Después del almuerzo, en pos de la siesta reparadora, me siento en el sofá delante de la tele y pongo el canal "Mezzo", dedicado por entero a la música. Maravilla de maravillas: de pronto se aparece, en todo su esplendor, el gran Artur Rubinstein interpretando diversas piezas de Chopin, entre ellas la polonesa "Heroica", la número 6, que siempre me estremece. No hay palabras para describir el prodigio de ese artista de rostro impasible y dedos portentosos volando sobre el teclado. Me doy cuenta de que, en esta grabación de imágenes medio borrosas en blanco y negro -un recital celebrado en el Conservatorio de Moscú el 1 de octubre de 1964-, Rubinstein relumbra fosforescente, como un ectoplasma que sin abrir la boca deambula entre el más allá y el más acá con el compromiso de alguna ofrenda pendiente. En este caso, doy fe, se trata de la ofrenda de su talento, inagotable incluso en el limbo de la memoria que sigue añorándolo. Cuánta falta nos hacen estos pequeños milagros. Como nuestros muertos más queridos, Rubinstein es un ángel bueno que embellece el mundo de los vivos para darle luz y sentido.
Cuando acaba el recital, pulso otro botón del mando a distancia y me zambullo en el canal de 24 de horas de Televisión Española, y entonces irrumpe, tal que un puñetazo, el primer plano de Gadafi convertido en fiambre de tirano, pata negra, de los que se mantienen durante cuarenta años meciéndose en su propia bodega, curándose -no de espanto- hasta quedar completamente amojamado. La momia "desinquieta" de Gadafi, un figurón de cera del Museo Madame Tussauds al que había que repintar de vez en cuando -por lo menos el viro de los ojos y el bigotito fino sobre el belfo- se ha deshecho como un espantapájaros cualquiera, con bocaza y tripas de paja. Visto lo visto, el coronel no tiene quien le escriba ni quien lo llore. No recibirá funerales de Estado (ni Berlusconi, ni Aznar, ni ninguno de sus viejos aliados darán la cara por él en tan truculento instante), eso desde luego. Pobrecito. Habría que recitarle el ubi sunt. ¿Dónde están las galas de antaño, las hombreras rectas con antorchados de machango, el cortejo de amazonas vírgenes y demás lindezas incorporadas al guiñol del poder? En fin, Gadafi es otro fantasma, más bien fantasmón, que se asoma a la ventana del televisor para recordarnos que también hay ángeles malos y requetemalos, y que el infierno se asienta, por ellos, en la tierra.
Y ya por último, justo cuando estoy a punto de levantarme del sofá, salta el notición de la jornada: los iluminados de ETA anuncian el alto el fuego definitivo. Sus ojos, renegridos tras los agujeritos de esas capuchas de Ku Klux Klan, supuran la pus de una maldición sin nombre. La pus de la Verdad con uve mayúscula que creen poseer como un diamante dentro de una caja fuerte. Son sombras de una idea retorcida, exprimida, que no suelta más jugo que la sangre de sus víctimas. Lo siento, pero a estas alturas no puedo creer en su fuego ni en su alto el fuego. No me trago ninguna de sus historias patrióticas. Digan lo que digan, para estos guerreros de la Verdad no hay escapatoria posible. Su claudicación no puede reconfortar a nadie, por eufórico que salga Zapatero a batir palmas. Me quedo impávido, ahora de pie frente a la pantalla de cristal.
Uf, demasiados fantasmones -me temo- esparciendo cenizas de infierno a diestra y siniestra.
¡Viva Rubinstein!

