El retablo original de esta capilla, dedicado a Nuestra Señora de Montserrat, patrona del donante y colocada allí en 1556, desapareció a principios del siglo XIX y la imagen mariana pasó a la capilla de San Nicolás. Junto a la presencia necesaria de los blasones familiares, en dicho retablo se hallaban los retratos del matrimonio donante, símbolo de su empresa piadosa.

La capilla colateral del Evangelio está dedicada a San Nicolás de Bari y fue erigida por Pedro Escudero de Laguna, presbítero y Protonotario Apostólico de Su Santidad, quien luego la vendió al convento. Originariamente había sido dedicada por su fundador a San Pedro Apóstol. Fue adquirida más tarde por 6000 reales de vellón antiguos el 26 de mayo de 1626 por el rico mecenas don Nicolás Massieu ante el escribano Andrés de Chávez (Lorenzo Rodríguez).  En el magnífico retablo barroco -construido por el maestro Bernabé Fernández en 1721 y por el que cobró 2500 reales-  se expone un legado único de imaginería sevillana encargado por la familia Massieu. Su traza, como dijera Pérez Morera, "a pesar de lo avanzado de su fecha, es claramente bajorrenacentista, con su riguroso esquema de dos cuerpos y dos calles, además de perfecta ordenación de casillero; el equilibrio de verticales y horizontales, la armónica proporción de los elementos arquitectónicos y la mesura de la decoración le imprimen una monumentalidad excepcional…" El catálogo de tallas -obras del taller del imaginero sevillano Pedro Duque Cornejo y Roldán (1678-1757)- está compuesto por San Juan Bautista, San Juan Evangelista, San Pedro, San José y San Nicolás de Bari, esta última la mejor pieza. También se venera la de Nuestra Señora de Montserrat -Sevilla, primer tercio del siglo XVI- titular de la  capilla homónima que fue traída por Socarrás. El dorado del retablo fue donación del presidente de la Real Audiencia de Sevilla, don Pedro Massieu Monteverde, en 1735. Se accede a la bella capilla por un arco de medio punto de cantería roja con medias columnas adosadas, de basa ática y equino decorado. Una magnífica lápida de mármol blanco procedente de Génova indica el mausoleo de la poderosa estirpe de los Massieu. En ella están esculpidas las armas en relieve de los linajes y sella la cripta de enterramiento del fundador, su esposa, señora de Lilloot y Zuitland, en Flandes, y sus descendientes. Pérez Morera aclara que esta lápida había sido encargada a Italia en 1655 pero no llegó a La Palma hasta 1721 debido a las guerras y a la falta de comercio. Por cierto, entre el cuerpo sobresaliente de esta capilla y el de la Plata, se encontraba el pasadizo llamado tránsito de la sacristía, hoy tapiado, que conducía desde el claustro, por detrás de la de San Nicolás, hasta el huerto de la sacristía.

Otras muchas sepulturas y enterramientos se hallaban esparcidas por el suelo de la iglesia. En el centro de la capilla mayor, por ejemplo, se hallaba la losa sepulcral de los Monteverde, con su escudo en bronce, desaparecido en 1846. A ambos lados se hallaba la del licenciado Bernardino de Riverol -según Pérez Morera- autor del Libro contra la ambición y codicia, publicado en Sevilla en 1556, y la del genovés Domingo Corona Palaviccino y herederos. Bajo el presbiterio, existían dos bóvedas conocidas popularmente, una como de San Antonio de Padua -al lado de la Epístola- y de San Diego de Alcalá -del Evangelio- porque se hallaban delante de las enormes imágenes de ambos santos, veneradas en el antiguo altar mayor; también fueron enterramientos respectivos de las famosas familias de Guisla y Castilla y Pinto. Los genoveses así mismo tuvieron sepulcro propio en el cenobio, donde se inhumó Margarita Sánchez en 1553. De ellas tan sólo se conserva un trozo de mármol negro, "en el sardinel de la puerta de la capilla de la Vera Cruz, semejante a otra lápida del siglo XVI, con letras góticas, existente en la iglesia del Salvador" (Pérez Morera).

