Considerada como una de las más bellas y elegantes del Archipiélago Canario, nuestra Semana Santa -hecho sociocultural de primer orden- es de las únicas que guardan escrupulosamente la sucesión cronológica de acontecimientos de la Pasión y Muerte de Cristo. Así pues, los pasos que solemne y dificultosamente desfilan, con marcha cadenciosa, por las calles de Santa Cruz de La Palma, van mostrando los sucesos como los cuentan las Sagradas Escrituras, y siempre por ese orden. La única y honrosa excepción es el del magistral "Calvario del Amparo" en la tarde del Viernes Santo en el Real Santuario de Nuestra Señora de Las Nieves. En esta procesión sale el Crucificado, mientras que en la anterior tenida desde el Hospital de Dolores ese día a mediodía, la Virgen de la Piedad lleva al Señor ya desclavado y muerto en sus brazos.
Tras las agotadoras pero singulares celebraciones del Viernes de Dolores, Domingo de Ramos y Lunes Santo, llegamos al Martes Santo, día elegido para la aparición de varios tronos en el mismo desfile. Aquí no han proliferado los pasos procesionales compuestos por varias esculturas, ya que, tal vez por influencia andaluza, se prefieren los de imagen única, con alguna excepción.
Puntualmente a las diez de la noche de ese día, la puerta grande de la iglesia del antiguo cenobio de San Miguel de las Victorias -fundado en 1530 por el evangelizador del Nuevo Mundo, Fray Domingo de Mendoza y convertido durante siglos en uno de los primeros conventos de Canarias- se abre para permitir la salida de la sobrecogedora imagen del "Cristo de la Columna". Como nos detallaba el desaparecido historiador palmero Fernández García, "la imagen del Divino Cautivo, en escorzo, aparece ligeramente forzada sobre la columna, destacándose en esta escultura el buen acabado de sus pies y sus manos". Su autor fue el imaginero Andrés Falcón San José quien la esculpió a mediados del siglo XIX.
La salida de la imagen por esta portada principal -la parte más antigua del edificio donde se combinan elementos gótico-renacentistas y mudéjares- es saludada por el tañido triste de las solemnes campanas de la actual iglesia de Santo Domingo de Guzmán y el redoble de tambores y tronar de trompetas. Se trata de una escena espectacular. Más de una lágrima de emoción se vierte en la expectante plaza, sobre todo cuando la venerada talla, después de descender los difíciles e interminables peldaños, gira suavemente su torso hacia los fieles, ofreciéndoles las treinta y nueve heridas, abiertas y sangrantes, fruto de la flagelación. Son enormemente expresivos sus dos grandes ojos marrones almendrados, tristes, de mirada perdida y ensimismada. El perizoma o paño de pureza, de dobleces perfectos, muestra surcos empapados de la sangre que corre por su cuerpo. El tamaño de la columna hexagonal de mármol negro jaspeado donde está atado con cuerdas retorcidas obliga al cuerpo desnudo a realizar una forzada postura. Los largos cabellos oscuros caen sobre la dolorida y doblada espalda en ondulada cascada. Una escena impresionante que es iluminada por la trémula luz de los ocho cirios que rodean la peana. Los fanales encendidos proyectan claros y sombras sobre la imagen y los cofrades, y las llamas estampan sus sombras chinescas en las paredes de las típicas callejuelas. De su boca entreabierta, que sobresale de entre una barba y bigote perfectamente esculpidos, se desprende una gota de sangre, al igual que de sus ojos y frente, y aún más de sus codos y rodillas. Un realismo dramático que paraliza instantáneamente al comprometido observador; éste no puede disimular su emoción.
El fin de este conmovedor espectáculo es, entre otros, precisamente el tratar de que nadie quede impasible ante la tétrica escena -no tan dura como la propia realidad vivida en aquellos días por su protagonista-, y que nos hagan sentir partícipes de ella. Si la carga de simbología de la Semana Santa produce en nosotros el mismo fin que la propia historia relata, sintámonos afortunados: estas espectaculares, entrañables y tradicionales manifestaciones externas no desaparecerán tan fácilmente de nuestras vidas como sí lo han hecho en otros lugares. Esto nos ayudará a ser deliciosamente diferentes al resto de pobladores de zonas engullidas por la fría globalización. Se lo debemos a nuestros ancestros que ya no están aquí y que tanto valoraban estos momentos.
