Cuando eres niño, o cuando no has crecido lo suficiente, o cuando no quieres crecer, que básicamente viene a ser lo mismo, la bañera de tu casa puede ser el Océano Infinito.
¿Recuerdas cuando sumergías la cabeza bajo el agua de la bañera para comprobar cuanto tiempo aguantaban sin respirar tus Fosas Nasales en las Fosas Marianas, las más profundas del Océano, esas que dicen que están a más de once mil metros y que contiene peces tan raros que nadie siquiera los puede imaginar?
¿Recuerdas que cuando quitabas el tapón y vaciabas la bañera debías tener cuidado con el remolino final debido a que podía convertirse en un vórtice, un maelstrom, un gran torbellino que en las leyendas nórdicas se tragaba y hacía desaparecer misteriosamente barcos de todo tipo y cuando digo de cualquier tipo me refiero desde ligeras embarcaciones hasta trasatlánticos de gran tonelaje?
¿Recuerdas cuando tu patito de goma emigraba desde tierras frías hasta aguas cálidas porque sabía que como la marisma que le ofrecías en tu bañera no existía otra igual?
¿Recuerdas cuando te recostabas cómodamente en la bañera, como si de un puente de mando se tratase, y tomabas el timón y capitaneabas el barco dirigiéndolo hacia los Mares del Sur para perseguir al gran Leviatán Blanco en una odisea de las que pasan a la historia y quedan inmortalizadas?
¿Recuerdas cuando la espuma blanca del champú era el espumaje de las olas producidas al romper contra los acantilados de la isla tropical donde habías naufragado y que te llamabas Robinson Crusoe y tenías que buscar la manera de sobrevivir?
¿Recuerdas cuando los restos de la arena que traías de la playa eran originarios de la Isla del Tesoro y bajo su alfombra tenías que encontrarlo ya que eras un salvaje pirata, y por eso mismo, competir con piratas incluso más salvajes que tú si no querías que se te adelantaran o te mataran?
De pronto, tu mundo mágico era interrumpido por una dulce y enérgica voz femenina: "¡A cenar!". Entonces, tranquila y serenamente, te levantabas y agarrabas la toalla y te secabas y mirando a la bañera te despedías diciéndole: "¡Hasta el próximo abordaje!"


Sí, don Miguel, vaya que si recuerdo.
Recuerdo que en casa no había bañera.
Recuerdo que había una palangana esmaltada de blanco, con un filito azul.
Y dos o tres agujeritos en el fondo, que calafateábamos con un trapo viejo y una pastilla de jabón.
Recuerdo que el agua de lavarse varias veces las manos, al final de día se utilizaba para enjuagarse los pies.
Recuerdo como esa agua achocolatada la repartía mí madre, como si de un Vega Sicilia se tratara, entre sus preciosas begonias plantadas en un balde viejo, un orinal sin asa, o la lata en la que venía la miel de caña, para hacer las sabrosas sopas por carnavales.
Recuerdo al día siguiente repetir la historia, que empezaba al aclarar al día, con dos jarritos de agua fría en el fondo de la palangana… cuando “una dulce y enérgica voz femenina” te despertaba del sueño de verdad: “¡Despiértate!” y tómate este batido (dos huevos con cerveza, si apenas espuma, porque las botellas daban para dos días y perdían el gas) que hay que llevar las vacas a La Ratona, antes que caliente el sol.
Vaya que si recuerdo.
Preciosa tu infancia y evocador tu relato, Miguel. Y la mía también. No me atrevo asegurar que lo sea la de los millones de niños que no tienen palangana, ni agua ni vacas. Tal vez sean felices, porque no saben que existen las bañeras…
Un fuerte abrazo, estimado amigo.
Imaginacion y nostalgia, precioso Miguel y Pedro Luis, los dos relatos me han encantado. Que alguien mas se anime con otro cuento de la infancia…
Océano Infinito es su imaginación Don Miguel. Un relato divertido y refrescante para un casi verano tan caluroso. Me dieron ganas de volver a ser una niña.
Venga, anímense…
Él que no tenga bañera, bucee en la palangana…
Recuerden la canción: "El que no tenga mantilla, se ponga una pañoleta"… o algo parecido.
Lo importante es imaginar, soñar, bien sea adormilado o despierto. De lo contrario nunca vamos a poder alcanzar el PODER, poder ser felices, por lo menos, que no es el más pequeño de los poderes.
Saludos estimulantes.
La bañera, en épocas pretéritas, la tina. Ahora ha ido cayendo en deshuso sustituyéndose por el jacuzzi familiar. Para pasar simple y llanamente, al plato ducha. Lo que en determinadas zonas de turismo turco se conocía como "baño turco".
Mi experiencia con la bañera -la que teníamos de la niñez- era hecha como las de tantas piscinas, con azulejos en miniatura de un color verde claro. Parecía un enorme cajón rectangular. Además los azulejitos no estaban todos igual de adheridos; algunos con pequeños salientes. De esa época la recuerdo como un lugar donde no te quedaba más remedio que cumplir con el baño, y del que además, no podías escapar.
Con el paso del tiempo, la susodicha bañera, comenzó a llenarse de argumentos y pasó a ser un lugar de disfrute. Aunque fuera de forma ocasional. Las sales en una tina con agua entre 37 y 39 grados es un ejercicio muy reparador. Si lo haces con dos paquetes de kilo de sal gorda, incluso descontracturante. Especialmente si luego uno se seca con una buena toalla calentita de algodón y rizo americano fino.
El jacuzzi, suele ser más bien incómodo. No digamos nada los que encuentras en los hoteles de playa. Generalmente llenos. Puedes contemplarte desde la placidez de la abuelita hasta la incomodidad del niño que te chapotea con sus pies.
Preferiblemente en buena compañía, a media tarde y antes de una grata cena en un restaurant de tu gusto, es una sana actividad.
Yo qué quieren que les diga, me seguiré bañádome en mi bañera como si de un plato ducha se tratase.
Y no fantaseen en exceso. Propónganselo o repítanlo. Es todo un disfrute.
Buenas noches. Saludos cordiales.