El "Ojudo de Los Sauces" (I)

El 3 de mayo de 1846 -hace ahora 165 años-, en el tranquilo pueblo de San Andrés y Sauces tuvo lugar una tragedia que conmocionó, no sólo a esta bella comarca del norte de La Palma, sino a toda la Isla entera.

Según se desprende de las crónicas de la época, el joven Antonio Pérez Gil se hallaba cuidando unas papas en una casita que su futuro suegro tenía en la zona. Entre estas paredes el agricultor iba depositando y guardando los frutos que iba recogiendo pacientemente de sus diversas propiedades. Era el resultado del trabajo duro de aquellas humildes gentes, constituyendo todo su tesoro. El mancebo se había quedado aquella noche para vigilar estas pertenencias y así evitar que fueran robadas.

Era ya medianoche cuando oyó unos extraños ruidos en el tejado de la casucha. Más tarde pudo comprobar que una silueta humana bajaba cautelosamente desde allí. No podía permitir que nada ni nadie amenazara la propiedad de su suegro.

Sin dudarlo, Antonio se abalanzó sobre el infractor. Se trataba de un hombre que resultó ser mucho más fuerte de lo que imaginaba Antonio. Después de un rato de lucha, éste sentía que no podría resistir por mucho tiempo las embestidas del contrincante. Llegó incluso a temer por su vida.

Ya exhausto, y tras un largo forcejeo, el malhechor, con un brusco cambio en la táctica que cogió de improviso al muchacho, le asestó dos terribles puñaladas: una en el vientre y otra en el pecho, sobre el corazón. El mozo también recibió otras heridas de menor consideración en una mano y en un brazo. Las cuchilladas resultaron ser muy profundas y de una gravedad extrema.

Uno de los que acudieron a socorrerlo en los primeros instantes vio, a través de ellas "las tripas y algo de los pulmones". Eran aproximadamente las cuatro de la mañana y aún seguía con vida. Pudo narrar dificultosamente lo sucedido horas antes. De esta agónica comunicación, se desprendía que Antonio no tenía ni la menor idea de quién podría ser el ladrón.

José Martín Machín, uno de los que dieron parte del hecho al Juez de Primera Instancia de este Partido y al alcalde constitucional de San Andrés y Sauces, confirmaba "que el herido no pudo conocer quién fué el ladrón que le causó tan grave daño, y recelando que no podía ser otro que José Manuel Hernández Martín por la mala conducta que ha observado siempre en el oficio del robo, pasé inmediatamente á su casa, y habiéndolo sorprendido, se le encontró la camisa manchada de sangre, pero principiada á lavar para ocultar las manchas…" El buen hombre contaba con todo detalle lo que había visto. Así, descubrió que José Manuel tenía "algunas manchas de sangre en las piernas y dos cortaduras en los dedos de una mano". En su casa también encontró una lanza, también manchada de sangre y "además, en la casa en donde se encontró el atentado, la montera y la baina del puñal ó cuchillo".

El Juez de la Primera Instancia, José María Trucharte, tan pronto recibió la noticia del suceso, se trasladó urgentemente a Puerto Espíndola, en la costa de la Villa de San Andrés y Sauces, donde recibió la noticia de que el herido acababa de morir.

El Juez Trucharte había sido objeto de un atentado del que salió ileso. A su ventana le habían disparado un tiro sin que el anónimo malhechor pudiera producirle la más mínima herida. Ocurría el 12 de agosto de 1845.

Este letrado era muy conocido en la ciudad por el sonado altercado que se produjo en la Plaza de la ciudad entre este jurista y un comandante de Artillería. Todo había empezado por un decreto de prisión firmado por el primero contra algunos procesados. Ocurría el 16 de noviembre de 1845, apenas seis meses antes del suceso que nos ocupa. En plena Bajada de la Virgen de Las Nieves, el 30 de enero, un grupo de amigos, después de una cena, se subieron al Carro Alegórico y Triunfal que regresaba ya vacío del lugar de la representación. Desde allí habían cantado himnos patrióticos y gritado vivas a Espartero. El mencionado militar, al tratarse de un subalterno de aquellos, no admitía tal resolución y por eso se había rebelado.

Desde el primer instante y "desde las primeras deligencias del sumario resultó la convicción de que José Manuel Hernández Martín (á) Ojudo habia sido el acesino de Antonio Pérez Gil, según tambien se expresa en el parte de la Alcaldia; y pr. esa razon el Sor. Juez dispuso que el presunto reo, maniatado, fuese trasladado á la cárcel pública de esta ciudad".

Dos meses después del crimen, el 27 de julio, el juez José María Barceló dictó la sentencia definitiva ante el escribano Pedro López Monteverde. El acusado debía de permanecer en prisión durante diez años "con retención en uno de los de Africa y al pago de todas las costas procesales".

La Audiencia territorial confirmó la sentencia dos meses después, el 23 de septiembre, pero no pudo efectuarse puesto que el reo José Manuel, el 20 de agosto, se había fugado de la cárcel "á pesar de hallarse con grillos puestos". Una vez detenido, se llevó nuevamente ante la autoridad competente y se encarceló a cargo del alcaide Rafael Vidal.

Dos veces más se fugaría del calabozo. El alcaide Pedro Pérez Martín sufrió durante su mandato carcelario el mismo bochorno que su antecesor en el cargo. Según Lorenzo Rodríguez, "hasta que en la última captura procuró embarcarsele inmediatamente para el Establecimiento penal de su destino, habiendo tenido lugar el embarque el 31 de diciembre del mismo año en el buque "Magdalena". Esto prueba que el prófugo pudo salir de la Isla, y llegar, probablemente a Tenerife. Más tarde relata que regresó a La Palma y, "habiéndosele probado algunos robos de frutos y otras fechorías, volvió á ser condenado á presidio en donde falleció".

El cronista y alcalde constitucional Lorenzo Rodríguez confirmaba en sus Noticias… que durante la primera mitad del siglo XIX se habían perpetrado más delitos criminales, ataques, suicidios, sucesos sangrientos, atentados, latrocinios… que en la segunda. Da fe de ello la infinidad de causas que se habían registrado en las diferentes escribanías insulares de la época.

 

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