Convento Real y Grande de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora (I)

Los frailes franciscanos -que habían llegado a La Palma integrados como evangelizadores en las huestes del conquistador Alonso Fernández de Lugo – tuvieron que vivir quince incómodos años en unas chozas de paja en las cercanías de la ermita de La Encarnación y en las cuevas cercanas. Se dice que luego bajaron desde allí para asentarse en las proximidades del Castillete hasta que éste fue arrollado por una avenida del Barranco de Las Nieves. Luego dio comienzo la obra del anhelado convento en 1508, tras la cesión de los terrenos en los que se ubicó el cenobio masculino y su templo llevada a cabo por Magdalena Infante y Martín Camacho.

"Que Magdalena Infanta dio a los franciscanos como tres fanegas de tierra, que lindaba por una parte con las de Martin Camacho… el miércoles 22 de noviembre de 1508, otorgó la escritura pública en el solar y sitio del Monasterio de San Francisco ante Pedro Velmonte, escribano público…"                         Lorenzo Rodríguez

 El fundador y reformador de la Orden de San Francisco había sido el Padre fray Andrés Bentaja. Dicha cesión había sido confirmada por el Gobernador de la Isla, Lope de Sosa, "según consta de diligencias practicadas para la confirmación de donación del sitio en que se fundó el convento, por ante Pedro Velmonte, Escribano Público, en 3 de Diciembre de 1508".

 Sería el cuarto convento que se fundaba en Canarias -provincia franciscana denominada San Diego de Alcalá– y fue "convento de estudios con cátedra de Filosofía y Teología". Según tradición, fue auspiciado por la reina doña Juana y, por ello, su portada principal ostenta, en señal del Real Patronato, el escudo de Castilla esculpido en piedra.

 También existe otra tradición, según la cual, éste sería el segundo convento y que hubo otro anterior, fundado el mismo 3 de mayo de 1493, coincidiendo con la Conquista de La Palma. Según fray Diego Inchaurbe, hay documentos en los que consta  la fundación de lo que él llama el segundo convento (1508) que fueron presentados por el Padre Ventosa, Vicario del monasterio al Gobernador Lope de Sosa. Por cierto, fray Diego decía que el escribano público era Juan Marquino y no Pedro Belmonte. Allí se dice también que las ruinas del primero se encontraban junto al  Castillo Principal de Santa Catalina para defenderse de las posibles incursiones de piratas en los primeros años después de la conquista. Fernández García informaba de que "el licenciado Luis Fernández y los religiosos de nuestro Padre San Francisco hicieron su monasterio en el año de la torre, junto a la huerta que dicen de Santa Catalina y yo alcancé a ver un pedazo del cimiento de su iglesia, en este lugar estuvieron mis hermanos algunos años hasta que en el de 1508…" El historiador palmero también informaba de que fray Luis Felipe -ministro del Santo Oficio y padre definidor de su Orden- había nacido en 1609 y había visto las ruinas y parte de una esquina del primer convento arrimado a la puerta de Santa Catalina, según un libro del Archivo Histórico de Santa Cruz de Tenerife. Rumeu de Armas también hablaba de que las casillas de paja donde vivían los franciscanos en los primeros años tras la Conquista estaban ubicadas en los alrededores de la ermita de Nuestra Señora de la Concepción y que la fundación y construcción del convento de 1508 fue en lugar diferente al del oratorio, en las proximidades del castillo mencionado.

 A pesar de estos posibles antecedentes, la fundación oficial del que nos ocupa tuvo lugar en 1508. Millares informaba de que "en este año se funda el Convento llamado de la Concepción de Sn. Miguel de La Palma".

 Por mandato de la reina doña Juana, había sido dedicado a la Concepción de Nuestra Señora. Se trata del primer cenobio erigido en el Archipiélago bajo esta advocación mariana. Fernández García nos recuerda que "su iglesia y la existente en  La Laguna bajo el mismo dogma son los templos más antiguos de España dedicados a su Patrona". En la Península, el que presenta más lejana fecha es el de Valencia, dedicado a dicha advocación por decreto del Papa Clemente VII en 1534.

