El extinto convento de Santa Clara (y II)

"Ángela Bernardina de Santa Ana de Cáceres, la cual retirándose para los servicios y cultos de Nuestro señor de las casas del siglo se ha entrado en religión en Señora Santa Clara de esta ciudad para ser religiosa de Velo Negro". Era práctica y costumbre que la dote por entrar en dicho convento se elevara a 5.500 reales, y como esta señorita no contaba sino con 4.500, donados por un bienhechor, el complemento de los 1.000 restantes que faltaban para cumplir con las condiciones contenidas en los estatutos de la Orden. Éstos señalaban "no darse la profesión sin tener completa la cantidad de la dote". Su madre Hermenegilda Xaviera de Cáceres, estando viuda, cargó esta suma "sobre unas casas con su aposento y sitios bajos" que se encontraban en la Calle Real de la ciudad.

Otra religiosa profesa, Mauricia de San Rafael, recibió de su madre un legado que mejoró su situación en el monasterio, a condición expresa de que a su muerte no pasara a la Comunidad. También costeó de su peculio uno de los días de la estancia de la Virgen de Las Nieves durante su Bajada Lustral a la ciudad, por lo que "instituyó la fundación con aquella donación".

Para perpetuar la memoria de Margarita de San Esteban Pinto de Guisla, abadesa en el momento de la fabricación del  nuevo y magnífico retablo, al igual que la de su familia,  hizo pintar su nombre en las cartelas del sotabanco en 1697.

También se conservan los nombres de las familias influyentes que se alzaron con los diferentes patronatos de las capillas-altares embutidas en la pared: los Lorenzo de Cepeda, Sotomayor, Domenech y Massieu-Salgado.

Según la disposición propia de las iglesias monjiles, la de Santa Clara o Santa Águeda, hoy del Hospital de Dolores, poseía tan sólo una nave paralela a la calle y dos puertas gemelas.

Una nave única que tiene 32 metros 35 cms. de longitud y 8 mts. 65 cms. de ancho. La capilla mayor es cuadrilonga (aprox. de 8 por 7 mts.). Las cubiertas son armaduras mudejáricas y el arco triunfal es de medio punto, apoyando en sendas pilastras renacentistas.

En cuanto a la fachada, la puerta tiene también curva semicircular, que descansa también en pilastras, pero éstas con unos magníficos capiteles en los que se han labrado unas volutas enrolladas en sentido inverso, como si se tratase de una derivación del estilo jónico.

En su interior existen varios retablos-hornacina de madera de la segunda mitad del siglo XVIII, como denotan sus soportes estípites, sobrepuestos a las antiguas capillas o nichos de cantería, dos de las cuales fueron descubiertas recientemente.

Se sabe que en la nave se encontraban varios retablos, como el de San José, Santa Rosa de Viterbo, Santa Catalina de Bolonia, San Pedro de Alcántara y el del coro bajo con nicho dorado y un gran crucifijo sevillano. Así constan en los inventarios de 1828 y 1836.

En estos mismos años también aparece documentada la imagen de la Inmaculada Concepción, ubicada en el nicho central del retablo mayor y con vestidos sobrepuestos, cuya antigüedad data de principios del siglo XVII. Es posterior a la de Santa Águeda (traída "despaña" en 1594, una preciosa imagen que acusa la elegancia de la imaginería sevillana del manierismo bajorrenacentista). Ambas se encontraban entronizadas en el retablo mayor, junto con Santa Clara.

Existe también una talla de Santa Lucía, colocada en el templo hospitalario después de 1673 y una pequeña escultura de San Juan Nepomuceno, de mediados del siglo XVIII.  Una preciosa talla de San Lorenzo que, tras haber estado custodiada en la amplia sacristía, se venera en una hornacina en el lado del Evangelio.

También se conservan del antiguo convento un facistol y la sillería del coro del XVII. Ésta está labrada en madera de viñátigo y ya constaba en 1836 de cuarenta y cuatro sillas fijas. Existen otras tres sillas de brazos para el altar, donadas por la abadesa Santa Clara Albertos en 1778, según consta en la inscripción que tiene el lienzo trasero del respaldo.

Pedro de Escobar Pereira, en su testamento, dejó 200 reales para que se hiciese una custodia de plata y se colocase en una de las manos de la venerada imagen de Santa Clara, encareciendo a sus herederos "la máxima puntualidad" en el encargo.

Su hija, Clara de Santa Gertrudis, había profesado en el querido convento, quedando  huérfana siendo aún niña al ocurrir el fallecimiento de su madre, doña Sebastiana Pereira y Brito. Fue esta dama la que encargó a su marido que la "entrase en aquella Religión".

Según la iconografía de los Santos, Santa Clara, como primera discípula de San Francisco de Asís y co-fundadora de las monjas franciscanas o clarisas, antiguamente portaba también un báculo, prohibido posteriormente por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos. Nuestra preciosa talla sí poseía ambos atributos.  Se cuenta que fue quemada en una hoguera por una monja loca que odiaba las imágenes de candelero.

