Nací y me crié en el campo rodeado de animales. Como en tantas otras casas rurales, en la nuestra había de todo: vacas, becerros, mulo, cabras, cochino, gallinas, conejos, palomas, canarios…y, durante mi infancia, al menos un gato.
Recuerdo que mi primer viaje solo, desde la casa paterna en La Rosa hasta casa de mi abuela Dolores, en El Hoyo de Mazo, lo hice con un cestito a buscar un gatito, que todavía recuerdo: sería grande y amarilloso. Luego vendrían algunos más, y pocas cosas mantengo tanto en el recuerdo como el buscar con ilusión el nido donde la gata ocultaba con celo maternal su entrañable descendencia, para llevarles en una latita de sardinas leche de cabra tibia recién ordeñada.
Por lo dicho, queda claro que fui más gatófilo, que amante de los perros. Con mi marcha a estudiar a Tenerife e incorporación al mundo urbano, dejé atrás a los animalitos, porque siempre he defendido que el medio urbano, menos si es un piso, no es un hábitat adecuado para ningún animal. Reconozco que el planteamiento puede ser discutible, pero por ahora lo mantengo con firmeza. No se si la tercera edad, cambiará mis convicciones y termine, como tantos otros, paseando un perrito atado a una correa en torno al Parque de La Granja en Santa Cruz, donde vivo actualmente.
Luego vendrían mis hermanos, Juan Antonio y Lola, que no se bien por qué, en la casa materna sustituyeron los gatos por perros, y atrás quedaron en el recuerdo Garome, Galión, etc.
A diferencia conmigo, ellos mantienen su vida en el medio rural, con sus ventajas e inconvenientes. Los dos siguen fieles a los perros y ambos además lo son al "pastor garafiano".
Lola, junto con Julio (mejor al revés, que no quiero generar un conflicto familiar) miman a "Luna" y a "Reina", que disfrutan de una pequeña parcela en la medianía montuna de Las Laderas, Mazo.
Juan Antonio, en su finca de El Hoyo de Mazo, ha criado desde pequeños a "Quino" y "Torres", sueltos en medio de un cantero con naranjeros y plataneras. Ambos han velado durante muchos años el entorno de la casa y cuidado con primor el "catálogo" de propiedades. El celo lo extremaron hace unos meses, cuando se soltaron las gallinas y los perros, siempre fieles a su cometido, cumplieron con rigor su obligación: fueron matando una a una a las gallinas y evitando, como debe ser, que se escaparan fuera de la propiedad. Medio Hoyo estuvo al menos durante una semana a "caldo de gallina".
El tiempo pasa para todos y a todos nos llega la hora. También a los perros. Desde hace unos meses, "Quino" llevaba mal sus relaciones con la vida: primero parecía sordo y, en principio, pensamos que era una estrategia para no hacer caso a las impertinencias que todos debemos escuchar a las personas. ¿Quién no se ha hecho el sordo de vez en cuando? Luego la cosa fue más evidente, cuando el pobre apenas veía el dornajo de la comida; no había duda, no era fingido. Por último, la artrosis, como a tantos humanos, le impedía levantarse a comer. Tampoco había duda, le había llegado la hora del alivio eterno; y lo encontró de la mano profesional del veterinario.
Para "Quino" terminó su ciclo, pero queda la soledad de "Torres", que no encuentra consuelo ni explicación para lo sucedido. Lleva noches enteras llorando la ausencia de su compañero. Son ladridos melancólicos que parten el alma. Traen a Juan Antonio (y a Begoña, su mujer, que tampoco quiero "conflictos") dando paseos nocturnos y desvelados en la cama, llorando junto con "Torres" el vacío que nos ha dejado "Quino". In memoriam.
Pedro Luis Pérez de Paz, Villa de Mazo