 Desde los primeros años, este monasterio se había erigido como el núcleo en torno al cual se estructuró el popular barrio de La Asomada, al norte de la creciente ciudad. Una zona que estaba habitada -según un edil en 1823- por "los más pobres, descendientes de aquellos guanches que habitaban las cuevas de un risco inmediato al convento". Si bien los vecinos más pudientes se concentraron alrededor de la parroquia de El Salvador y zonas colindantes, las clases populares, como artesanos, pescadores, jornaleros, albañiles, etc. lo hicieron alrededor del convento de San Francisco.

 Los frailes franciscanos habían obtenido la primera dotación de agua el 4 de mayo de 1534, confirmada por el Emperador Carlos V por Real Cédula expedida en Valladolid el 14 de junio de 1544. Los terrenos donde fue erigido el convento no eran llanos, lo que dio como resultado que sus primeras edificaciones, que lindaban al norte con el Barranco del Río, quedaran más elevadas que el llamado "Patio de los Naranjos".

 Desde este patio se accedía a la entrada principal del cenobio, donde quedaba su primera parte al descubierto y la otra bajo techo. Sus dos vanos, el de entrada y la ventana por donde entraba la luz solar, estaban formados por dos arcos, sostenidos por pilastras, construidos en la llamada piedra molinera. Este material y estas formas se suceden a lo largo y ancho del inmenso edificio, alternando con arcos de medio punto y capiteles toscanos, aunque también existen algunos en piedra roja. Sería en la segunda mitad del siglo XVIII cuando se empezaría a levantar delante de la fachada de la primigenia fábrica un nuevo alzado. Fernández García continuaba diciendo que "aún en la segunda mitad del pasado siglo no se había edificado el segundo cuerpo, lo que vino a tener efecto con motivo de haberse establecido los militares en el recinto".

 Junto a este cuerpo primitivo edificó Hernán Rodríguez Perera una sacristía. Aún existe una placa esculpida en piedra en la que también consta el año, 1599. Se cree que las obras siguieran avanzando junto a esta sacristía "y es de hacer constar que la edificación situada en el lado del poniente también quedan a las mismas alturas de las primeras volumetrías que se tuvieron". El desaparecido investigador Fernández García, pensaba que dichas obras debieron de tener lugar durante la primera mitad del siglo XVII y que luego irían paulatinamente acometiéndose el resto de fábricas situadas en el lado del naciente y sur. Para comunicar todo el edificio por el sur se hizo necesario construir una galería hecha en madera de tea, "soportado con sus correspondientes pies derechos, zapatas y pequeños plintos de piedra molinera que, sin duda alguna, contribuye al embellecimiento del Patio de Los Naranjos, donde estaba colocada la hermosa pila de cantería que hoy podemos ver en la Plaza de San Francisco".

 Las obras no cesaban y el recinto conventual cada vez se aumentaba con más y más adiciones. En el último cuarto del siglo XVII y a lo largo de todo el XVIII, el cenobio se engrandeció notablemente. De esta época es la nueva entrada principal, "con mayor amplitud y riqueza". Su primer cuerpo es de cantería y el segundo, algo más estrecho, está ejecutado con madera de tea de los montes de La Palma. El artesonado, realizado con el mismo material, es de "parhilera con un pequeño almizate".  El vano que franquea el pórtico de entrada está constituido por un arco carpanel y pilastras en piedra molinera, con sus correspondientes capiteles toscanos.

 A finales del siglo XVII -etapa de esplendor y actividad constructiva en el monasterio- se finalizó el pequeño claustro, de planta cuadrangular con galerías adinteladas que son sostenidas por pies derechos y rematadas por zapatas. En su centro existía una pequeña fuente, siguiendo las modas imperantes en la segunda mitad del siguiente siglo. Así, era frecuente verlas en los patios de las mansiones y casonas de las familias adineradas e incluso -como dijera Rodríguez Martín- dentro de los conventos. En 1612, los religiosos contrataron con los fragueros la entrega de toda la madera de tea necesaria para  "haser la grada del quarto grande que se hase en dicho convento". En 1630 se fabricó el segundo claustro más costoso, que "sercan" dos crujías o "quartos grandiosos y muy suntuosos, con portadas de cantería y escaleras de piedra en que se an gastado muchos ducados…"