El ostensorio o ciborio eucarístico se relaciona con la devoción de la santa a la Santísima Eucaristía y con un hecho acaecido al final de su vida. El magnífico báculo de plata en su color, de 135 cms de altura, se conserva en la Parroquia Matriz de El Salvador de esta ciudad.

Su altura se distribuye en seis cañones lisos de 22 cms cada uno y un cayado de 24 cms de alto por 14 cms de ancho. Tiene forma y decoración muy naturalista y desbordante que lo diferencia del barroco peninsular. Podría situarse hacia mediados del siglo XVIII.

También se encontraba ubicada en la hornacina superior del retablo mayor una preciosa imagen de "Jesucristo Resucitado", según el inventario realizado el 30 de septiembre de 1836, con motivo de la supresión del Convento de Santa Águeda.

Sería interesante rescatar esta talla del olvido al que está sometido e introducirla en las procesiones de la suntuosa Semana Santa de Santa Cruz de La Palma, concretamente en el Domingo de Resurrección, como broche de oro a las celebraciones de Pascua.

La licencia para llevar a cabo este altar fue dada por Fray Sebastián Sanabria el 12 de diciembre de 1672. Se contó con la ayuda del  carpintero Andrés del Rosario y de su yerno, Juan Fernández. El precio fue de 8.000 reales y también se le hacía  entrega del retablo antiguo, "que por no ser decente se haze este nuevo".

El maestro Del Rosario hace una referencia en una cláusula de su testamento de 3 de abril de 1693 sobre este trabajo: "declaro que io concerte y me obligue a un Retablo de la Religiosas de Sta Clara desta ciudad…"

La importancia de este magnífico altar radica principalmente en que es considerado como el iniciador de la tipología típica de retablo palmero -como indica el querido profesor Jesús Pérez Morera-, es decir, la que sigue la línea de tres calles cerrándose la central sin ático, a la manera portuguesa, con el "semicírculo del entablamento que se ve obligado a curvarse siguiendo la trayectoria de la hornacina".

Se considera que ha tenido varios autores por la diferencia de estilos que se observan en su trazado y ejecución. A parte de los mencionados maestros, el profesor Trujillo también atribuye su ejecución al carpintero Marcos Hernández Duarte, autor del de la Virgen de Las Nieves. Así, la abundante decoración de gruesa talla y recortado contorno del primer cuerpo contrasta con las formas más austeras y bajorrenacentistas del segundo.

El antiguo retablo se vendió a la parroquia de Ntra. Sra. de Montserrat en Los Sauces. Así consta en la visita que realizó a ese templo el Licenciado  Juan Pinto de Guisla en 1686. Desapareció en 1757 cuando el Visitador Estanislao de Lugo mandó que se hiciera otro debido a su deterioro.

Al sagrario original de planta poligonal se le añadió una puerta de estilo rococó a mediados del siglo XVIII, tal y como podemos verlo en la actualidad.

Las monjas claras erigieron un altar efímero para que allí descansara "Su Divina Majestad" en la custodia, durante la solemne procesión del Domingo de Pascua de Resurrección. Lo que se inició como una piadosa costumbre, vino a convertirse más tarde en una obligación, puesto que Juan Fierro y Monteverde y su mujer Tomasa Espinosa y Valle, en su testamento otorgado ante el Escribano Público don Pedro de Mendoza Alvarado el 16 de junio de 1691, impusieron la "obligación al poseedor del mayorazgo que tenían fundado, entre  cuyos bienes se comprende la casa de su habitación de hacer y enramar con decencia el altar que se venía armando…"

Este convento se extinguió en 1822, siendo Abadesa la Muy Rvda. Madre Santa Liberata de Salazar. Fue nuevamente restablecido en 1828 pero definitivamente suprimido el 28 de diciembre de 1837, siendo Abadesa  Santa Clara  de Salazar.

Tras la ley de desamortización de las clausuras, dictaminada por el ministro Mendizábal el 28 de diciembre de 1837, el Ayuntamiento de esta ciudad solicitó al "Gobierno de S.M. se le diese este edificio para trasladar a él el Hospital y la Cuna de Expósito". Esto le fue concedido por Real Orden el 14 de junio de 1842. La misma iglesia del Convento de Santa Clara sirvió de oratorio para ambos asilos benéficos.

BIBLIOGRAFÍA:

FRAGA GONZÁLEZ, María del Carmen: Arquitectura mudéjar en Canarias.

LÓPEZ, Juan Sebastián: Conventos femeninos en el urbanismo de Canarias

LORENZO RODRÍGUEZ, Juan Bautista: Noticias para la Historia de La Palma

MARTÍN RODRÍGUEZ, Fernando Gabriel: Santa Cruz de La Palma. Una ciudad renacentista.

PÉREZ GARCÍA, Jaime: Casas y familias de una ciudad histórica. La Calle Real de Santa Cruz de La Palma.

PÉREZ MORERA, Jesús: Magna Palmensis. Retrato de una ciudad.

– Ídem: «Homenaje al Profesor José Peraza de Ayala». Revista de Historia de Canarias. Separata.

RODRÍGUEZ, Gloria: La iglesia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma

ROIG, Juan Ferrando: Iconografía de Los Santos

 

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