Los cuatro Evangelistas mencionan la Flagelación, pero se limitan a decir en pocas palabras que Jesús fue azotado o incluso, simplemente, "castigado" (Lucas), sin agregar que fue atado a una columna. La abundante iconografía de la Flagelación nació de esa mera palabra. Según Réau, "no se puede citar otro ejemplo de una gran flagrante desproporción entre el laconismo de los textos y la prodigiosa riqueza de la imaginería que produjo". Por aquel entonces, se desgarraba a los condenados a latigazos antes de ejecutarlos; era un medio de arrancarles declaraciones en una época en la que aún no se había perfeccionado la técnica de las confesiones espontáneas. Se ha pretendido -siguiendo con Louis Réau- "que en el espíritu de Pilatos, la Flagelación no tenía como objetivo atormentar a jesús, a quien aquél creía inocente, sino por el contrario, salvarle la vida intentando apiadar a los judíos…" De hecho, el látigo siempre era el preludio de la crucifixión, como lo atestiguaban el filósofo alejandrino Filón y el historiador Josefo.
Como curiosidad, digamos que se veneraban dos columnas de la Flagelación, una en Roma y otra en Jerusalén; en la abadía de Saint Étienne de Bassac, en Saintonge, se decía que se custodiaba la Santa Ligadura con la que se había atado Jesús a la columna… Con precisión de estadística, Santa Brígida calculaba que Cristo habría recibido cinco mil cuatrocientos setenta y cinco azotes, lo cual, sería, posiblemente, todo un récord. Esta misma precisión en el horror se aprecia en otra visionaria mística de principios del siglo XIX, llamada Catalina Emmerich. En La Palma, la beata María de San José Noguera, en 1680, tuvo la revelación que la milagrosa y venerada escultura de Nuestra Señora de Las Nieves, Patrona Insular, había sido formada por los ángeles del cielo de "la columna en que fue atado el Señor" (Pérez Morera).
El paso de "Jesús flagelado" es acompañado por la "Cofradía de Cristo Preso y las Lágrimas de San Pedro", de la vecina parroquia de El Salvador. La imagen usaba unas andas de estilo rococó sobredorado de altísima calidad -posiblemente las más valiosas de nuestra Isla- que compartía con "el Nazareno". Actualmente lo hace en otro trono diferente, más amplio y al que se colocan numerosos fanales con velas en las cuatro esquinas y delicado adorno floral.
Tras él desfila la venerada talla de "Nuestra Señora de la Esperanza", obra del mismo autor. Se trata de una bella imagen de candelero de tamaño natural y de estilo sevillano que luce valioso traje de raso blanco bordado en hilos de oro, con precioso y enorme manto de terciopelo de seda verde. En palabras de Domingo Cabrera, "fiel a la representación de nuestra Madre que está en el cielo, la Virgen de la Esperanza eleva su mirada a lo alto, como queriendo ocultar su tristeza (…) ella sólo ve la campana que le tañe y los ojos llorosos del enfermo, contemplándola desde un balcón, con alma enamorada…"
El imaginero Rodríguez Perdomo, al describir la imagen mariana, nos decía que "con su exuberante belleza peninsular, derrama las que son primeras lágrimas dolorosas de nuestra Semana Santa". La esperanza, virtud evocadora de confianza, plasmada por el escultor en el semblante de la Virgen, se mezcla con un dolor amargo y desesperado, simbolizado en las cejas angulares que atormentan su frente. En la postura de sus manos denota una gran ansiedad. La derecha con la palma hacia arriba, como sus ojos… Allá busca la intersección divina, pero el delicado pañuelo blanco le habla de la realidad de sus lágrimas que le caen como perlas sobre la tersa piel de su faz y le atraviesa el corazón como si de un puñal se tratara.