 En 1643, un testigo declaraba con respecto a todas estas obras: "que en quanto a los edifiçios e obras los tiene muchos y suntuosos y en particular un quarto grande donde está el granero con su segundo claustro y otro quarto nuevo que hiso y acabó el reberendo padre fray Juan de San Francisco y un retablo muy bueno con su sacristia nueba y que en materia de edifiçios ningún combento más suntuoso, dise el testigo, que el de esta ysla…"

 Los Doce de Su Majestad -como se conocía a la docena de soldados que formaban el cuerpo de guardia del vecino Castillo Real de Santa Catalina de Alejandría- fundaron la capilla de San Francisco Solano, a fin de que ellos y sus familias fueran enterrados en ella. Sus constituciones fueron elevadas a documento público ante el escribano Andrés de Huerta el 18 de noviembre de 1697. El año siguiente, el maestro Gaspar Méndez de Abreu se obligó a construir el arco de la capilla. Según el cronista y alcalde constitucional Lorenzo Rodríguez, el primer soldado en ser enterrado allí fue Lucas Marques en 1700. De hacia 1704 es la imagen de San Francisco Solano que perteneció a la capilla de los soldados en el ex convento franciscano. La pequeña escultura, de talla completa, presenta al misionero franciscano evangelizador del Perú, con ambos brazos extendidos, paralelos al suelo, en actitud suplicante. Actualmente ocupa una de las hornacinas del retablo de la Orden Tercera. Porta en su brazo izquierdo una magnífica cruz de ébano. En 1903, al hacerse las reformas del cuartel, desapareció la capilla como tal, aunque aún se puede ver la dependencia. Junto a ella, la capilla del Monte Averna y Llagas de Nuestro Padre San Francisco fue fabricada por Francisca Ruiz de los Reyes (1597-1659), donde se hallaba el magnífico lienzo de la Impresión de las Llagas, óleo del siglo XVIII propiedad actual de la Venerable Orden Tercera. Ha sido restaurado en el año 2008.

 El campanario del convento fue fabricado a finales del siglo XVIII y su acabado tuvo efecto en 1800. Una magnífica obra de tres cuerpos y construcción de sillares donde aparecen cornisas, impostas y pilastras. Fernández García nos decía orgulloso que "la espléndida construcción comparte su calidad entre los mejores ejemplares de su género existentes en Canarias". Dentro del territorio insular, tanto la fachada principal en la que se incrusta la espadaña como el resto del conjunto monástico formado por ambas edificaciones, presentan los primeros movimientos neoclásicos. El mismo investigador nos decía que "el campanario y su correspondiente suelo es proindiviso. Sus propietarios son el Excmo. Cabildo Insular de la Isla de La Palma, la Venerable Orden Tercera Franciscana y la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción (Parroquia de San Francisco)". Pérez Morera nos informaba de que "como centro social y espiritual, sus campanas marcaban la vida de los habitantes del barrio; y, desde el campanario del convento, los frailes franciscanos pedían al pueblo una oración por los navegantes, por los que estaban en agonía y por los buenos sucesos de la monarquía de España…" Esto se ejercía todas las noches a fin de "fervorizar al pueblo cristiano y despertarle la memoria de la muerte y penas del purgatorio…" El mismo profesor palmero también recordaba que el capitán Juan Massieu de Vandale quería perpetuar esta piadosa costumbre y que por ello, desde su reclusión en el convento por haber asesinado al amante de su esposa, había entregado mil reales a los monjes en 1728, dinero destinado a la reparación de la enfermería.