La capilla colateral de la Epístola -con artesonado mudéjar y llamada de la Vera Cruz cuya cofradía de mismo nombre se fundó en 1558- fue obra del pueblo palmero, que solicitó al Cabildo de la Isla "moneda no sellada que era de limosna", para poder fabricarla entre 1559 y 1563, según aparece en la clave del ancho arco que da a la nave. Por el acta del Cabildo de 1 de abril de 1560 se permite esta devota actuación. Bajo este arco tenía una reja que separaba la capilla de la nave de la iglesia. Sólo se conserva en ella el refulgente retablo dorado barroco de estípites en el que se venera otra Inmaculada, imagen de candelero atribuida al prestigioso artista polifacético Bernardo Manuel de Silva. Otros investigadores desmienten esta autoría. Desfila procesionalmente cada 8 de diciembre. Cubierto de "estofados de oro con todo primor", fue costeado por el coronel Felipe Manuel Massieu de Vandale, como recuerda Pérez Morera, "con motivo de haber sido declarada la Inmaculada patrona de las Españas en 1760". El mismo profesor palmero nos informa de que "en el ático se halla la pintura de Duns Escoto, el teólogo franciscano defensor del dogma, y sobre la clave de su única hornacina, escudo con la invocación MATER INMACVLATA rematado por una corona imperial".  Una construcción adosada a la capilla fue acabada en 1762 como Camarín de la Concepción, a espaldas a la misma y hacia la plaza que servía para vestir, desvestir y enjoyar la sagrada imagen. Desapareció otro retablo en el que se daba culto al Calvario y cuyas imágenes fueron cambiadas en el siglo XVIII. En el ático se veneraba la imagen flamenca de San Miguel Arcángel (s. XVI) hasta 1969, fecha en que pasó al Real Santuario de Las Nieves donde tiene altar propio. Sobre una ménsula lateral se venera otra bella talla flamenca, San Blas Obispo, importada de los Países Bajos en el primer tercio del siglo XVI. Sobre otra, se ha colocado la bella Santa Apolonia o San Carlos Borromeo, etc. Éstas, tras la última reforma del recinto, se encuentran situadas en la capilla de San Nicolás de Bari.

"A este cabildo vino el Padre Rafael de San Francisco, predicador de la dicha Orden, el cual ha hecho relación de que una persona tiene en el puerto de esta ciudad sesenta doblas en cuarto, el cual los ha ofrecido y quiere dar de limosna a la Santísima Cofradía de la Vera Cruz de esta isla, par hacer una capilla en que entierren los pobres y cofrades…"

(Acta del Cabildo de 1 de abril de 1560)                     Lorenzo Rodríguez

En la antigua Sacristía aún se puede admirar un techo mudéjar de armadura plana de casetones cuadrados con una rosa tallada al centro de cada uno. Fue la primigenia capilla de San José que fue fundada por Melchor de Monteverde y Salgado a principios del siglo XVIII y fue allí donde se dio sepultura a sus restos. En un lateral se conserva el escudo nobiliario de azulejos de la ilustre saga de los Massieu Vandale Monteverde y Ponte. Donde se ubica la actual Sacristía, a espaldas de la Capilla de la Plata y al lado del Evangelio, era una estancia edificada por Francisco Ruiz de los Reyes, como consta en escritura realizada ante Andrés de Chávez el 21 de julio de 1648.

En todas estas capillas "aparecen pilastras cajeadas, capiteles con decoración de ovas, rosetas y volutas en sus extremos, así como arcos con decoración acasetonada". (López García).

En la nave central, son destacables los nichos de cantería, situados en el muro del Evangelio, con arcos de medio punto embutidos en la pared. En uno de ellos se venera una de las imágenes de pasión más importantes de Canarias, el magistral Señor de la Caída, magnífica obra fechada en 1752. De anatomía perfecta, salió de la gubia del afamado artífice Benito de Hita y Castillo (1714-1784) "el mejor artista de Sevilla". La llegada de la efigie al muelle de Santa Cruz de La Palma en noviembre de 1753 fue todo un acontecimiento histórico. Esto fue posible gracias a la piadosa generosidad de doña María Massieu y Monteverde que, ciega desde 1748, no pudo admirar la deseada imagen. La talla contó con ermita propia en la Calle Real. Se salvó milagrosamente de las llamas junto con el Cristo de las Siete Palabras que hoy se venera en El Salvador. Presidía el anterior altar mayor del convento franciscano. La escultura lleva potencias de plata y una magnífica túnica de terciopelo rojo y bordada en oro, obras de talleres sevillanos del momento. Su esperada procesión anual tiene lugar actualmente en la noche del Miércoles Santo.