La procesión tuvo su primera salida en la noche del 27 de marzo de 1956. Dos días antes, el Domingo de Ramos, había tenido lugar la bendición de ambas efigies en aquel suntuoso templo dominico por Félix Hernández Rodríguez, Arcipreste del Distrito y Párroco de El Salvador.
Al año siguiente, en 1957, se produjo un cambio de horario en la salida procesional. Comenzó a desfilar por la tarde, a las seis y media, en lugar de por la noche. El motivo fue por haber sido trasladada al Lunes Santo la del Señor del Perdón que tradicionalmente lo hacía en este día desde su fundación. Se demostraba así el buen criterio de los organizadores al ordenar las procesiones siguiendo la lógica disposición de pasos de acuerdo con los relatos bíblicos.
El Diario de Avisos de 11 de abril de 1960 decía, por ejemplo: "Iglesia de Santo Domingo, Martes Santo: A las 6 y 30, procesión del Señor de la Columna y de la Santísima Virgen de la Esperanza, acompañados por la Real y Venerable Hermandad del Santísimo Rosario".
Remontándonos al pasado, se cuenta que un grupo de vecinos, respaldándose en el recién proclamado Franquismo, dio rienda suelta a sus ideas anticlericales. Iniciaron varios actos vandálicos y represalias contra los símbolos sagrados del Catolicismo. Así, arrastraron irreverentemente por las calles del Barrio de San Telmo al "Crucificado" que se hallaba en la capilla del Cementerio de la ciudad -exquisita obra del orotavense Fernando Estévez del Sacramento (1788-1854)-, hasta que varias personas (según la transmisión oral) lo encontraron y lo devolvieron a su sagrado recinto. Pasado el tiempo, uno de los que habían cometido el sacrilegio, arrepentido en el lecho de muerte, tuvo la idea de comprar la talla de la Virgen como acto de contrición a su pecado. Se cuenta que ése fue el origen del encargo y causa principal de la llegada la imagen a La Palma. Una vez en la Isla, estuvo guardada varios años en la casa de Gabriel Duque, hijo de don Dionisio. Hasta allí se llevaba cada Lunes Santo el manto y los ropajes en un gran balayo para vestir la imagen. Aprovechando la oscuridad de esa misma noche, era transportada hasta la iglesia de Santo Domingo, donde se entronizaba en sus andas y allí esperaba el momento de su desfile procesional acompañando al "Señor de la Columna".
Los gastos derivados de la celebración de estos cultos fueron sufragados en sus dos primeras ediciones por el propio señor Duque Fernández y por Aurelio Feliciano Pérez. Más tarde corrió a cargo del Licenciado en Medicina y alcalde, Gabriel Duque Acosta (1930-1987).
Ambas esculturas se hallan custodiadas en el bellísimo templo de Santo Domingo de Guzmán donde también podemos admirar, como decía el profesor Trujillo, "el más bello, completo y barroco ejemplo" de los retablos de columnas salomónicas pareadas y dos cuerpos existentes en Canarias (obra de Juan Lorenzo, 1703-1705). También unas magníficas imágenes y otros altares, amén del denominado ejemplo más significativo de pintura flamenca del siglo XVI de toda Canarias: el cuadro de "la Santa Cena" de Ambrosius Francken y otras de Pourbus "el Viejo" (pintor de la reina Margarita de Austria), como "S. Juan Bautista", "La Genealogía de Jesús", "Santos Dominicos"… Así mismo, se custodia en esta iglesia el exvoto pictórico más antiguo de España (1621), colgado en la capilla de la "Virgen del Rosario". Es precisamente en la capilla de Santo Tomás, la colateral de la Epístola, donde se veneran las dos imágenes que desfilan el Martes Santo. Fue edificada en 1554 por el caballero flamenco Luis Van de Walle "el Viejo". "Sus techumbres mudejáricas, decoradas con lacería y deslumbrante policromía" constituyen otro de los tesoros del templo. Así nos lo confirma -entre otros muchos investigadores, artistas e historiadores- el profesor Pérez Morera.