 Anexa al convento y compartiendo el mismo espacio de entrada bajo la torre de la espadaña, se sitúa la capilla de la Venerable Orden Tercera "en la cual hace su Comisario todas aquellas funciones propias de su instituto, sin intervención del Beneficio". Por razón de ese sitio donde se ubica, debió de haber sido fabricada conjuntamente con el Convento en 1508. Se trata de una construcción de una única nave con arco triunfal de medio punto que descansa en sendas ménsulas, recurso éste poco usual en Canarias. La doctora Fraga nos informa de que "el  buque del templo lo cierra una armadura en artesa, en tanto que el presbiterio tiene una ochavada, pero ambas son mudejáricas". Lorenzo Rodríguez nos indicaba que los libros más antiguos que se conservan son de 1600. Al perderse los anteriores se ignora la fecha exacta de su fundación. Sí se conoce la de la creación de su hermandad: 1633. El mismo cronista confirma que fue en 1737 cuando se reedificó y amplió con una sacristía, sala de juntas, etc. A partir de entonces comparte coro con la iglesia de San Francisco de Asís.  Fue bendecida el 21 de diciembre de 1737, después de haber sido "alargada siete varas y media". Tras un completo abandono en los años setenta del pasado siglo, la Capilla de la Orden Franciscana Seglar -como ahora se denomina- se ha rehabilitado profundamente y luce sus mejores galas. Al prestigioso artista palmero Juan Manuel de Silva, hijo de Bernardo,  se le encargó en 1747 la decoración del magnífico retablo mayor -construido en 1734-, el cual constituye el ejemplo más antiguo de la isla con soporte de estípites, en su versión de pilar almohadillado. El maestro palmero fue autor de las pinturas de temática franciscana del segundo cuerpo y de las curiosas chinoiseries con escenas profanas de las predelas. También de los lienzos que representan a Santa Casilda, Santa Isabel y El abrazo de Cristo y San Francisco. En la hornacina central se venera la Dolorosa, donada a la Orden Tercera por su autor, Nicolás de las Casas Lorenzo (1821-1901). Otra imagen digna de interés es la talla de San Pedro de Alcántara (s. XVII), colocada en la parroquia franciscana por el síndico del convento Domingo Méndez y su esposa Carmona en el altar que fundaron en 1681 en el coro bajo, en la pared del claustro. Pérez Morera nos informa de que "su cabeza es un magnífico estudio anatómico, en tanto que el cuerpo está elaborado con telas encoladas y doradas". Otro de sus tantos tesoros es la gigantesca lámina al cobre de la Familia Franciscana, grabada por Peeter de Iode en Amberes en 1626. Representa el árbol espiritual de la orden franciscana en el que se distribuyen más de ochocientas figuras. Existe otra imagen mariana de candelero de 1,20 mts de altura ejecutada en madera policromada a partir de 1774 por Marcelo Gómez Carmona (1713-1791). Se trata de Nuestra Señora de la Concepción, de trazas barrocas con tendencias clasicistas. Las magníficas imágenes de Santa Margarita de Cortona (de Domingo Carmona de 1734) y San Buenaventura se hallan bastante deterioradas y hace ya varios años que no se muestran en público. Toca ya recuperarlas. Digna de mención es la obra pictórica de Juan Manuel de Silva: La Adoración de los Magos, San Francisco de Borja y El Sueño de Jesús. Muy venerada es también la imagen de la Verónica, esculpida en los años sesenta del pasado siglo. La bella efigie, de tamaño natural  se debe a la gubia del escultor Andrés Falcón San José y fue decorada por don Manuel Arriaga Bero.

 Gracias al gran esfuerzo de algunos miembros de la Venerable Orden Tercera (V.O.T.) -actualmente denominada Orden Franciscana Seglar- y del Cabildo Insular, se ha recuperado esta preciosa capilla. Se ha procedido a la rehabilitación de las dependencias anejas a la misma para la exposición de los tesoros de esta Orden en unas grandes urnas donde se exhiben, tanto casullas, ternos, capas… como mantos de San Francisco, su Toisón de Oro, sus andas de baldaquino de plata, ornamentos, etc. Se han creado unas nuevas hornacinas para la colocación de las imágenes, como la de la remozada de San Juan Evangelista, San José… En un pequeño nicho forrado de damasco dorado se expone, después de muchos años, el Lignum Crucis, un trozo de Santo Madero, cuya "auténtica" fue expedida en Roma el 4 de abril de 1778. Una reliquia que había pertenecido al Virrey de Manila, Capitán General el herreño don Pedro Quintero Núñez. La capilla luce, por fin, como en los mejores momentos en los que fue orgullo de toda una comunidad.

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