Frente a este nicho existe otro, aún mayor, entre la capilla de la Vera Cruz y la puerta principal,  correspondiente al antiguo altar del Santo Cristo o Ecce Homo -nombre dado por la pintura del Señor colocada en el ático- y Nuestra Señora de Regla, fundado el 8 de agosto de 1638 por el piloto de la carrera de Indias, Miguel de Araujo, realizado siendo guardián fray Jacob Antonio Sol. El caballero había fundado la capellanía de una misa cantada ante dicho altar con vísperas, diáconos, órgano, sermón y procesión alrededor del claustro y responso sobre su sepulcro -justo frente dicho altar- el día del Santo Cristo, todos los 14 de septiembre, señalando de limosna 50 reales nuevos de plata por cada año. Estuvo también ubicado la bella  imagen de candelero de Santo Domingo de Guzmán y por último las enormes y magníficas imágenes sevillanas de San Antonio de Padua y San Diego de Alcalá (ambas del siglo XVI).

En el oratorio que erigió Juan Fernández Flores en 1593 -dedicado originalmente a San Cristóbal– se halla entronizado el magnífico grupo flamenco de Santa Ana, la Virgen y el Niño. Exquisita obra del primer tercio del siglo XVI, probablemente de origen brabanzón. Las imágenes se representan sentadas en un sitial con respaldo decorado con una tracería, pináculos y otros elementos góticos. Destaca en la bella obra de arte el tratamiento de los paños, acartonados, formando ángulos y contra-ángulos, reflejo de la pintura flamenca contemporánea. Pertenecía a El Salvador; pasó luego a la ermita de San José y más tarde al templo franciscano.

En otro nicho se hallaba el Calvario, formado por el Crucificado de Ezequiel de León (s. XX), la Magdalena del escultor orotavense Fernando Estévez del Sacramento (s. XIX), la sobrecogedora Virgen de La Soledad (1733) de Domingo Carmona y San Juan Evangelista (1828) de Aurelio Carmona. En la actualidad se han colocado en la capilla de Montserrat, junto al retablo del Señor de la Piedra Fría.

El de mayor interés es el situado del lado de la Epístola, en los bajos del coro y a los pies de la iglesia, de factura clásica, remate con frontón triangular y bóveda avenerada. Allí se halla colocada una pequeña imagen de la Virgen Inmaculada. Tal vez sea la efigie que había donado en 1654 doña Luisa González para colocarla en el altar del Santo Cristo y que tenía en su casa (A.P.N., 1646). Aquí, en el coro bajo, se hallaban los altares de San Carlos Borromeo -talla sevillana del primer tercio del siglo XVII que aún se conserva-, construido por Pedro Bermúdez Manso, piloto, y su esposa Luisa de Brito en sitio cedido por la comunidad en 1619; y el de Nuestra Señora de los Ángeles y San Francisco de Paula, que perteneció al capitán Juan Felipe, piloto fallecido en La Habana en 1683.

Estas hornacinas de cantería -como dijera Pérez Morera- "quedaron ocultas con posterioridad por nichos y retablos de madera dedicado a diferentes devociones franciscanas: el altar de San Buenaventura, junto al púlpito; el de San Pedro de Alcántara; el de la Divina Pastora, presidido por un cuadro de altar de Juan Manuel de Silva encargado por Claudio de Acosta y Lemos y doña Josefa de la Encarnación Castellano…"

Para terminar con las palabras del catedrático palmero Daranas Ventura, "nos encontramos,  pues, ante un conjunto de gran valor artístico y que, al mismo tiempo, ha sabido conservar su austeridad franciscana". De la misma manera, el actual Consejero de Cultura y Patrimonio del Cabildo Insular Primitivo Jerónimo, nos informaba de que con todas estas actuaciones que se pretenden emprender, se reunirá, conservará y defenderá "el extraordinario legado documental de distinta naturaleza que existe en La Palma (fotográfico, audiovisual, iconográfico, sonoro…) mejorando también su accesibilidad y creando un espacio cultural que intente situar a la Isla y a la ciudad en la vanguardia de estos centros".

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